Opinión

Por: Arquímedes González
Desde hace muchos años Vargas Llosa se ha pronunciado como un gran defensor del periodismo, pues según sus mismas palabras, “ha sido un compañero leal, fascinante y fecundo de mi vocación literaria. Excepto crónica de espectáculos, he hecho de todo, desde sucesos a deportes, desde información internacional hasta editoriales y artículos”.
Sin embargo también ha afirmado que esta especialidad ha contribuido a la “banalización” de la cultura, la “generalización” de la frivolidad, y “la proliferación del periodismo irresponsable, el que se alimenta de la chismografía y el escándalo”.
Y no sólo públicamente el Premio Nobel ha dirigido su atención hacia la caída de calidad tanto de los periodistas como de los editores y medios de comunicación. También lo ha hecho en sus novelas.
En Conversación en La Catedral, el reportero Carlitos le asegura a su compañero Santiago Zavalita: “Hay que ser loco para entrar en un diario si uno tiene algún cariño por la literatura. El periodismo no es una vocación, sino una frustración. La poesía es lo más grande que hay”.
En Pantaleón y las visitadoras, el periodista radial El Shinchi ofrece su silencio al capitán del ejército Pantaleón Pantoja, a cambio de dinero. El reportero se convierte entonces en un chantajista, un mentiroso y un oportunista.
En La tía Julia y el escribidor, Pascual, el redactor de boletines tiene una “irreprimible predilección por lo atroz” y el personaje Pedro Camacho acaba humillado como reportero de casos policiales. Por último, en La guerra del fin del mundo , el Varón de Cañabrava le advierte al Coronel Moreira César, que el reportero Euclides da Cunha es “un periodista miope” dedicado a “la chismografía, la infidencia, la calumnia y el ataque artero”.
Estamos claros que el periodismo ha sido la sombra de la vocación literaria de Vargas Llosa y por tanto, también es una profesión que le preocupa por la cantidad de errores y baja calidad se encuentran al abrir las páginas de los periódicos.
Notas periodísticas mal estructuradas, artículos redactados desde la silla de la redacción y a punta de telefonazos a ministros, falta de profundidad en el tema abordado, un yoquepierdismo en la utilización de los géneros periodísticos y una increíble y horrorosa comodidad de publicar a diario a grandes titulares, con generosas columnas y destacadas fotografías, el circo hollywoodense antes de salir a la calle y hacernos ver qué pasa con la cultura del país.
Lo peor de todo, no es tanto la crítica a la que somos sometidos los reporteros y los medios de comunicación, sino nuestra forma de reaccionar ante ésta. Cuando se nos señala, nos escondemos tras la tal libertad de expresión. Cuando se nos desenmascara, respondemos con irracionalidad, cuando nos hacen ver nuestros fallos, los ignoramos y eso es lo que siento, está matando al periodismo. Ese periodismo es el que el nuevo Premio Nobel de Literatura siente como si fuera a la deriva frente a las nuevas tecnologías, y a todo un nuevo mundo de información que, irónicamente, está acabando con esta profesión para convertirnos en sólo transcriptores de conferencias de prensa.
El autor es periodista y escritor.
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