Opinión

Por: Arquímedes González
De las tres veces que he estado en Japón -y digo he estado porque algún día espero volver—, la última ocasión fue la más breve pero la más emotiva.
La primera vez que visité Japón fue en 1994. Sí, demasiado joven, demasiado inmaduro, demasiado exigente para gozar lo que por un mes me ofreció el país y sus habitantes. Esa ocasión quedé impresionado por los edificios, los puentes, los trenes, toda una monumental infraestructura que contrastaba con la delicadeza y fineza de los nipones.
El aeropuerto de Narita me pareció la terminal hacia otro mundo. En sus pasillos iban y venían miles, miles de personas y cuando salí de ahí, fue como se sentiría un astronauta llegando a otro planeta en el que sus habitantes gozaban de la palabra “desarrollo”.
La segunda vez que estuve en Japón fue en 1997. Viví en Tokio casi dos años. Aprendí un idioma que suena al susurro de la madrugada, dominé una escritura que se asemeja al movimiento de las hojas de los árboles cuando son acariciadas por la brisa, en la primavera disfruté de los cerezos en flor y su olor me acompañó durante meses. En el verano fui testigo de los días de faldas cortas en Shibuya, en invierno escapaba de la lluvia entrando a los restaurantes de Meguro en busca de temperatura y en el otoño me cobijaba el Monte Fuji.
Durante ese tiempo, con frecuencia pensaba: ¿Qué es Japón? Pero nunca tenía una respuesta clara, tal vez porque jamás sabemos apreciar las cosas en el momento en el que las vivimos.
Estas semanas que Japón ha copado las noticias debido al terremoto de 9 grados que dejó más de treinta mil muertos y desaparecidos, que han pasado los años y que me he vuelto menos inmaduro y un poco menos exigente, reconozco que conocí un gran país.
Japón son sus habitantes sonriendo y abriendo sus corazones a extraños venidos de tierras lejanas. Es Roppongi con el derroche de sus luces y discotecas y bares atestados de gente. Es Ginza con sus caras tiendas y sus calles amplias. Es Akihabara y lo último en tecnología. Es el shinkanzén yendo veloz, es Hiroshima y Nagasaki. Es Nagano y sus montañas bañadas de blanco. Es el sushi, el ramen, el hiragana, el katakana y los kanjis. Japón son los trenes, el silencio, los edificios, la contemplación, es el arte de los sumos y el encantamiento de las geishas, es Kenzaburo Oe, Yasunari Kawabata, Yukio Mishima y Akira Kurosawa.
Siempre sonrío cuando la gente comenta que los japoneses no muestran sus sentimientos. La primera vez que estuve ahí, pensé lo mismo. La segunda vez admití que estaba equivocado, pero no quise reconocerlo en público. No fue hasta la tercera vez que visité Japón en el 2004, que reparé en lo injusto que había sido con ellos.
Los japoneses aman y sienten, sueñan y anhelan lo mismo que cualquier persona. Son fieles en amistad y se preocupan por los demás y eso se nota incluso en Nicaragua, donde han construido carreteras, puentes, escuelas y el agua que a diario utilizamos los capitalinos se la debemos en gran parte a la cooperación japonesa.
Esa tercera vez que visité a Japón, finalmente aprecié haber conocido el país del dragón y los cerezos. http://arquimedesgonzalez.blogspot.com/
Ver en la versión impresa las páginas: 9 A
2011
Abr 02
06:25p.m
Francisco Vela Suarez dice:
Como escritor no conocistes a Kobbo Abbe o sus novelas ? Un gran escritor japones que abandono los bisturices medicos por la pluma.
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