Voces

Por: Arquímedes González

He soñado que tengo alas y vuelo, he soñado que sin máquina del tiempo puedo ir al pasado y al futuro, a otros mundos y otros universos. He soñado las cosas más risibles como una vez que soñé que yo era un perrito. Un perrito pequinés.
He soñado que puedo caminar sobre el agua, que soy un gigante, que soy una hormiga, que soy el hombre más fuerte del mundo o que mis lágrimas son del tamaño de un automóvil. He soñado con el mar, con las montañas y con la ciudad. He sentido el sol, el frío, el hambre y la sed.
Los sueños son como entrar a la sala de un cine. Primero está todo oscuro y silencioso y, de pronto, inicia la función que incluye efectos especiales y sonido estéreo. Los sueños son como abrir las páginas de un libro y ver salir a los personajes para unirse a ellos en sus aventuras o, en el mejor de los casos, convertirse en ese mismo personaje.
Yo no sabía que cuando estamos fuera de nuestro país, usualmente soñamos precisamente con ese país y con la gente que hemos conocido. Así, he soñado con las calles de mi niñez y mi juventud con una claridad, que cuando me despierto me asusto de encontrarme en un lugar diferente.
En los sueños he entrado a esos lugares donde trabajé o donde comí y he hablado con personas que tengo mucho, mucho tiempo de no ver y con otras que por desgracia ya no están. Los he acompañado, he caminado a su lado, los he escuchado, me he sentido feliz de verlos y de compartir con ellos un espacio increíble. En ese espacio no cambia nada. Los rostros y paisajes se mantienen a como los recuerdo.
Han sido sueños en los que me he citado en la banca de un parque o en un café con personas a las que quiero y estimo mucho y a la mañana siguiente, me levanto con una risa en mi rostro por haberme encontrado con quienes tenía años de no verlos ni saber de ellos. Claro, he tenido pesadillas, unas peores que otras, pero cada vez que llega la noche me acuesto imaginando qué sorpresa me espera en los sueños.
Innumerables veces he olvidado el sueño tenido. Por lo general, diario despierto como si fuera una máquina perezosa que se niega a empezar la jornada. A veces, poco antes de despertar me digo que debo recordar el sueño para repasarlo en cuanto despierte, pero resulta todo lo contrario: lo olvido en cuanto abro los ojos. Sin embargo, hay unos sueños que jamás me abandonan y que se repiten o continúan a la noche siguiente como si fuera una novela gráfica de entrega por partes.
Por años he querido que muchos de esos sueños se conviertan en realidad, pero por desgracia, la vida se encarga de cancelar, cambiar o posponer algunos de ellos o la gente destroza esos sueños en un rápido chasquido de dedos sin embargo, yo no me rindo y todas las noches me acuesto para de nuevo, soñar.
El autor es periodista y escritor.
Ver en la versión impresa las páginas: 13 A
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