Escritores reunidos

Don Alfonso Reyes define la Mitología como: “el conjunto de leyendas tradicionales en que la imaginación primitiva ha recogido sus nociones y sus experiencias en cuanto al mundo natural y al mundo sobrenatural. Se manifiesta en forma de cuentos o “mitos” comunicados de boca en boca, objetos de creencias en principio y siempre testimonio precioso sobre cierta etapa de la mente. Se conoce la mitología de muchos pueblos —el australiano, el escandinavo, el azteca—; pero la palabra se ha usado más comúnmente para la antigüedad clásica, en que se confunde a los griegos y a los romanos”.

05/12/2009

Arquímedes González. LA PRENSA/ARCHIVO

La Mitología

Por Ernesto Castillo Martínez

Don Alfonso Reyes define la Mitología como: “el conjunto de leyendas tradicionales en que la imaginación primitiva ha recogido sus nociones y sus experiencias en cuanto al mundo natural y al mundo sobrenatural. Se manifiesta en forma de cuentos o “mitos” comunicados de boca en boca, objetos de creencias en principio y siempre testimonio precioso sobre cierta etapa de la mente. Se conoce la mitología de muchos pueblos —el australiano, el escandinavo, el azteca—; pero la palabra se ha usado más comúnmente para la antigüedad clásica, en que se confunde a los griegos y a los romanos”.

Bronislaw Malinowski, en su libro Función del Mito en la Vida afirma que: “el mito contiene los gérmenes de lo que serán luego la epopeya, la novela y la tragedia, y ha sido utilizado en esas producciones por el genio creador de los pueblos y por el arte consciente de la civilización”. El gran antropólogo J.G. Frazer, autor del bellísimo libro La Rama Dorada , que tanto ha contribuido al conocimiento de los pueblos primitivos, la define como: “la filosofía del hombre primitivo. Es su primera tentativa de respuesta a esas interrogantes generales concernientes al mundo, que sin duda se impusieron a la mente humana desde los primeros tiempos”.

Los expertos narradores antiguos cultivaban sus memorias con el diario ejercicio; seguramente que perfeccionaban los mitos al repetirlos, como harían los posteriores narradores. Memorias de prodigio deben haber existido en aquella época que enriquecieron de tal forma la historia cultural de los pueblos. Jamás la humanidad ha aplicado la memoria a fines tan creativos. Esa aplicación de la memoria era tarea primordial, fuente de leyes, rituales, historias, saberes medicinales, mágicos, etcétera.

Tomaré como base para estos breves apuntes la mitología griega, por ser la más fecunda y mejor documentada, ya que, como en todos los órdenes de la cultura, los romanos deliberadamente imitaron a los griegos. No quiere esto significar que no existan mitologías propias de los otros pueblos primitivos, incluso de los nuestros de esta América, que fue despojada en gran parte de la suya por la depredación oficial e inquisitorial que practicaron los españoles, desterrándola o adulterándola.

El conocimiento de la mitología griega parte sobre todo de Hornero, Hesíodo, Píndaro, los poetas trágicos, los cronistas e historiadores helénicos, los poetas helenísticos o de la época alejandrina —Calímaco, Apolonio—, los recopiladores como Diodoro y el romano Ovidio, entre otros. En la mitología de los griegos no sólo hay mitos de Dioses, Semidioses, o Héroes; estos últimos, no entendidos a la manera moderna, sino como antepasados sobrenaturales. No sólo hay seres “mitificados”, concebidos a semejanza del hombre, o aun imaginados como monstruos y de quienes cabe trazar una biografía. También pueden ser mitificados los fenómenos naturales: meteoros, vientos, cuerpos celestes, montes, piedras, ríos, fuentes, árboles, plantas, flores, animales; incluso, utensilios y artefactos de humana hechura como armas, instrumentos del rito, reliquias, etcétera, siempre que se les involucre en la fábula de una persona mítica o que se les reconozca por sí mismos cierta intención o iniciativa de orden humano. Algunos ejemplos nos permitirán apreciar el campo que cubre la mitología.

