Reportajes

Unas 13,000 personas han desaparecido en México, donde este año celebrarán elecciones presidenciales y donde podría volver a gobernar el PRI. LA PRENSA/ EFE
Por Amalia Morales
Hay una melodía de caja de música que engolosina a la turba de gente que camina a lo largo de la peatonal Francisco Madero, la calle que desemboca en el Zócalo, como mejor se conoce a la plaza de la Constitución, corazón del centro histórico del Distrito Federal, la capital mexicana.
El Zócalo es una enorme placa de cemento en cuyo centro ondea la bandera mexicana mientras a su alrededor se venden películas y libros piratas, fotografías de Frida Khalo, Tin Tan y Cantinflas, y se improvisa un ring de lucha libre, cuyos luchadores enmascarados como el Santo, se retratan con los niños al final de la pelea teatral. Esta rodeada de edificios emblemáticos como la catedral y el Palacio Nacional y la Alcaldía, donde se hacen filas los domingos para ver el mural de Diego Rivera.
En la peatonal hay tiendas de marcas europeas, librerías, tiendas de discos, cafés, estatuas humanas, heladerías, y una que otra banca de piedra desde donde se aprecia a cilindreros como Octavio Chávez, un hombre de 73 años, que lleva más de 30, dándoles vueltas al cilindro, el instrumento que se importó de Alemania a México desde fines del siglo diecinueve y se empotró en el casco viejo para darle aires de caja de música sin bailarina.
“Este lugar estaba triste y nosotros lo alegramos”, dice Chávez, quien con una mano gira el cilindro, y con la otra recibe las monedas que le dejan algunos de los paseantes.
Donde acaba la Francisco Madero, recién convertida en peatonal, casi al pie de la torre Latinoamericana, y donde casi nadie repara, se exhiben unas mantas blancas con letras rojas bordadas en las que se leen nombres de gente que ha desaparecido en los últimos seis años en ese país, y que se resisten a ser un número más.
México es un país de cifras gordas. Está poblado por más de 100 millones de personas, allí vive el hombre más rico del mundo Carlos Slim, con una fortuna calculada por Forbes en 74,000 millones de dólares, pero es también el país donde en los últimos seis años —es decir durante el período del presidente Felipe Calderón— han sido asesinadas más de 45,000 personas, otros 13,000 han desaparecido, más de 60,000 niños huérfanos —miles de ellos por el feminicidio en Ciudad Juárez— y 1.6 millones de desplazados.
El centro de la capital mexicana es visitada por miles de turistas, pero también es plataforma de protestas donde se manifestaron contra las corridas de toros.
LA PRENSA/ AP
En los diarios y revistas mexicanas se dice que ese saldo rojo es fruto de la guerra contra el narcotráfico que lidera el gobernante.
México es también el agujero para los centroamericanos ilegales, es el país donde cada año desaparecen miles que intentan llegar a Estados Unidos. La Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) mexicana ha dicho que 20,000 centroamericanos son secuestrados cada año en el país del Chapulín Colorado. Cientos desaparecen. Unos cuántos aparecen en fosas comunes como la que se halló en Tamaulipas en el 2010, al norte de México, con los restos de 72 personas. La mayoría eran de Honduras y El Salvador.
“Para el hombre y la mujer de poder, que solo se miran a sí mismos, los otros no tienen rostro. Son una masa amorfa, una estadística, un expediente en los archiveros de la burocracia o una posibilidad para triunfar. Por ello Felipe Calderón borró a las víctimas de esta guerra criminalizándolas o reduciéndolas a “bajas colaterales” que carecen de importancia para el Estado; simples cifras que se van acumulando y cuyo número es una abstracción que habla del poder”, dijo el poeta Javier Sicilia, en un artículo de opinión publicado en la última edición del semanario Proceso.
Sicilia sabe de lo que habla. A finales de marzo del 2011 encontró muerto a su hijo Juan Francisco. Atado de pies y manos juntos a seis cadáveres más, decía la nota que publicó la prensa mexicana, con fotos del escritor ahogado en llanto. Meses después Sicilia encabezó la caravana por la paz que recorrió gran parte de México.
“No queremos que se olviden”, dice el activista de Fuentes Rojas, el grupo pro Derechos Humanos que ha colgado estas cobijas blancas con los nombres de los que no tienen tumba. Prefiere no identificarse por seguridad, aunque es el mismo que interpela a todo el que va o viene de el Zócalo. Los invita a bordar para hacer memoria. En rojo como la sangre. A los que aceptan le dan aguja, hilo, tela y la
información breve de alguien cuyo paradero se ignora.
“La gente en el país ya no se siente segura”, dice el activista que tiene a su alrededor a unas cinco personas bordando los nombres de los muertos. Pese a sus palabras no es tan espeso el aire que se respira en el DF, donde no dejan de fluir visitantes de todas partes del mundo. Las noches de Garibaldi, la plaza de los Mariachis que está a pocas cuadras del Zócalo, transcurren abarrotadas por turistas que desafían el frío y se vuelven temerarios de la delincuencia común con varios tequilas adentro. En el 2011 las autoridades estimaron batir el récord de visitas con más de 26 millones. “Este es un país absurdo”, dice un italiano que pese a los tiempos que corren trocó Roma por México.
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