REPORTAJE

La vida en miskito

Revista Domingo se adentró en la comunidad miskita Layasiksa 2 para conocer de cerca cómo es la vida en este recóndito lugar de Nicaragua. La guerra contra los colonos, invasores de sus tierras, es solo uno de los problemas de los miskitos.

05/02/2017

Hace un año, en enero de 2016, Ángela Chacón Marley, de 36 ahora, se topó con un tigre (puma) de frente. Ella andaba en la huerta que está algo alejada de la comunidad, como a una media hora de camino en bestia, y estaba cargando dos sacos medianos de maíz en una yegua cuando se percató que el enorme animal estaba cerca.

La comunidad miskita Layasiksa 2 está dentro de un bosque. De hecho, al lugar también se le llama Layasiksa Bosque. Allí las tierras son muy buenas para el cultivo. Y también hay una buena variedad de fauna.

“Yo me subí (a la bestia) y quise avanzar pero el tigre no me dejaba cruzar. (El tigre hacía) el mismo movimiento que yo (de izquierda a derecha o viceversa). Si yo me detenía él se agachaba y viéndome”, relata esta mujer miskita en un español algo accidentado, aunque entre los 400 miskitos que habitan en Layasiksa 2 ella es una de las que mejor hablan el castellano.

A Ángela Chacón Marley le gusta trabajar en el campo, además de realizar los quehaceres en el hogar. “Todos los días vengo a ver los siembros”, dice. LA PRENSA/ EDUARDO CRUZ

Ya alejado de la comunidad, en el bosque, es difícil encontrarse a otro comunitario por lo extenso de las tierras y ese día Ángela tuvo suerte de que un hombre pasó cerca de donde ella estaba “secuestrada” por el tigre. Ella gritaba pidiendo auxilio. El hombre fue a buscar al marido de la mujer, Melvin Conrado, quien armó un grupo de rescate.

Mataron al tigre. “Era un tigre viejo porque era grande. Mi marido lo midió yo no sé cómo pero era grande. Lo mataron porque era un peligro. Los niños a veces andan en el monte”, explica Ángela.

Las tierras de Layasiksa 2 están dentro de lo que se conoce como la reserva Layasiksa. Hay una comunidad Layasiksa 1 dentro de la reserva, a la orilla de una laguna y también se le conoce como Layasiksa Laguna. La distancia entre las dos poblaciones es muy larga. Más de ocho horas en bestia o en panga. Ambas comunidades pertenecen al municipio de Prinzapolka, en el Caribe Norte, pero a los comunitarios de Layasiksa 2 les resulta más fácil viajar a Rosita, en el Triángulo Minero, para realizar gestiones legales o de otra índole.

Los miskitos de Layasiksa 2 fueron protagonistas el pasado mes de enero en las noticias del país porque, junto a otros miskitos de la comunidad de Isnawas, mataron a dos “colonos” y secuestraron a otros cinco. Los colonos son personas del Pacífico del país que llegan a tomar posesión de tierras que están en territorio indígena. Los miskitos los acusan de despale y otras acciones que atentan contra el medioambiente y la protección de los recursos naturales.

Uno de los ancianos de la comunidad de Layasiksa 2, Julio Serapio. LA PRENSA / JADER FLORES.

Uno de los ancianos de la comunidad de Layasiksa 2, Julio Serapio. LA PRENSA / JADER FLORES.

 

Energía y agua

En las pulperías de Layasiksa 2 usted puede encontrar hielo y bebidas heladas. Un proyecto que llega desde Rosita les permite a los miskitos de esta comunidad contar con energía eléctrica y poder tener luz en las casas, ver televisión y también disfrutar de los beneficios de una refrigeradora o un congelador pequeño.
Aunque las calles se mantienen a oscuras por la noche porque el proyecto no da para alumbrado público.
El agua la extraen de pozos que los mismos indígenas han cavado manualmente.

A lo lejos, porque los miskitos no se les pueden acercar, se observa la vivienda de unos colonos. A diferencia de las casas de los miskitos, las de los colonos no están sobre zancos. LA PRENSA/ JADER FLORES

El “wihta” o juez comunal de Layasiksa 2, Celso Janeth, admite que el problema de los colonos es complejo ya que en ocasiones son “tomatierras” que se meten por la fuerza, pero algunas veces llegan a las tierras indígenas porque les venden la tierra. “Nosotros los miskitos indígenas también…, hay veces se cometen errores, principalmente los líderes, venden su tierra a los colonos. Hay veces los colonos también entran por su propio capricho. De ahí salen problemas, de ahí salen muertos, derramamiento de sangre”, explica el wihta.

