Pensamiento e interpretación del costarricense

Jorge Eduardo Arellano

Ahora que los “tiquillos” proclamaron su apropiación del tradicional “gallopinto” nicaragüense, resulta oportuno bosquejar el pensamiento de sus más altas mentalidades y aproximarnos a su ontología gentilicia, partiendo de esta realidad: Nicaragua no ha producido una literatura de ideas como Costa Rica. Ni grandes pensadores, ni filósofos como nuestro vecino del Sur. Tampoco su bibliografía ofrece un volumen similar a la antología Ensayistas costarricenses (1971), seleccionado por Luis Ferrero. Dos autores, graduados de maestros en Chile, destacan ahí: Roberto Brenes Mesén (1874-1947) y Joaquín García Monge (1881-1958). Ambos son considerados los fundadores de la literatura de ideas en su país. Brenes Mesén, concibiendo una metafísica del mundo, inspirada en las doctrinas platónicas y en las ideas filosófica-religiosas de Oriente; García Monge, retomando la posición espiritualista del uruguayo José Enrique Rodó, en Ariel (1900). Si a Brenes Mesén se le debe el inicio de la teoría estética en América Latina con el ensayo Las categorías literarias (1923), elogiado por Karl Vossler, a García Monge un programa de unidad continental. Además, propugnando una literatura puesta al servicio social, se interesó a lo Tolstoy por los desheredados del mundo.

Desplegado en la revista Repertorio Americano (1918-1958), su americanismo postulaba “La América total, unida estrechamente entre sí. Ésta será, tal vez, la suprema, la ineludible aspiración… para una común obra civilizadora en lo venidero”. Su programa incluía “esperar con calma y fe que estos pueblos latinos del Nuevo Mundo crezcan por el estudio, el trabajo y el ahorro, hasta igualarse a los sajones”. Candoroso, más honesto, proponía llevar a cabo la consigna de Sarmiento: “Seamos los Estados Unidos de la América del Sur”.

A Brenes Mesén y García Monge siguieron numerosos ensayistas en cada generación, sobresaliendo otros dos: Octavio Jiménez Alpízar (1895-1979) y Vicente Sáenz (1896-1963). La tesonera labor de ambos se concentró en las relaciones de los Estados Unidos y la América Latina, y particularmente con Centroamérica, siendo Costa Rica el país del área que menos conflictos —o casi ninguno de relevancia— ha tenido en toda su historia con la imperial potencia del Norte. Jiménez Alpízar publicó en Repertorio Americano, de 1919 a 1945, casi mil ensayos o artículos, firmados bajo el seudónimo de “Juan del Camino”; y Saénz se consagró a una campaña panfletaria y republicana. Diecisiete libros y folletos la manifestaron: desde La unidad del gobierno de Washington hacia las repúblicas centroamericanas (1919), pasando por Rompiendo cadenas (1933), hasta Nuestra América en cruz (1960). Impugnando la vigencia de la doctrina Monroe, aceptada por García Monge, denunciaron el entreguismo de las autoridades regionales a la actitud imperialista de los Estados Unidos y postularon la unidad latinoamericana. Sáenz, además, exigía una efectiva democracia, una “democracia en que la felicidad y la defensa de los más se anteponga al interés de los menos”.

El Repertorio Americano otorgó preponderancia a la literatura de ideas concretada en el ensayo: género que más se adapta, con la literatura para niños, a la sensibilidad costarricense. Cultivada desde finales del siglo XIX y teniendo de precursores los trabajos de José María Castro Madriz (“Educación de la mujer”) y Mauro Fernández (“La instrucción cívica en las Escuelas”), el género recibió el impulso del español cubano Antonio Zambrana (1846-1922), autor de tres colecciones de ensayos literarios y filosóficos: Lo ideal (1892), Ideas de estética, Literatura y elocuencia (1896) y Poesía de la historia (1900), en el que dedica uno a Rubén Darío. Éste había advertido en 1892: “Costa Rica posee más savia que flores. Es un terreno donde los poetas se dan mal… Lo que sí tiene Costa Rica, en grado superior al de cualquiera de las repúblicas centroamericanas, es un buen número de prosistas que brillan principalmente en lo que se relaciona con las ciencias político-sociales”.

A los temas del arielismo, el americanismo y el anti-imperialismo, hay que sumar el afán pedagógico, la teoría estética y la educativa, el cuestionamiento de la democracia como mito nacional y la definición del ser costarricense para tener un perfil del ensayo en Costa Rica. Por lo demás, este país de papier maché (lo definió, sin duda superficialmente, un español) se ha acreditado la retahíla que Víctor Hugo aplicó a los Estados Unidos y Miguel de Unamuno a las islas Canarias: que es “la tierra de las flores sin olor y las frutas sin sabor, de las mueres sin pudor y los hombres sin honor”. Sin embargo, por muy aproximado a la realidad que sea esta “invención” —atribuida también a ciertos chilenos— el país vecino, contrario al nuestro, se ha encontrado a sí mismo. Los “hermaniticos” —diría Carlos José Solórzano— “han construido su pequeña pero original civilización”. Un Estado, unas instituciones sólidas, un nivel de educación formal, en términos relativos, superior; una convivencia socio-política sobre las bases de la libertad individual tal vez no muy ejemplar, pero no despreciable.

Con todo, el “tico” no es un pueblo de autores —de grandes individualidades creadoras— como el nicaragüense, sino de actores; tampoco posee, al revés de nosotros, el sentido heroico de la existencia. Prácticamente, encarna el concepto social de la mediocridad, tal como la desarrolla José Ingenieros. Incapaz de formarse un ideal, el costarricense —rutinario y manso— comparte la ajena hipocresía moral y ajusta su carácter a las domesticidades convencionales. “Están fuera de su genio el ingenio, la virtud y la dignidad, privilegios de los caracteres excelentes”, afirmaba Ingenieros del hombre mediocre: destino al que está condenado el “tico”. Nuestro vecino no se conmueve, como el “nica” en general, ante la creación del artista, el conocimiento del sabio y la prédica del apóstol: sustraído de la autenticidad, vegeta; ni vibra mucho frente a las tensiones más altas del espíritu, prefiriendo el acomodo y la apatía. No vive para sí mismo, sino para el “fantasma” que proyecta en la opinión de sus prójimos y familiares. Troca su honor por una prebenda, oculta gritar la verdad frente al error de muchos. Siembra, riega, cosecha la mentira; come la mentira. Y, de acuerdo con el mismo Ingenieros, “cierra el corral cada que cimbra en las cercanías el aletazo inequívoco de un águila”.

El costarricense, si es posible definir a éste ser refractario a la pasión y a la sinceridad, no ha tenido límites en elaborar una fuerte mediocracia a nivel nacional. El filósofo español —o más bien aragonés— de origen griego, Constantino Láscaris, la intuyó al expresar que el “tico” realizaba el msothés, o doctrina aristotélica de la virtud como “término medio”. Pero lo que hacía Láscaris no era sino dorar la píldora a don Rodrigo Facio, entonces rector de la Universidad donde trabajaba, quien le había preguntado su opinión de los costarricenses. De inmediato, pues, reconoció en ellos el “aurea meciocritas” que les caracteriza. Aura, por lo demás, correspondiente a la falta de energía vital sentida por Ana Istarú en su país que “no ocurre (…) nada nunca y es todo cuanto tengo”.

El autor es historiador y escritor.

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