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Opinión | viernes 6 de noviembre 2009

La revolución pacífica

Este 9 de noviembre se conmemora y celebra el 20 aniversario de la caída del Muro de Berlín. Éste fue el acontecimiento emblemático de la revolución democrática en Alemania del Este y otros países comunistas de Europa Oriental, que se realizó pacíficamente y cambió el rumbo de la historia actual.

 

El fenómeno histórico de la caída del Muro de Berlín dejó valiosas enseñanzas, por ejemplo, que el sistema totalitario comunista no era ni es invencible ni eterno como han asegurado sus falsos profetas; que las revoluciones no siempre tienen que ser violentas y sangrientas y sobre todo las revoluciones democráticas pueden ser pacíficas y cívicas; y que la erradicación del totalitarismo de cualquier signo ideológico y político, no se logra sólo con un cambio de gobierno y medidas superficiales, sino con una revolución democrática que debe extirpar hasta sus más profundas raíces, pues de lo contrario la dictadura volverá a surgir en cuanto se le presente la más mínima oportunidad.

 

La revolución democrática y pacífica en la República Democrática Alemana (RDA), como se llamaba oficialmente la Alemania comunista, comenzó con una simple denuncia de manipulación electoral en los comicios municipales celebrados en mayo de 1989. Los ciudadanos de la RDA no tenían confianza en las elecciones que convocaban regularmente los gobernantes comunistas, mucho menos esperanza de que por ese medio fuese posible lograr cambios progresistas. Quienes iban a votar sabían que sólo podían hacerlo por los candidatos de las listas únicas que presentaba el gubernamental partido comunista.

 

Sin embargo, ante la cada vez mayor abstención de los ciudadanos por el creciente desprestigio del régimen comunista, el gobierno manipuló los resultados electorales en mayo de 1989 para aparentar que el 98.85 por ciento de los electores había votado por los candidatos comunistas. Aquella burda manipulación motivó a la gente a protestar contra el fraude, y el movimiento opositor espontáneo lo vinculó con los grandes problemas sociales y políticos del país, como el desabastecimiento, la prohibición de viajar al extranjero e inclusive a la otra Alemania y en general la falta de libertad y derechos democráticos de la gente.

 

A partir de allí se generó una creciente movilización popular, la cual tuvo su más emocionante expresión en las asamble as de oración por la paz que se celebraban todos los lunes en la iglesia de San Nicolás, de la ciudad de Leipzig. Las manifestaciones callejeras después de las asambleas de oración comenzaron el 4 de septiembre con la participación de unas decenas de personas. Pero poco a poco la gente vencía el miedo y los manifestantes se convirtieron en centenares, después en miles, hasta desembocar en la manifestación de más de 70 mil personas realizada en víspera de la caída del Muro de Berlín y la claudicación del régimen comunista.

 

Aquellos acontecimientos históricos que ocurrieron en la extinta Alemania comunista, y los que en el mismo período sucedieron en Polonia, Hungría y Checoslovaquia —que también eran Estados comunistas subsidiarios de la Unión Soviética— demostraron, pues, que las revoluciones pueden ser pacíficas cuando son democráticas. Pero también enseñaron que el hecho de que sean pacífica, no significa que las revoluciones democráticas no deban extirpar de raíz la mala hierba del totalitarismo.

 

El precio que se paga por no erradicar el totalitarismo mediante una auténtica revolución democrática, y por creer que basta un cambio de gobierno, es evidente en la trágica experiencia de Nicaragua, donde el régimen totalitario de los años ochenta no fue extirpado de raíz sino que se dejaron prácticamente intactas sus estructuras fundamentales. Por eso fue que Daniel Ortega y el FSLN pudieron “gobernar desde abajo”, mediante el chantaje y la violencia, durante la frustrada transición democrática de 1990 a 2006. Y gracias al pacto con Arnoldo Alemán, Daniel Ortega y el FSLN pudieron recuperar todo el poder político en las elecciones de noviembre de 2006, y desde entonces ha estado ejecutando su pérfido plan para la restauración y consolidación de la dictadura.

 

Ahora el pueblo nicaragüense está de nuevo luchando contra el autoritario régimen orteguista, que es como el Muro de Berlín de Nicaragua, con la esperanza de que la oposición haya aprendido la lección y pueda entender que no basta cambiar el gobierno, que es necesaria una auténtica revolución democrática, preferiblemente pacífica, que barra el sistema pervertido en el que se han arraigado siempre la corrupción, el caudillismo, el pactismo y la dictadura.