Aulas y un doctor

Si solamente se conoce de los miskitos por las noticias, cualquiera podría pensar que el único problema que tienen estos indígenas son los colonos.

Yarelys Conrado Chacón, tiene 22 años de edad y es miskita de Layasiksa 2. Estudia en la universidad Martín Lutero, en Rosita. Le falta un año para graduarse como ingeniera en gerencia agropecuaria. Ahora habla muy bien el español pero lo dominaba poco en 2008, cuando llegó a Rosita para estudiar la secundaria. En Layasiksa 2 recibía clases de primaria en miskito. Y aprendió algo de la asignatura de español. El cambio fue duro para ella.

Yarelys Conrado Chacón, joven miskita próxima a graduarse como ingeniera en gerencia agropecuaria. LA PRENSA/ JADER FLORES

Cuando estudió la primaria, en Layasiksa 2, una comunidad que tiene 16 años de existencia, solo había un galerón donde los maestros compartían el enorme salón para todos los grados, desde preescolar hasta sexto grado. De preescolar a segundo grado era en las mañanas y de tercero a sexto por la tarde.

Los líderes comunitarios le han pedido al Ministerio de Educación que les construya una escuela. Pero no ha habido respuesta. Lo único que hicieron las autoridades gubernamentales fue enviar unas láminas de zinc, una mesa, unas pizarras y unos pupitres, pero los miskitos tuvieron que construir con sus propios recursos un nuevo galerón donde funcionan tres aulas. Ahora hay hasta secundaria, pero solo es sabatina.

Un maestro en Layasiksa 2 gana 7,000 córdobas al mes. Pero de la más de una decena de maestros que hay en la comunidad solo dos o tres ganan eso. Son los únicos graduados en magisterio. El resto aún están en formación y reciben 5,000 córdobas cada tres meses, lo de preescolar, y 2,000 córdobas mensuales los maestros de primaria.
Este último es el caso de Silvia Laura Conrado, de 31 años de edad, quien en 2015 trabajó como voluntaria en la escuelita y solo el año pasado 2016 recibió los 2,000 córdobas mensuales. En este año 2017 no sabe aún si le van a pagar, pero ella seguirá trabajando con los niños. “Solo quiero ayudar a los niños”, dice. En toda Layasiksa 2 hay un poco más de 50 niños, entre varones y mujercitas.

La escuela de Layasiksa 2 en realidad es un galerón construido por los indígenas y que tienen dividido en tres aulas. El Ministerio de Educación solo les ha apoyado con pupitres, pizarras y una mesa. LA PRENSA/ JADER FLORES

“Tenemos problemas con el centro porque no está en buenas condiciones. En tres aulas, todos entramos allí. Los niños no se sienten bien, hacen bulla, hay dificultad. Cada grado debe tener un aula pero aquí no hay”, explica Silvia Conrado.

La mayoría de los niños llegan tarde a clases. Algunos deben recorrer distancias considerables. Solo dos o tres alumnos llevan uniforme. El resto va de color siempre. “Yo les digo a los padres que de uniforme se ven más bonitos. Pero (los padres) dicen que no tienen, es su costumbre, dicen que no es obligación”, lamenta la profesora Silvia.

Silvia Laura Conrado, maestra en la escuela de Layasiksa 2. LA PRENSA/ JADER FLORES

Hace dos años el Ministerio de Educación envió unos textos escolares pero se los entregaron a los niños y estos últimos los desbarataron en sus casas. Ahora no hay textos para los nuevos estudiantes. “Lo que sí tenemos son juguetes que nos mandó el Ministerio de Educación”, revela la profesora de preescolar, Micaela Piters Mememba.

