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Managua, 05 de marzo, 2013
Actualizado 09:01 p.m.

 

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Voces

El fin del idealismo político

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Alejandro A. Tagliavini

 

Creer que quien ejerce un poder —o “autoridad”— coactivo pueda ser incorrupto es extremadamente idealista, ingenuo, ya que los hechos lo desmienten contundentemente y la ciencia también. Irónicamente, muchos países sobreviven gracias a la corrupción, por caso, en Argentina la desocupación sería monstruosa si no fuera por el mercado laboral informal (“negro”), ilegal, que absorbe casi 40 por ciento de la fuerza laboral.

 

Que la izquierda levante la bandera de la anticorrupción es demagógico —falso, mentiroso—, porque sobrevive gracias a los votos de quienes temen perder las dádivas del Estado, como es el caso del chavismo y sus “planes sociales”. Pero que la derecha lo sea también es ingenuo y así lo está demostrando el escándalo que salpica al gobernante Partido Popular (PP) español.

 

Pero no solo es España, sino todo —todo— el globo, sencillamente porque es inherente al sistema de “autoridad” coactiva. Un editorialista de un destacado periódico estadounidense me aseguraba que, si en EE. UU. no se publican más casos de corrupción es, precisamente, porque los políticos mantienen una durísima legislación contra la calumnia que hace difícil una denuncia pública, ya que hay que tener pruebas irrefutables, y convencer al juez financiado por los políticos.

 

Entre los últimos (escasos) casos publicados en EE. UU. destacan el senador Robert Menéndez y las prostitutas dominicanas, que comenzó como una trama sexual. Vern Buchanan, encargado de recaudar dinero para los congresistas republicanos, encontró un modo de financiarse con dinero negro (y blanquearlo). Jesse Jackson Jr., descendiente de una familia famosa en la lucha por los derechos civiles, está sospechado de querer comprar un escaño de senador.

 

Decía que esto es sistémico. El exsenador del PP, Carlos Mantilla, aseguró que “es una hipocresía pensar que los partidos no tienen financiación ilegal… es sabido de todo el mundo” que se financian con dinero negro. El diputado socialista Alberto Garzón ve a la corrupción como algo intrínseco y a los bancos como un lobby enquistado en el sistema. Y me consta, de mi breve (precisamente por este motivo) experiencia política que, además, normalmente los votos se compran con dádivas, como un trabajo remunerado en el Gobierno.

 

Pero EE. UU. está 19 en la lista (2012) de Transparencia Internacional (TI), España 30, Grecia (el peor país europeo) 96, Argentina 102, Nicaragua 130 y Venezuela 165. No por casualidad es inversa a la lista de Libertad Económica, de The Heritage Foundation, es decir, cuanto más libre es un país (menos coaccionado), menos corrupto. Es que lo que corrompe es la violencia, ya lo decía Aristóteles, porque se ejerce precisamente para desviar (destruir, corromper) lo que se daría espontánea y naturalmente.

 

Al imponer coactivamente una regulación estatal, el forzado queda disconforme (deja de ganar dinero) y entonces le resulta lucrativo sobornar al funcionario (y todo es cuestión de precio) para aumentar sus ganancias. Por eso, una de las corrupciones más típicas es la de la empresa privada que paga comisiones para conseguir que la “autoridad” la favorezca.

 

O sea que, antes de que este “sistema republicano” (el “gobierno” de la “autoridad” coercitiva) estalle en mil pedazos, no hay otra manera de combatir la corrupción que desmantelar los “poderes” coactivos. El autor es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California.

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