Zeus es mito divino; Heracles, mito semidivino; Teseo, mito heroico y cultural; Aquiles, mito heroico que alcanzó culto en algunos sitios; Agamenón, caso semejante que, según versiones tardías y un tanto dudosas, mereció también algún rendimiento religioso; Odiseo, mito puramente legendario y poético; la historia de Admeto y Alcesta, mito folklórico.

El rayo, el trueno, la tempestad, más bien son atributos de Zeus, como el fuego lo es de Hefesto, el dios artífice. Iris (arco iris), aunque mensajera celeste, sólo fue adorada en Hécate, isla cercana a Delos. Los vientos han sido personificados, y Bóreas, el viento norte, llegó a tener culto por su participación en la victoria contra las naves persas. Se asegura que el monte Olimpo era ya objeto religioso antes de que lo habitaran los Dioses.

Un extraño en mi casa

Por Arquímedes González

Cada domingo es igual.Trato de dormir, pero me es imposible. En mi cabeza revolotean pensamientos de qué haré en la nueva semana. Pasan las dos, las tres de la madrugada y yo sin poder conciliar el sueño.

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Me recomendaron beber leche tibia. Los primeros dos domingos resultó, pero volvió el insomnio. Otro aconsejó tomar un trago de licor y asunto acabado. Al mes lo dejé porque bebía un litro y el sueño no me vencía. El más radical, me facilitó pastillas que me sumieron en permanente estado de nerviosismo y taquicardia.

Opté por acostarme temprano y tampoco resultó. Daba vueltas en la cama, acomodaba una y otra vez la almohada, me quitaba la sábana por el calor y volvía a cobijarme tratando de no pensar, pero me atacaba el insistente temor de no olvidar lo que debía hacer en la semana, viendo en la habitación las figuras que se transformaban en seres horribles como si navegara en los ríos de Aqueronte, con bestias extrañas invadiendo mi cuarto.

El siguiente domingo estaba de nuevo en la soledad y oscuridad oyendo los ruidos nocturnos, el viento, las ramas del árbol golpeando el techo, el crujir de la cama, la gula de las ratas escarbando en la cocina, afuera gatos abriendo las bolsas de basura y los malditos grillos esparciendo su punzante e insistente ruido.

Fui a orinar.

Al regresar, me tiré lo más fuerte en la cama.

Traté de no pensar.

Sentí el latir del corazón, la respiración y me dejé ir, pero maldita naturaleza que no deja dormir a los grillos. Volví del vestíbulo del sueño a la sala de la oscura noche por el lamento agudo y monótono de los insectos.

Fui de nuevo al inodoro sin encender la luz y cuando regresé, sentí la presencia física de algo en la cama.

Retrocedí pensando que era la almohada, pero no. Era demasiado largo y estaba cubierto por las sábanas. Confuso, respiré el frío ambiente que antes era bochorno y me senté en el piso para aclarar mis pensamientos. Podía ser un ladrón que se había quedado dormido cuando yo estaba en el retrete y creyó que la casa estaba vacía.

Pensé asestarle un golpe con la escoba o darle una cuchillada, pero el miedo me paralizaba y resolví esperar el amanecer.

Con los primeros rayos del sol definí su contorno.

Tendría mi estatura y mi peso, calculé.

Decidido, me puse de pie sin hacer ruido, fui a la cama con mi mano derecha convertida en puño para darle la paliza de su vida a quien se había metido en mi casa y no me había dejado dormir.

Antes de golpearlo, quité la sábana y descubrí que quien dormía era yo.

Payasadas de un demonio

Por Pedro Avellán Centeno


—Fragmento de novela—

Entonces reprendió Jesús al demonio, el cual salió del muchacho, y éste quedó sano desde aquella hora.

Mateo 17:18

Los machetes de filos relucientes brillaban en manos de los cortadores de caña, hombres de espaldas morenas, desnudas y sudorosas doradas bajo el irresistible sol de aquellos días. Mucha gente trabajaba arduamente en el ingenio azucarero. Igual que en las bananeras la hojarasca y en las minas el balastro, aquí sobraba el bagazo, peones que dejaban sus fuerzas en el cañaveral y terminaban el día cansados y macilentos, llenos del contil de los plantíos, del olor de la melaza ensanchado en sus pulmones, fastidiados del ruido de las calderas y del mar de varas de caña.