Erolstran Pitter Stony es un ejemplo de la falta de acceso a la educación que ha habido entre los miskitos de Layasiksa 2. Él hizo su esfuerzo, llegó hasta tercer año de secundaria. Pero los problemas económicos y de la comunidad, en guerra con los colonos, le impidieron seguir estudiando. Hoy tiene a su hijo Jorvin Pitter MacDonalds, quien se bachilleró el año pasado 2016 y ahorita va para Puerto Cabezas, para ver si es aceptado en una universidad y estudiar Computación o Biología. “Yo no terminé de estudiar, pero quiero darle oportunidad a mi hijo”, dice Erolstran Pitter.

Las cosas no son fáciles para los miskitos que van en busca de una universidad. Aura Arelis Conrado, de 20 años de edad, se bachilleró en 2015 y hasta en este año 2017 pudo buscar una oportunidad en la universidad BICU, adonde quiere estudiar Enfermería. “Aún no me han seleccionado. No sé si me van a aceptar pero quiero salir adelante y ayudar a mi familia”, dice la joven miskita, quien se trasladó de Layasiksa 2 a Puerto Cabezas para poder estudiar.

A la par de la escuelita de Layasiksa 2 está un edificio de madera, como todos los que hay en la comunidad, que es la Casa de la Mujer indígena. Como no hay centro de salud en la comunidad, habilitaron la Casa de la Mujer para que allí funcione una clínica y, desde hace cuatro meses, los comunitarios de esta localidad por fin tuvieron un enfermero, Fermín Jiménez, que fue enviado por las autoridades de Prinzapolka. Un doctor nunca han tenido. Y lo están pidiendo a gritos.

A la izquierda la casa de la mujer que en Layasiksa 2 utilizan como clínica. Y a la derecha el galerón que sirve de escuela a la comunidad. LA PRENSA/ EDUARDO CRUZ

Los miskitos explican que cuando alguien se enferma en Layasiksa 2, si hay dinero, alquilan una camioneta para que el paciente sea atendido en Rosita. Si no hay dinero, lo llevan en bus pero es un viaje muy grosero para una persona delicada de salud.

Aunque domina bien el miskito, Jiménez es de otra raza indígena: mayangna. “Estoy haciendo mi servicio social. Ya casi termino”, expresa Jiménez, dando a entender que dentro de poco los miskitos de Layasiksa 2 nuevamente se quedarán sin enfermero. “Soy el primer enfermero que vino aquí”, agrega.

Jiménez revela que la principal atención que brinda en la clínica es por la tos común en los niños. Le siguen los problemas en las vías urinarias de los adultos y luego las infecciones en las mujeres embarazadas.

A Jiménez le llama la atención que en todo Layasiksa 2 solo hay dos casos de diabetes. Los indígenas dicen que se debe a la alimentación. Que antes no había ningún caso de diabetes entre los miskitos pero que ahora, como ya se alimentan con las comidas de los mestizos, ya hay afectados con diabetes.

El problema de la falta de acceso a la salud es grave entre los miskitos, si se ve desde la óptica del Pacífico. Pero los indígenas aseguran que ellos resuelven con plantas medicinales, de acuerdo con sus costumbres.

Diversión y violencia

En Layasiksa 2 no hay bares. Nadie vende licor. No se hacen fiestas. Los domingos solo hay cultos moravos y evangélicos. Nada más. Si alguien quiere divertirse, saca a su familia a Rosita o a Puerto Cabezas. Si alguien quiere tomar licor, tiene que salir a la carretera que va de Rosita a Puerto Cabezas.

Ante la falta de recursos y de juguetes, los niños de Layasiksa 2 se las ingenian con diferentes objetos para divertirse. LA PRENSA/ JADER FLORES

Ángela Chacón Marley explica que los niños se divierten “matando pajaritos” o jugando entre ellos mismos, pero solo los varones. A las mujeres no las dejan salir y menos al monte. Solo si van donde una amiga y está al cuidado de una mujer adulta. En los caminos de la comunidad se puede ver a los niños y jóvenes jugando beisbol o con una rueda. O también improvisando juguetes con botellas de plástico, cajas u otros objetos.

Melvin Conrado, el esposo de Ángela Chacón Marley, es el síndico de Layasiksa 2, es decir, el líder comunal o gobernador, y explica que casi no hay delitos en la comunidad porque la gente es bien sana. Por ejemplo, indica, los femicidios que tanto dolor causan en el Pacífico del país y algunas zonas del Caribe, en Layasiksa 2 nunca ha ocurrido uno. Y no es que no existan en la zona. En la comunidad cercana Wasakin recientemente un miskito mató a su compañera de vida mayangna. Pero en Layasiksa 2 aún no se registra un caso de esos.

