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Opinión

Violencia, sociedad posmoderna y cambio

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Por: Addis Esparta Díaz

 

Lo insólito de la imagen en la sociedad posmoderna y la legitimación del poder de los medios de comunicación muchas veces nos causan grandes vacíos y angustias ante las notas informativas que percibimos diariamente y que atrapan nuestros ojos, que avizorados resienten la pérdida de valores de la sociedad nicaragüense.

 

Dos niñas, dos asesinatos atroces, dos mentes criminales. La primera, una niña matagalpina de 9 años, inocente, sin malicia, sin advertir que en el camino a casa se deslizaba la muerte, el ultraje, la violencia y el terror. La segunda, de 8 años y de la ciudad de Managua, fue asesinada a manos de su propia madre, esta última en estado catatónico, fue llevada al hospital de enfermos mentales después de luchar con la Policía frenéticamente. Crímenes que quedarán para siempre grabados en la mente de sus familiares y de sus vecinos más cercanos.

 

La pregunta que nos hacemos es ¿hasta dónde las condiciones atávicas de nuestros antepasados se superponen a la cordura? La historia, según Bataille, consigna que los aztecas sacrificaban 20 mil niños al año, para una población de 200 mil, se les arrancaba el corazón y desde lo alto de una pirámide se lo ofrecían al Sol. Asimismo, en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, Fray Bartolomé de las Casas de manera explícita llama a estos “señores españoles” inhumanos, injustos y crueles al tomar la vida de mujeres preñadas, niños y ancianos, a quienes henchían traspasándolos con estacas, mataban con lanzas y con cuchillos, luego los echaban a perros bravos que los despedazaban y comían. Toda indignación es plausible, razonable, se clama por la justicia, pero nuestro corpus legal no es confiable. Un violador, un asesino, un ladrón en Nicaragua es puesto en libertad al día siguiente sin que haya un cuestionamiento, sin que se piense en la población, a la cual la trituran, en tanto el espacio social “seguro” es invadido por enfermos, inicuos, sicóticos, acosadores sexuales y paranoicos.

 

¿Es hora de despedirse del Ser?, pregunta Rojas Osorio en su obra sobre La filosofía en el debate posmoderno . No, es mi respuesta. El debilitamiento del Ser, su carácter efímero se construye en las sociedades donde la vacuidad, el signo y el símbolo son totalizadores. Es decir, este tipo de hombre o mujer no tiene dirección, es maniqueo, sin límites y voluntarioso. Viven para el poder hedónico, se alimentan de sangre, maquinan todo el tiempo el mal, porque no son seres libres, para ellos lo sublime y la trascendencia no existen. Este mundo es de máscaras, porque sus pies se mueven continuamente para hacer daño, es la desviación sistemática de una violencia exterior producto de un interior corrupto. Sin embargo, Kant, acertadamente señala que la impronta divina es la que satisface la necesidad humana de pensar, razonar y sensibilizar el circuito donde nos movemos, nos comunicamos y dialogamos con los otros seres humanos.

 

Por tanto, la certeza humana es que mi naturaleza debe procurar asumir un compromiso con el medio, justificada por la virtud o constatación que toda dirección contraria se presta al autoengaño, a un clima que deviene en un disfrute del presente y en un auténtico culto al cuerpo, en tanto la muerte de la ética y la ausencia de reglas comandarían el mundo bajo un terror posmoderno. Se trata, entonces, de no ser huérfanos mentales, sino individuos con la certidumbre que un comportamiento humano basado en normas deberá ser el paradigma que rija mi círculo de amigos, vecinos, comunidad y sociedad en general.

 

Es hora de pronunciarnos todos y condenar estos hechos sanguinarios, fríos y calculadores, propio de entes sin alma, cuyo propósito es sembrar el horror. El ser humano no debe ser deudor de ninguna crueldad humana o lo que Nietzsche denominaba en su obra El origen de la tragedia como aquella espiritualidad vista a través del ritual, del castigo, del suplicio y de la crucifixión hecha en honor a los dioses. Somos una sociedad posmoderna, pero pensante; inteligente, no primitiva; deudora, pero segura; cercada por poderes maquiavélicos, pero con vistas a la esperanza de un futuro más humano y prometedor, porque todo ser o existente aspira a la felicidad. Nuestro compromiso es afirmar valerosamente la vida, cuidar de nuestros niños y niñas y renovar cada día nuestra sensibilidad. Es necesario reinventar el ser, hacernos visibles es conciencia y deber de todo sujeto moral.

 

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