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Las rastras y los camiones, cargados de caña de azúcar, iban y venían, en sus interminables viajes, de los plantíos al plantel y del plantel a los plantíos, con sus motores roncos y veloces, levantaban tolvaneras, destripaban animales y sonaban el claxon que lastimaba los oídos de los peatones.

Con mucho vigor, como un coloso que ruge al despertar, se escuchaba abrumador el bullicio de las calderas del plantel, y se miraba el chorro de humo ennegrecido de las chimeneas, que subía al cielo y se perdía entre las nubes. Todo el engranaje del plantel parecía sincronizado con cada actividad. La zafra se iniciaba con la quema de los plantíos y el viento, se llevaba las virutas, que caían como lluvia negra sobre las ciudades vecinas.

Lejos de aquel mundo de caña, humo, ceniza y melaza, se origina esta cruel y triste historia, apoltronada en las calles de una ciudad, que despertaba con la alegría del cantar de pájaros sonoros y melodiosos, de negros /anales en abundancia y de inquietos cenzontles, que revolaban sobre los árboles, con jolgorios, para celebrar con entusiasmo el nacimiento de un nuevo día. Era una ciudad común, llena de flacos perros callejeros que hurgaban en los botes de basura, entre el pasar de la gente que iba temprano a sus trabajos, sin escuchar el grito desesperado del que vendía el periódico en la acera. En ese ajetreo del amanecer, el sol no tardaba en extender su aliento de luz, para iluminar con todo su resplandor las aguas cristalinas del Lago Xolotlán, que se ensanchaba a las orillas de Managua.

Amberta Rivera, cuerpo de amazona, de ariscas cabelleras negras y hebras espesas, que brillaban bajo el sol de los pobres, entre la redondez de su cara y sus ojos grandes y vivaces, se levantaba, cuando, apenas despertaban los pájaros y el alba dibujaba en el aire el aliento del día. Mujer hermosa, esta Amberta, vendedora de la calle, quien, con entusiasmo, caminaba por la Avenida Universitaria de Managua, confundida entre las filas de los vehículos que se detenían en el semáforo. Bandeja al hombro, algunas veces atada a la cintura por una amustiada faja de cuero, ofrecía a los choferes y pasajeros, el surtido de caramelos, chicles y cigarros. La venta callejera era su trabajo de todos los días.

Muchas mujeres jóvenes y bonitas envejecían por el maltrato y la extenuación del trabajo, en arduas jornadas, bajo el sol, bajo la lluvia, y otra vez bajo el sol y el azote de los vendavales que esparcían el polvasal cristalino, que se anegaba mezclado entre las lágrimas, como lastre en los ojos y las fosas nasales de los humildes vendedores de la calle, que se curtían entre el sudor y el viento, entre el aliento de la boca reseca y los pies sancochados por el calor del pavimento. Sobre la acera, cerca de la entrada principal a la Universidad Centroamericana, Amberta Rivera tenía un puesto de cuatro palos y tres láminas de zinc herrumbradas, que se bambaleaban por las ventiscas de aquellos días de verano. El puesto no era lo que pudiera pensarse y más que todo, le servía para guarecerse en tiempos de lluvia o para cubrirse por ratos de las inclemencias del sol.

Al otro lado de la calle, como todos los días, se estacionaban los buses expresos, que viajaban al oriente y occidente del país. Mucha gente se aglomeraba ahí, presta a partir.

—¡Ya nos vamos! —se oía constante el grito —¡Granada!, ¡Granada!… ¡Diriamba!… ¡Jinotepe!, ¿dónde vas mi amor?, ¿Jinotepe?… Ya salimos… ¡San Gregorio!, ¡El Crucero!, ¡Carazo!, ¡León!… ¡Chinandega! —Continuaban los gritos..

La Herencia

(Fragmento de novela)


Por Róger Mendieta Alfaro

—¡Esto sí que huele a muerte! —dijo el muerto.

