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Opinión | viernes 6 de noviembre 2009 El llanto de Aurora
El rocío es un fenómeno natural que consiste en que innumerables gotas de agua se depositan en el suelo y sobre las plantas, a los que humedecen suavemente. El rocío procede “de la condensación del vapor de agua de la atmósfera” y “se forma durante la noche y en tiempo tranquilo y claro, cuando el frío del suelo se transmite al aire que está en contacto con él y causa la condensación del vapor de su capa interior”, según se explica en la Wikipedia.
Pero no siempre se ha sabido eso. En el principio de la historia humana y durante mucho tiempo después, la gente se explicaba los fenómenos de la naturaleza en forma fantasiosa, a veces romántica. Para los antiguos griegos, por ejemplo, el rocío era el llanto de Aurora, a la que ellos llamaban Eos.
Aurora era hermana de Helios (el Sol) y de Selene (la Luna). Una vez Aurora tuvo amores con Ares, dios de la guerra y esposo de Afrodita, la diosa del amor. Celosa, Afrodita y condenó a Aurora a vivir eternamente enamorada, pero siempre de distintos varones.
Uno de los muchos hombres de los cuales Aurora se enamoró fue Titonio, hermano de Príamo, el legendario Rey de Troya. Aurora tuvo dos hijos de Titonio, a los que llamó Ematión y Memnón.
Cuando la guerra de Troya, Memnón era Rey de Etiopía y acudió con un ejército de diez mil combatientes etíopes y otros tantos persas, en auxilio de su tío Príamo, que había sido atacado por todos los reinos y principados de Grecia. Memnón era un guerrero extraordinario, pero ya casi al final de aquella terrible guerra, murió en un combate personal que sostuvo con Aquiles, el semidiós que luego mataría también a Héctor, comandante en jefe de los ejércitos troyanos, hijo de Príamo y por lo tanto primo de Memnón.
Cuando Aurora supo de la muerte de Memnón, quien era su hijo preferido, casi se vuelve loca de dolor. Con los ojos anegados en lágrimas, el rostro desencajado y la cabellera revuelta, Aurora se arrojó a los pies de Zeus, a quien le imploró: “Devuelve la vida a mi hijo. O por lo menos dale un privilegio que lo distinga entre todos los demás mortales. Si no lo haces —advirtió la doliente Aurora— me apagaré por la tristeza y nunca más volveré a iluminar el mundo al despuntar la mañana”.
Conmovido, Zeus atendió la súplica de Aurora. Y entonces, de la hoguera en la que se estaba incinerando el cuerpo de Memnón salió una bandada de aves que comenzaron a pelear y a matarse entre ellas. Sus cuerpos caían sobre la hoguera como si se inmolaran en honor del gran guerrero fallecido.
Pero esto no fue suficiente para calmar la pena de Aurora. Ella siguió dominada por la tristeza y por eso es que desde entonces, cada vez que al amanecer ella viene a cerrar la oscuridad de la noche y a abrir la claridad del día, Aurora llora en recuerdo de su hijo adorado, a cuya pérdida jamás se resignó. Y las lágrimas de su llanto son las que forman el rocío.
Cuenta una leyenda que los etíopes erigieron en la entrada de Tebas una gigantesca estatua en honor de Memnón, la cual, cuando era iluminada por los primeros rayos del Sol, emitía unos sonidos armoniosos, y al atardecer, cuando desaparecía la luz del día, dejaba oír sonidos muy tristes. Era como si la estatua se alegrase al llegar la Aurora y se entristeciese con el ocaso del día.
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