Opinión

Por: Arquímedes González
Igual que muchos otros nicaragüenses, recuerdo el deslumbrante arranque internacional de la carrera boxística de Mayorga en el 2001 cuando enfrentó a Andrew “Seis Cabezas” Lewis. Sin embargo, un corte mutuo de cabezas dio al traste con el debut del nicaragüense, aunque un año después volvió a enfrentarlo y, para sorpresa de todos, lo noqueó.
Desde ese momento la vida de Mayorga dio un espectacular giro. Fue el centro de atención, fue mimado por su representante, fue perseguido por entusiastas periodistas que no paraban de alabarlo con unas grandilocuentes palabras que lo aseguraban como la nueva estrella del cuadrilátero mundial, y sus amigos y familiares se multiplicaron con la rapidez de los gusanos en la carne putrefacta.
Sin embargo, desde esa ocasión iniciaron también los problemas. Hubo acusaciones de maltratos, abusos, violaciones y una recurrente e inapropiada conducta pública que lo convirtió en el más malcriado de todos los boxeadores que ha tenido Nicaragua.
Para la pelea con Vernont Forrest, Mayorga ya era otro. Hacía gala de su incontinencia verbal descalificando desde la madre hasta la esposa de sus contrincantes y se presentaba como el mejor libra por libra de la historia del boxeo reciente. Y estaba bien que creyera en él. Lo que estaba mal, era que no lo demostrara en el cuadrilátero.
A pesar de nuestro rechazo, Mayorga continuó llamando la atención tal vez por sus cada vez más encendidas declaraciones, por sus poses bravuconas o por su temeraria conducta al volante conduciendo contra la vía aún durante el día en diferentes avenidas de la capital de Nicaragua. Para ese entonces, el boxeador derrochaba dinero, fama, amigos, celebraciones, pero también, la buena suerte que hasta ese entonces lo acompañaba.
Empezó a engordar, a alejarse de los entrenamientos, a ser cada vez más agresivo y a creer que con unos dólares más, se podía escupir a cualquiera. El dinero le había dado a Mayorga aquella autoestima que nunca logró por sí solo, pero que, por desgracia, no la supo administrar para su beneficio.
Y de pronto inició el declive. Las derrotas se sumaron contra Félix “Tito” Trinidad, Oscar De la Hoya y tuvo un respiro contra Fernando Vargas. Tiempo después fue Shane Mosley quien dejó en evidencia lo que Mayorga había hecho con su carrera: Desperdiciarla por la vanidad, echarla al traste por su impericia de no escoger con más tino a sus amigos y creer que las peleas se ganaban a punta de maldiciones.
Fue entonces cuando los amigos se alejaron, por fin los periodistas lo criticaron abiertamente, se dio cuenta que lo habían estafado de pie a cabeza y, de un momento a otro, pasó de conducir a alta velocidad gozando de sus millones y la impunidad de su fama, a rápidamente escapar de los deudores. Tiempo después tuvo que salir de Nicaragua ante las recurrentes demandas judiciales.
Hoy que desde Miami, Mayorga anuncia otro intento de regreso, lo hace con el mismo lenguaje que una vez lo hizo famoso, pero que, ahora en vez de provocarnos enojo, nos da lástima pues parece que aún no ha aprendido la lección. http://arquimedesgonzalez.blogspot.com/
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