logo laprensa

Opinión | sábado 31 de octubre 2009

Y tronaron los cohetes, las bombas y los chicheros

 

El Güegüense se presen

 

taba frente a la plaza, con un volcán verde, un lago azul y los ranchos pajizos de trasfondo en la época colonial, siglos XVI al XIX. Allí estaban los actores de esta obra de teatro colonial con máscaras y disfraces de acuerdo a su papel: el Güegüense, el Gobernador Tastuanes, don Forcico, don Ambrosio, el Alguacil Mayor, doña Suche Malinche, el Escribano Real, el Regidor, varios machos, varias mujeres y un indio. Antes de comenzar se disparan los cohetes y las bombas. Marimbas, chischiles, teponastes, pitos, güegüetes, tacanes y tuncunes, chirimías, jucos, quijadas de burro, chau-chau, tatil, quijongos, escoletes, cachos, maracas, guitarras, bututos, berrionas, ollitas. Todos los instrumentos nativos acompañando al Güegüense.

 

La imaginación de los que nos gusta este oficio de escribir se alimenta de la gente, los acontecimientos fuera de lo cotidiano, las costumbres y la idiosincrasia que les acompaña. Aunado a esto, el lado humano que toca los sentimientos personales. En días recientes falleció en San Isidro, Matagalpa, un buen nicaragüense, un hombre como el que describió Pablo Antonio Cuadra en su conocida obra y tal vez un personaje como los de cualquier gran novela latinoamericana escrita por Carlos Fuentes, García Márquez o Sergio Ramírez Mercado, o bien, el de un cuento de la Mercedita Gordillo. El hombre se llamaba Santiago Jirón. Su funeral fue así, como cuando se presentaba el Güegüense y parecía la fiesta patronal de San Isidro Labrador, el Santo Patrono de mi referido pueblo natal. Esto último lo dijo monseñor Marlon Velásquez, director del Seminario Nacional, ex párroco local que ofició como invitado el réquiem final junto al párroco titular, monseñor Edgar Sacasa. Hubo mucho acompañamiento, lágrimas de sus hijos al despedir a su padre, manifestaciones de pésame de familiares y amigos; responso y alegría espiritual de colores de los Movimientos de Cursillos de Cristiandad, a los cuales perteneció Jirón ya en su madurez. Hubo lirismo y verdad de quienes exaltaron su vida ciudadana. Pero sobresalió en el ánimo de los presentes aquel espíritu original, entusiasta, creativo, deseoso de participar y liderar que siempre emanó de la personalidad de este hombre a su paso por la vida. Yo diría que fue un funeral alegre, pues la cohetería y esos mariachis no dieron lugar a la tristeza ni a los crespones negros; ésa fue su última voluntad expresada con vehemencia. Asombró a los más jóvenes conocer su biografía; norteño por línea materna y, por la paterna, biznieto de un Jirón leonés —yo agrego, de seguro era pariente de José Jirón Terán, aquel señor leonés, dariano autodidacta, recopilador de todo lo que llegaba a sus manos sobre Rubén Darío—. Con razón el funeral también semejaba Gritería Grande y Chiquita o Semana Santa en León. Venía en alguna de sus venas ese gusto por el olor de pólvora en la procesión y de incienso en los altares como los que pinta la leonesa María Gallo. Me atrevo a imaginar a un Santiago Jirón-Güegüense, pensando atraer con esos cohetes al Santo Patrono para que le acompañara donde el Colochón. Es que debe dar canillera llegar uno solo hasta el Señor. No olvidemos que es de sabios sentir el temor de Dios. Pero dejo mejor sembrada la idea de que con ese funeral a uno se le ocurre aquella canción: Gracias a la vida que me ha dado tanto, de la recién fallecida cantora latinoamericana Mercedes Sosa. eliocardoza@yahoo.com