Quedó observando el cadáver. En una repentina transposición de pensamientos tuvo la extraña sensación de que se trataba de sí mismo. La epidermis enrojecida y los cabellos erizados, creyó revolotear cual pajarraco sin rumbo en tenebrosa oscurana que lo condujo al pasado.

Y allí estaba Moralia, columpiándose entre alucinantes laberintos sobre la onírica hamaca de la obsesión en un subconsciente compartido, aferrada a la aberrante truculencia del complejo sino absurdo que parecía burlarle desde los escombros del origen.

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Pensó que quizá fuese el repunte del primer capítulo del embrollo psicológico en la enmarañada versión de aquella imaginaria existencia que le había tejido su madre.

—¡Huele a muerte! —insistió.

Observó el cadáver con detención, recorriéndolo de pies a cabeza. Giró en torno suyo y saltó hacia atrás, como lanzado por el aparente hálito vidrioso que parecía escapar de los ojos del difunto. En tales condiciones, la extraña experiencia podría percibirse como expresión imaginaria de ideas sin sentido. Aunque sueño tan vivo no parecía ser un sueño, sino el rebrote de alguna perversión.

“No estoy para hundirme en este tipo de escenario”, pensó el interlocutor.

Quiso huir de aquel extraño entorno, correr hacia cualquier otro sitio, pero lo detuvo la misteriosa voz que insistió desde el ataúd.

—¿Quién eres tú?

—Manuverdonio —dijo el adscrito intemporal.

—¿Ese no es tu nombre? —dijo el difunto.

—A ti qué te importa cómo me llamen.

—Tiene por qué importarme. Estás invadiendo mis espacios. Tú, estrictamente, te llamas insatisfacción —dijo el cadáver.

—Más que muerto estás loco —dijo el interlocutor.

—Quizá tengas razón. Pero tú, falsamente vivo, eres juguete de una imaginación sin sentido, condenado a trastabillar en los laberintos donde el alma racional no tiene espacios —dijo el difunto.

—No sé qué pretendes insinuar —dijo Manuverdonio.

—No me vas a comprender jamás, porque la ficción describe pero no entiende, y tú eres eso: ficción.

—¡Ficción! —exclamó Manuverdonio, viendo por encima del hombro. Y huyó horrorizado para hundirse y tomar distancia en la inenarrable bruma sin fin, mas lo detuvo en seco la mirada fría del difunto.

—Ficción es realidad —dijo el cadáver—. La vida es ficción. Tú eres ficción. Pero pregunto: ¿a ti qué te importa quién sea si no existes? Y para quien lo pretenda explicar, sólo eres una evidencia dentro de la irrealidad. Soy un vivo estando muerto —agregó el cadáver.

—Un cadáver nunca está vivo.

—Eso depende de la sutileza del concepto. Te hablo desde afuera estando dentro. Pero tú no existes ni fuera ni dentro —refutó el cadáver.

—Es lo que supones.

—Escucha bien: no existes. No eres más que deseo insaciable de una presencia sin asidero —insistió el cadáver.

—Es lo que supones —insistió Manuverdonio.

—Nada de supuestos. Hablo de mí mismo y puedo dar constancia de ello. Estás condenado a vivir y girar sobre la mítica presencia de un deseo irrealizado. ¿Sabes una cosa?

—¿Sí?

 

Ahora que ha llovido

Por Corea Torres

Amanecer en cualquier parte

no me importa,

interesa a mis manos

asir el amarillo del sol

y aventárselo a la melancolía

cuyo sino es llevarme

a la infancia

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Tal vez siga royéndome carne y huesos

tal vez continúe merodeando mi memoria

con su olfato de roedor

y consiga desmoronar los recuerdos

—conozco bien su deseo de llevárselos—

hasta escapar con ellos.

Atrancaré todas las puertas, taparé rendijas

impediré a toda costa su salida,

no quiero ver cómo los esparce

sobre la blanda tierra que hollamos

y de ellos nazca

—ahora que ha llovido—

la nostalgia.

...
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