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Religión | domingo 31 de julio 2011 Denles ustedes de comerMe invitaron a un cabo de año en una comarca, de una gente muy humilde y pobre, el finado, Jorge, era un hermano muy querido en la comunidad. Y los que asistieron al mismo eran una multitud yo veía que habían unos grandes peroles llenos de comida y unas enormes tinas para fresco. Asombrado de la cantidad de gente y comida, la viuda, una señora ya anciana se me acercó y decía, hermano Padre, mire la bondad de Dios que está dispuesto a darnos todo lo que nos sea necesario, pero todo lo que de Él viene, no es solo para nosotros, sino que para que lo compartamos.
De allí me preguntaba, ¿si Dios nos ha dado bienes, favores, atenciones, educación, recursos materiales, es todo eso solo para nosotros o para que los multipliquemos y podamos compartirlo? ¿Qué conciencia tenemos de esto? El Señor pone en nuestras manos mucho de los que los demás necesitan, Él es generoso y ofrece a manos llenas la abundancia de sus bienes, y estamos llamados a responder a una encantadora Palabra del Señor: “Denles de comer ustedes mismos”. (Mt 14,16).
Veía en todas las personas que llevaban panes y peces a esta familia, motivadas por un auténtico sentimiento de afecto, cariño y solidaridad hacia aquella gente que estaba de duelo. En la casa, en el patio, muchos asistentes... que lindo el pobre cuando comparte y acompaña.
Los veía y traía a mi mente cuando los discípulos preocupados dicen a Jesús: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer“, lo que habían llevado como provisiones, no era suficiente para tanta gente, y le dicen al Señor: “Despide a la gente para que vayan a las aldeas y compren algo de comer”. (Mt 14,15).
Para los discípulos de Jesús, la solución era simple para remediar el hambre, que vayan ellos a proveerse de alimentos, sin embargo para el Señor, hay otro más sencillo, y en sus manos está la posibilidad de hacerlo, y no es mandar a comprar, al contrario, es proveer personalmente.
Entonces Jesús les contestó: “No hace falta que vayan; denles ustedes de comer”. Ellos le respondieron: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados. En esta humilde casa, nos encontramos en el nombre de Jesús para orar, meditar la Palabra, y para compartir la vida con aquellos que acompañan a una familia y a una comunidad en el dolor y en la vida.
“Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados, alzó la mirada al cielo, pronunció una bendición”. (Mt 14,19). Él está con su corazón en ese momento en la tierra, pero levanta los ojos al cielo, enseñándonos que es allí donde debemos mirar, porque todo viene de Dios y todo nos debe llevar a Dios.
Hicimos una oración para bendecir los alimentos y los familiares y miembros de la comunidad cristiana como los discípulos los repartieron. El compartir sus bienes de esta comunidad, como en ese lugar, es evidente que en la fe y caridad, el milagro se hizo en las manos de Jesús, y se puede suponer que se fue multiplicando en las manos de los discípulos.
Entonces como en el Evangelio, Jesús no sació directamente el hambre, lo hace a través de sus discípulos, es así como les dio a ellos los panes y estos a las gentes. Y así es nuestra gente sencilla, cristiana, nunca es indiferente a las necesidades de los demás, siempre están dispuestos a atender y acudir en la ayuda de los hermanos, con generosidad y sin pensar muchas veces en el no tengo, porque esto se hace por el amor a Cristo.
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