El último tlapaneca

El “sabelotodo”. El poeta. El historiador. Enrique Fonseca es de los últimos hablantes de la lengua indígena tlapaneca yope, de los sutiaba maribios, y ha dedicado sesenta años de su vida a la defensa y rescate de esta cultura

27/09/2015

“Aquí ya nadie la habla (la lengua indígena). Murió hace cincuenta años. Una cosa es que tengamos la sangre y otra que hablemos la lengua sutiaba. No hay intercomunicación, la amnesia ya me está afectando y es difícil mantener una conversación fluida”. Enrique Fonseca.

Cada arruga que asoma en su rostro es como el anillo de un viejo roble: todas tienen una historia para contar. Tantos años de vivencias no se esconden fácilmente. A don Enrique Fonseca ya se le nota el cansancio en la mirada. Parece que no solo llevara encima sus 83 años, sino todo aquello que se ha dedicado a estudiar y a investigar.

Mientras camina tranquilamente por las calles pedregosas de la plaza y el cabildo de Sutiaba, frente a la majestuosa iglesia, los matices azules y oscuros adornan un cielo nublado en León. Se le ve aún robusto y fuerte. Entero. Es el viejo sabio del pueblo.

El poeta Fonseca ha dedicado más de la mitad de su vida a la poesía y al rescate de la cultura de su pueblo y hoy es uno de los últimos indígenas que aún conocen la lengua tlapaneca yope de los sutiaba maribios. Dando clases, alfabetizando y trabajando en un diccionario de la lengua, espera rescatar y dar a conocer lo poco que queda de esta cultura, pues la vejez ya está haciendo estragos en él y esta vez el tiempo no está a su favor.

El legado indígena

Al tiempo que se mece apaciblemente en su silla, las patas crujen y el viento sopla a través de la ventana. Contar la historia es lo suyo, es su fuerte, es su mundo. Detrás de él, el calendario azteca y el calendario de los sutiaba forman una especie de halo sobre su cabeza. Vamos a contar una historia, es cierto, pero no tan antigua como la de estos tesoros. Así que podemos empezar. Regresemos el tiempo. Solo unos cuantos años atrás, a la infancia de don Enrique.

Cuando don Enrique Fonseca tenía solo 14 años conoció a don Natividad Campos. Vivía a dos cuadras de su casa. Era barbero y desde niño iba a rasurarse donde él. Don Natividad Campos era el último hablante de la lengua indígena de los sutiaba y don Enrique lo visitaba con frecuencia. “Era un señor como de 60 años: tenía un ojo bizco, era muy pasivo y conversador y era muy querido en la vecindad”, recuerda el poeta.

La mamá de don Enrique tenía una pequeña cantina a la que don Natividad llegaba de vez en cuando a tomarse “unos traguitos de aguardiente”. En esas ocasiones a don Enrique le atraía la forma en la que él se comunicaba con la gente. “Él llegaba y los saludaba a todos en la lengua que hablaba, que era la de los sutiaba, entonces yo llegaba hasta dónde él estaba sentado y me ponía a platicar”, recuerda el poeta Fonseca.

No importa si estaba hablando con él o con alguien más, al joven de 14 años lo enamoró entonces su forma de expresarse y fue ese el momento en el que aquel viejo indígena sembró en él una semilla que hasta el día de hoy sigue intacta.

Frente a la Iglesia San Juan Apóstol de Sutiaba, en el Cabildo del barrio, don Enrique Fonseca imparte las clases de lengua indígena todos los miércoles a las 3:00 de la tarde.

Frente a la Iglesia San Juan Apóstol de Sutiaba, en el Cabildo del barrio, don Enrique Fonseca imparte las clases de lengua indígena todos los miércoles a las 3:00 de la tarde.

Cuando don Natividad Campos falleció, don Enrique se había trasladado a Chichigalpa para empezar grupos de poesía, pero uno de los hijos de Campos le obsequió un manuscrito de léxicos con sus palabras y así empezó a interesarse en la escritura y la investigación de aquella lengua sutiaba.

Los indígenas de Sutiaba, como don Enrique y don Natividad, provienen de los hokanos del sur de California. Estos se trasladaron junto con los aconcagua, los carancagua, los yuma, los pimas, y los chiapanecos al centro de México, donde fueron denominados “tlapaneca yope” por los náhuatl, porque llegaron con las caras pintadas.

“Más tarde, esos denominados tlapaneca yope se vinieron para acá y fueron conocidos por muchos nombres, por ejemplo: maribios, chontales, nagrandanos, pero en realidad nosotros somos sutiabas maribios, maribios por la cordillera, porque, según estudios, también hay sutiabas en Gran Nicoya, El Sauce, El Viejo”, explica Fonseca.

Con los libros de los historiadores, investigaciones de las piezas arqueológicas y el manuscrito de don Natividad Campos el poeta Fonseca logró recopilar una vasta investigación sobre la historia y cultura de Sutiaba, la cual poco a poco había ido perdiéndose porque los gobiernos empezaron a autorizar la venta de los territorios indígenas, que ya eran pocos, pues después de la revolución hubo más promiscuidad y la casta indígena empezó a irrespetarse. Los indígenas no se casaban con indígenas y la sangre empezó a perderse.

