Voces

Rodolfo González Suárez
“Al anochecer, estando en mi celda, vi al Señor Jesús vestido con una túnica blanca. Tenía una mano levantada para bendecir y con la otra tocaba la túnica sobre el pecho. De la abertura de la túnica en el pecho, salían dos grandes rayos: uno rojo y otro pálido. Después de un momento, Jesús me dijo: Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma: Jesús, en Ti confío. Deseo que esta imagen sea venerada primero en tu capilla y luego en el mundo entero. Quiero que sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia. A través de esta imagen concederé muchas gracias a las almas ”
Todos habremos conocido, en alguna ocasión, el texto anterior, ubicando su origen en el Diario de Santa Faustina. No obstante, hubo un sacerdote, llamado a cumplir una misión fundamental en esta obra, que no lo leyó en el Diario, ni le fue relatado por terceros, sino que lo escuchó directamente de labios de Santa Faustina ¡en el confesionario! ¿Quién fue él? ¿Qué pensó en ese momento? ¿Qué hizo? Las respuestas a estas preguntas nos llevan a conocer al Presbítero Miguel Sopocko, beatificado en el 2008, y que, no obstante ser un personaje mucho menos conocido que Santa Faustina, desempeñó un rol no menos meritorio y trascendental en esta obra.
El Pbro. Sopocko nació en la ciudad de Vilna, en aquel entonces perteneciente a Polonia, hoy en día a Lituania, en el año 1888. Fue ordenado sacerdote diocesano a los 26 años, y, poco tiempo después, se desempeñó como capellán en el ejército de su país durante la I Guerra Mundial. Luego de la guerra, a los 35 años, obtuvo un doctorado en teología. El padre Sopocko era ampliamente reconocido por su agudeza mental, siendo considerado como una persona brillante; además, por su gran celo pastoral. Siendo uno de los sacerdotes más connotados de su arzobispado, se desempeñó también como profesor de teología, tanto en la universidad como en el seminario de su ciudad. En 1933, a sus 45 años, le fue encargado ser el confesor de las religiosas de la Congregación de la Madre de Dios de la Misericordia, donde conoció a la joven Faustina Kowalska, para entonces de 28 años de edad. Ni el arzobispo ni el experimentado Padre Sopocko habían esperado grandes sorpresas en esta nueva tarea. ¡Nada más lejos de lo que en realidad aconteció! A las confesiones previas, Santa Faustina le agregaría una más: ¡antes de conocerlo, Nuestro Señor le había prometido asignarle un Director Espiritual que le ayudaría a cumplir la misión que le estaba asignando, y, en dos ocasiones anteriores, le había permitido tener visiones de este sacerdote, el cual era exactamente igual a él!
La reacción inicial del Padre Sopocko fue la de no creer en lo que estaba escuchando. Aquello parecía no tener lógica. Santa Faustina ni siquiera sabía pintar. Por otro lado, era una religiosa de claustro, ¿cómo se las iba a agenciar para que la Imagen llegara a ser venerada en el mundo entero? Además, las declaraciones y solicitudes de Nuestro Señor abarcaban aspectos teológicos y litúrgicos que merecían estudiarse en detalle. Ante esta situación, el Padre decidió tomar dos acciones inmediatas: solicitar a una psiquiatra realizar un estudio profundo en torno a la salud mental de Santa Faustina, y, solicitar a la superiora referencias de ella. El examen psiquiátrico reveló que su salud mental era perfecta. Las referencias indicaron que era una religiosa extraordinaria y ejemplar. ¡Estos resultados no hicieron sino complicar la vida del Padre Sopocko!
El Padre decidió, entonces, antes de proceder con las solicitudes de Nuestro Señor, poner todo este asunto en oración. Asimismo, poner a prueba a Santa Faustina. Además, por medio de ella, plantearle consultas a Nuestro Señor. Es en una de estas que el padre pregunta sobre el significado de los rayos de la Imagen, siendo la respuesta muy conocida y difundida (Cf DSF 299). Asimismo, por razones de tiempo, el padre le solicitó que anotara en un diario sus conversaciones con Nuestro Señor, de manera que él las pudiera leer y analizar y estudiar en detalle- posteriormente. Es así como nació su conocido Diario, bajo espíritu de obediencia a su confesor y director espiritual.
