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Nydia palacios la devota d Rubén Darío

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Aproximarse a un poeta con el propósito de conocer a cabalidad su obra, lo que necesariamente nos llevará al análisis crítico, es una labor que requiere como condición sine quanon un proceso previo de desacralización. Y si se trata adentrarse en el espeso boscaje de la obra de Rubén Darío, la tarea, además de ardua, debe ser meticulosa, rigurosa y respetuosa. Es decir, una desacralización con devoción, un análisis con objetividad y una crítica didáctica para beneficio de los otros lectores. Y eso, precisamente, es lo que hace Nydia Palacios en estos tres ensayos.

 

Lo poético es poesía en estado amorfo, dice Octavio Paz y el poema es creación, poesía erguida. El poema es un organismo verbal que emite poesía, donde forma y sustancia son lo mismo. La poesía es conocimiento, poder, abandono; aísla, une, en una vertiginosa pluralidad. Es el lugar de encuentro del hombre consigo en la más completa desnudez. Es un viaje interminable, puro testimonio de vida.

 

En el caso de Rubén Darío, donde vida y obra se funden, hombre y poeta son uno solo en el poema; seguirle la pista a su historia, conocerlo, debería ser una fácil labor si no fuera porque en la obra Dariana hay otros propósitos adicionales al mero testimonio vital: cosmopolitismo, transculturización, firme convicción de reformar, grito de fauno herido que trasciende cualquier testimonio verbal. Darío está mucho más allá del modernismo, Darío se enfrenta a lo absoluto, encara al misterio. “El enigma dice es el soplo que hace cantar la lira”, lo que también es causa de su frustración al no poder descifrarlo.

 

Tres son las fuentes, apunta Nidia, que originan la característica melancolía de Darío: el entorno familiar, el erotismo de su creación poética y la conciencia del tiempo, sentimiento del tempo, como escribe Giuseppe Ungaretti, gran poeta italiano del siglo XX con más de una reminiscencia Dariana.

 

Una vida signada por el dolor, de un consciente dolor. En “Cantos de Vida y Esperanza, Los Cisnes y otros Poemas”, donde hay una especie de depuración de su propuesta estética de libros anteriores, hay ya, dice Roberto Ledesma, “dolorosas visiones del poniente”; hay ahí dos cantos de otoño, dos nocturnos y está “Lo Fatal” con sus fúnebres ramos. Con el “Canto Errante” y “Poema de Otoño”, el tono, apunta la Dra. Palacios, se torna más melancólico, pero Darío nunca abandonó su eros vital. Acertada afirmación que corrobora lo señalado tantas veces acerca de la dicotomía emocional y mental en la que vivió Darío, un cristiano que quería ser pagano, según la mordaz observación de Luis Alberto Cabrales, a diferencia de Salomón de la Selva que fue un pagano que quería ser cristiano.

 

El hedonismo en Darío, nunca satisfecho – apunta Nidia – es fuente importante de su frustración. Pero, reafirma ella, el hedonismo en Rubén Darío, más que la satisfacción del deseo, era el medio de escapar del sufrimiento.

 

¿Había dos Darío? ¿Uno galante y festivo que escondía al otro triste y tímido? En verdad sólo hay uno, el que se mueve angustiado entre dos polos, y que se manifiesta en la genial contradicción del verso: “mi corazón triste de fiestas”.

 

Esa batalla entre su eros y su misticismo no fue un juego literario, fue un juego – si es que lo fue– mortal. La intensidad del verso dariano es producto de esa angustia, mal comprendida por algunos detractores para quienes la poesía es aún un objeto de ornato verbal y no un ejercicio de vida, expresiones de consuelo y de desconsuelo que a la larga es lo mismo según Carlos Martínez Rivas.

 

La desacralización irreverente de ciertos contemporáneos de Darío, obedece a la insensibilidad, a la ignorancia y a la envidia, pero sobretodo al miedo. Nidia Palacios hace una verdadera disección del fenómeno y nos habla de la “ansiedad de la influencia” que en ellos provocaba Darío y que hacía que tales detractores reaccionaran de diversas formas, desde el insulto a la parodia burlesca o a la sangría literaria – ofende mientras chupas – como es el caso de Delmira Agustini, quien profesaba un extraño amor por el maestro. La lista es variopinta y la engrosan solapados y contestarios, desde Valle Inclán –cerdo triste llama a Darío en poco cariñoso epíteto – al ebrio de Vargas Vila que define al poeta como un “fauno ebrio”, sin duda alguna nada que ver con el título bellísimo del poema de Rimbaud.

 

Todos estos supuestos antidarianos murieron siendo darianos y muchos de ellos vivieron a la luminosa sombra de la memoria de Rubén Darío. Después de todo, dice Nidia, desacralizar es adoptar, hacer propio el verso ajeno con el propósito – vano o no – de transformarlo.

 

Otra cosa es la desacralización existente en la literatura actual, Gabriel García Márquez, Sergio Ramírez, Augusto Monterroso, José Coronel Urtecho, entre otros. Con ello la desacralización nos apunta Palacios, no está generada en el miedo a la influencia y del modelo a modificar del cual hace mucho obtuvieron sus mejores nutrientes; esta desacralización es acorde con la mejor tradición latinoamericana, una desacralización carnavalesca. Desacralizan al mito Rubén Darío para encontrar al ser humano pleno de virtudes y defectos que fue. Desacralizan el mito porque ya lo han reverenciado mucho.

 

Todo esto lo sabía, o lo pre-sentía Darío, y en propios versos se inmola y hace su propia autodesacralización llamando a su obra “literatura aftosa” y “necesita un desinfectante mi prosa”. Esto que parece una clausura, en realidad es una puerta que se abre por donde irrumpe el vanguardismo.

 

Y concluye con gran agudeza la maestra Palacios citando: no hay verso que escape de ser recitado, subvertido y pervertido. Uno de estos escritores, tal vez el que más, que vivió de cerca el peregrinaje poético de Darío, fue el “joven salvaje” de Leopoldo Lugones.

 

De estos misterios y otros más nos habla Nydia Palacios en su libro, fuente obligatoria de consulta para el investigador dariano. Creo que estos ensayos son primicias de una obra más vasta, en esta fecunda, pero dura labor, de encontrar al poeta en el hombre, y al hombre en el poeta, en ese prodigioso y único fenómeno poético que fue Rubén Darío.

 

La estudiosa del padre del Modernismo ha publicado Rubén Darío, melancólico capitán de la gloria, una serie de ensayos que hablan de una parte de su obra poética

 

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