Entonces decidió que debía dejar su legado en aquellos que aún llevaban la sangre indígena y con todas sus recopilaciones pidió un espacio al alcalde de León en el Cabildo de Sutiaba, para impartir clases de la lengua tlapaneca, perteneciente a la familia otomangueana, que significa que posee bastantes elementos chorotegas o mexicanos, explica don Enrique.

“Yo les elaboré una cartillita. Pero luego cogimos solidez porque teníamos las investigaciones de Lehman y Squier”, asegura el poeta. Y así es como empezó a dar clases. No tiene pizarra, no tiene pupitres, no tiene escritorio y no tiene recursos. Es un proyecto que está empezando, sus alumnos, quienes apenas llegan a una docena, llevan sus propias sillas y materiales para trabajar. El menor tiene 9 años y el mayor ya roza los 50. Don Enrique ha pedido ayuda a las autoridades del Consejo y la Alcaldía de León, pero no obtiene respuestas y apoyo. “El problema que tenemos aquí es que Sutiaba ha sido desbaratada de su territorio por todos los gobiernos. Nos han perjudicado porque todo lo que se rescató con la guerra se ha vendido”, dice.

Actualmente tiene varios libros editados sobre la lengua de los sutiaba y asegura que son parte de un proyecto en conjunto con México, que consiste en una cruzada de capacitación de la lengua sutiaba. “Hay un proyecto que ya está amarrado con organismos indígenas y antropólogos mexicanos para alfabetizar. Se les va a enseñar a una cantidad de alumnos y maestros para que la lengua no se pierda, va a ser una cruzada de alfabetización indígena”, afirma el poeta. Y aunque admite que es una utopía, él está seguro de que lo va a lograr.

A pesar de los altos y bajos que ha tenido en su labor como defensor de la cultura de Sutiaba durante tantos años, aún sigue en la lucha por dar a conocer todo lo que se pueda sobre esta. La vejez ya está haciendo estragos en él y la falta de práctica hace que el expresarse en la lengua de los tlapanecas se haga cada vez más difícil. “No hay intercomunicación, la amnesia ya me está afectando y es difícil mantener una conversación fluida”, afirma el poeta. Es el único pilar de esta lengua extinta desde hace cincuenta años.

Desde los 14 años Enrique Fonseca se ha dedicado a estudiar e investigar la cultura indígena de Sutiaba.

Desde los 14 años Enrique Fonseca se ha dedicado a estudiar e investigar la cultura indígena de Sutiaba.

“Esa es mi voz, lo digo con orgullo, Adiact no ha muerto. Yo soy la voz de Adiact”. Enrique Fonseca (1974).

Vida de historia y poesía

Enrique de la Concepción Fonseca González nació en Sutiaba el 7 de diciembre de 1932. A unos pocos metros de donde hoy es su casa estaba ubicada la casa en que vivió de niño, en la que creció junto con su mamá Petrona Fonseca García, su papá José Nieves González Láinez y ocho hermanos más, de los cuales es el menor. “Aquí crecí, mi padre era cortador de piedra para construcciones y mi madre era campesina, ella vivía de la caza del marisco, salía a mariscar, a sacar conchas y pescado para venderlos en la ciudad”, cuenta don Enrique.

Desde pequeño cultivó la lectura y aunque sus padres eran analfabetas, su mamá siempre le compraba “unos cuentos que costaban cinco centavos” para que se los leyera en voz alta y el pequeño Enrique practicara; y si no tenía para comprar libros y revistas lo ponía a leer las letanías de los santos. Y poco a poco don Enrique fue haciéndose un amante de las letras.

A los 14 años empezó a trabajar en el campo chapodando y ayudando a los campesinos y como ya ganaba su propio dinero algunos sábados se iba a comprar revistas bohemias y gráficas para continuar leyendo. La costumbre se volvió pasión y cada vez empezó a comprar más. “Cuando ya gané como peón, sábado a sábado lo primero que hacía era agarrar mi pago e iba donde los libreros que vendían en las aceras y yo compraba los libros: de Historia, Ciencia. Soy autodidacta. Y eso que llegué hasta tercer grado”, explica el poeta.

El escritorio en el que trabaja fue otorgado por el padre Fernando Cardenal, quien le encargó una investigación sobre los pueblos indígenas y la elaboración de un libro, que fue publicado en  1995.

El escritorio en el que trabaja fue otorgado por el padre Fernando Cardenal, quien le encargó una investigación sobre los pueblos indígenas y la elaboración de un libro, que fue publicado en 1995.

Pero a pesar de su falta de escolaridad, fue el mismo amor a la lengua indígena y a la poesía que don Natividad Campos sembró en él cuando era un niño el que lo llevó a dedicar sesenta años de su vida al rescate de una cultura perdida. Hoy, don Enrique Fonseca tiene 83 años y solo un deseo: rescatar y transmitir el legado de una cultura a la que él le entregó su vida.

Su obra

Don Enrique ha publicado tres libros: Dos tomos de Breve historia de los indígenas de Sutiaba, en 1995. Un poemario traducido y publicado en Francia, Ixchel, en 1996 y publicó La Historia en los Misterios de la Danza del Toro Guaco de Sutiaba, en 1996.

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Comentarios

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  • Importantisimo, me podrian comunicar con el poeta, asi armamos un movimiento para ayudar. Que me escriba para entrar en comunicacion.

  • juanito alimana

    Aqui es donde el Ministerio de Educacion o de Cultura Deben intervenir y ayudar a este ciudadano en tan importante labor cultural.


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