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Managua, 13 de noviembre, 2010
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Poesía nicaragüense

Tinta invisible

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Por Max L. Lacayo

 

Tinta invisible

 

Una tarde o una noche

 

me acerqué contemplativo

 

a la pantalla de mi ordenador.

 

¿Qué pensaba? No recuerdo.

 

Sólo sé que consentía

 

mis caprichos más mundanos.

 

Tal vez triviales, quizás sensuales.

 

¿Qué hay detrás de ese cristal?

 

Las preguntas me asaltaban,

 

yo deseaba comprender

 

cuán real es lo virtual.

 

Y quería darme cuenta de

 

que pasiones dominan,

 

a humanos, en medios tales

 

como esas redes sociales.

 

¿Es esa comunidad irreal?

 

Ahí encontré un campo abierto,

 

caras de amigos, parientes

 

y otro tanto que en sus plazas

 

deseaban compartir

 

recuerdos y memorias,

 

artes y destrezas,

 

cuentos y querellas.

 

Muchachas lindas y no tan bellas,

 

desplegaban con holgura

 

ciertos dotes y cualidades,

 

dando una buena impresión.

 

Hay quienes anunciaban

 

objetos para vender…

 

las relaciones son reales

 

yo empecé a comprender.

 

Mas sin tocarse una mano

 

encontré humanidad.

 

Mucha gente era coqueta,

 

enseñando lo mejor

 

de su carácter, de su alma,

 

de su estampa y su dicción.

 

Muchos, siempre preocupados

 

de verse en buena luz,

 

encendían sus candelas

 

para ver y demostrar.

 

De pronto encontré a una amiga

 

a quien afable visité.

 

Luego vi a otra y a otra…

 

siempre con buena intención.

 

Yo buscaba lo más noble,

 

entre las caras de antaño.

 

Y entre las nuevas encontraba

 

a gente afable y gustosa.

 

Oh, los apretones de manos,

 

esporádicos besos y no menos abrazos.

 

¿Por qué se siente tan real?

 

Yo me empecé a preguntar.

 

Las respuestas venían solas,

 

correspondientes, veloces.

 

Y a mí mismo me decía

 

esto es mercado de ideales.

 

Mas como todo, llegó el momento

 

de asentarme, establecerme

 

con un grupo de personas

 

de mutuo simpatizar.

 

Una cara muy bonita y un nombre

 

que recuerdo del tiempo de mis años mozos

 

apareció cual sorpresa.

 

Altivo, seguro y amable, me presenté

 

Diana juró haberme reconocido.

 

Y pronto intercambiamos

 

memorias de familiares,

 

recuerdos de juventud y

 

algunas aspiraciones.

 

Hablamos de aquel exilio del año 79.

 

¡Qué ella salió por atajos!

 

Yo le conté mis desvelos.

 

¡Qué cómo extrañaba su tierra

 

En aquel gélido destierro!

 

compungida lo decía.

 

Diana también hablaba

 

de como sus percepciones,

 

alertaban su sentido

 

de nacionalidad.

 

Y cuenta de sentimientos

 

al regresar a su tierra;

 

afecto, dolor, tristeza,

 

piedad, ternura y compasión.

 

Nuestra amistad tomó rumbos

 

literarios, muy hermosos.

 

Y un poema ella me envió

 

de su propia inspiración.

 

¡Oh qué cantar más sincero,

 

Llano, puro, inocente!

 

Yo así le comenté.

 

Con seductora inocencia

 

ella me preguntó que

 

si tal vez lo encontraba

 

un poco elemental,

 

por encontrarlo inocente.

 

Con seriedad y reserva, le afirmé:

 

creativo poema, vívido relato

 

de una experiencia en la cual

 

la existencia y la memoria

 

hilvanan un fino intercambio

 

de constantes emociones.

 

Y en esa tierna inocencia

 

encuentro tanta virtud.

 

Así concluí el comentario,

 

celebrando, de Diana,

 

su interés y atracción

 

por los valores de este arte.

 

 

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