Conforme Santa Faustina fue escribiendo su Diario, y el Padre Sopocko lo fue leyendo y estudiando, el asombro del sacerdote no hizo sino aumentar semana a semana. Años después el padre confesaría: “Estaba asombrado de que, una simple religiosa, casi sin educación, sin haber tenido la oportunidad de leer obras ascéticas, pudieran escribir con tanto conocimiento sobre asuntos teológicos, ( ) con la destreza de un teólogo consumado”. El padre llegó a notar que tres temas destacaban en el diario: la Misericordia, la Eucaristía, y, la Santísima Virgen María. Aun así, el diario contiene afirmaciones tan radicales y tajantes en torno a la misericordia de Dios, así como profecías, que el sacerdote aún conservaba un poco de duda en avalar el mensaje.
Existía una afirmación que particularmente le intrigaba: la declaración tajante de que la Misericordia es el mayor atributo de Dios. ¡Y le intrigó muy particularmente porque Nuestro Señor le pidió, específicamente a él, por medio de Santa Faustina, que él proclamara esa verdad durante su homilía en el II Domingo de Pascua! Así es que el padre se decidió a focalizarse en esta frase y a utilizarla como la “prueba final” en torno a la autenticidad del mensaje: si él lograba encontrar respaldo a esta afirmación, esta sería para él la prueba de que el mensaje era correcto, y, en consecuencia, auténtico. Dado que él, como doctor en teología, sabía que ningún teólogo de los recientes había planteado esa afirmación, orientó su búsqueda hacia los escritos de los Padres de la Iglesia, encontrando la prueba buscada, para gloria de Dios, en los escritos de San Fulgencio y de San Ildefonso; también la encontró en los escritos de Santo Tomás, y de San Agustín; siendo que los cuatro habían afirmado que la Misericordia de Dios es Su mayor atributo. A partir de entonces, el Padre Sopocko dedicó el resto de su vida a estudiar, profundizar y difundir el mensaje de la Divina Misericordia.
Con el tiempo se descubriría, también, en los escritos de San Agustín, de San Gregorio, y en las Constituciones Apostólicas, que la iglesia primitiva ya celebraba el II Domingo de Pascua, como culmen de la Octava de Pascua, como un día de gran fiesta, dedicado a darle gracias a Dios por Su misericordia.
Fue el Padre Sopocko quien consiguió el pintor que se encargó del primer cuadro de la Divina Misericordia bajo la dirección de Santa Faustina; quien propició la primera veneración en público de esta Imagen, precisamente en los actos de clausura del Jubileo de la Redención del Mundo (II Domingo de Pascua de 1935); quien, en ese día, predicó sobre la Divina Misericordia, tal como Jesús lo había solicitado. Santa Faustina, allí presente, vio la Imagen tomar vida, justo en el momento en que el sacerdote daba la bendición con el Santísimo, y a Nuestro Señor dar Él mismo la bendición, mientras los rayos de la misericordia se esparcían por el mundo entero. Fue también él, el primero en confeccionar y distribuir, entre los obispos de su país, los primeros folletos de la Divina Misericordia.
La vida del Padre Sopocko estuvo cargada de dificultades y grandes sufrimientos, derivados de su participación en esta obra. ¡No podía ser de otra manera! Sin embargo, al final le estaba reservada la más bella de las recompensas, ya anunciada por Nuestro Señor a Santa Faustina: “Un día vi interiormente lo mucho que iba a sufrir mi confesor. ( ). Lo vi como un racimo de uva elegido por el Señor y arrojado bajo la prensa de los sufrimientos. ( ) Y vi como si Dios Mismo le fuera contrario, y pregunté al Señor ¿por qué se portaba así con él? como si le dificultara lo que le encomendaba. Y el Señor dijo: Me porto así con él para dar testimonio de que esta obra es Mía. Dile que no tenga miedo de nada, Mi mirada está puesta en él, día y noche. En su corona habrá tantas coronas cuantas almas se salvarán a través de esta obra. Yo no premio por el éxito en el trabajo sino por el sufrimiento.” (DSF 90)
El autor es Presidente del Apostolado Divina Misericordia, Costa Rica
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A
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