El maltrato intrafamiliar sí existe. “Eso sí, los hombres les pegan a las mujeres. Sale ese problema en las familias. Pasa en una pareja, por celos, a veces pegan (los hombres a las mujeres)”, explica el síndico.

Otra autoridad del pueblo, el wihta Celso Janeth, indica que en esos casos él llama a mediación a las parejas. “(Se) llama al hombre y (a) la mujer, hacemos investigaciones. A veces la mujer tiene su propia culpa, que está pegando al hombre. O el hombre le está pegando a la mujer. Ocurren esas situaciones en la comunidad”, indica el wihta.

Ángela Chacón Marley lo explica de otra manera: “En Layasiksa 2 sí hay maltrato. Las mujeres a veces quieren hablar sus derechos pero ellos (los hombres) gritan. Amenazan (de muerte) pero no han matado a nadie. Solo amenazan”.

Chacón Marley asegura que lo que no existe es el maltrato a los niños porque las mujeres, en el caso que tienen hijos pero son solteras, como no hay centros de diversión no salen a las calles. Y los hombres no llegan ebrios a las casas.

Arroz, frijoles, bastimento y maíz

Lo que más siembran los miskitos de Layasiksa 2 son los frijoles, el arroz y maíz. “Sembramos frijoles porque es el que genera más dinero en tiempos de cosecha. Arroz y maíz, sembramos estos tres granos porque hay negocio”, manifiesta el síndico Melvin Conrado.

En los extensos huertos que los miskitos tienen en el bosque hay bastante yuca, malanga y quiquisque sembrados. Estos dos últimos tubérculos los utilizan para elaborar uno de los alimentos preferidos de los miskitos: el wabul. Los indígenas miskitos también disfrutan del rondón, plato típico del Caribe de Nicaragua.

Las mujeres miskitas aseguran que la comida más degustada de ese grupo de indígenas es el arroz y los frijoles con bastimento, ya sea plátano o yuca.

La carne de chancho de monte es muy apetecida entre los miskitos. LA PRENSA/ JADER FLORES

Tampoco falta la carne en los platos de los miskitos. Especialmente la carne de monte, como la del chancho de monte. “La carne de chancho de monte es más rica que la del chancho normal. Si la carne del chancho es rica, la del chancho de monte es más rica”, dice el miskito Félix Rivera.

Las mujeres miskitas son muy ordenadas en la cocina y aseadas. Notese que las pailas no tienen contil a pesar de que las miskitas solo utilizan fogón de leña. LA PRENSA/ JADER FLORES

En las calles de Layasiksa 2 también se pueden observar una buena cantidad de vacas y cerdos.

Otra forma de ganar dinero de los miskitos es por la madera. Hay buenas especies de árboles en el bosque, como la caoba, cedro macho, guapinol, entre otras.

El respeto a los mayores

Las principales autoridades de Layasiksa 2 son el síndico Melvin Conrado y los wihtas Jaime Rivera y Celso Janeth. Pero en la comunidad los mayores respetos son para los ancianos.

Julio Serapio es uno de esos ancianos. Tiene 59 años de edad pero ha sido síndico, juez comunal o wihta y ahora es anciano de la Iglesia morava. “Tengo mucha experiencia”, es lo primero que dice.

Otro anciano es Saturnino Conrado Chong, de 66 años de edad, quien es fundador de Layasiksa 2. A él recurren para conocer la historia de Layasiksa, hablando de la reserva en sí, todo el territorio que lleva ese nombre, y no solo las comunidades. Conrado Chong explica que Layasiksa ya estaba habitada por miskitos en los años 1700 y que fueron estos indígenas quienes le pusieron nombres a los cerros que existen en la zona. En el mismo bosque donde los miskitos aseguran que aún hoy existen muchos animales silvestres, entre ellos el tigre.

 

¿Quiénes son los miskitos?

Cristóbal Colón en sus escritos a los reyes de España “describe a los miskitos como pescadores y como terribles, grandes hechiceros”. El nombre de la tribu aparece en distintas formas en los trabajos de los historiadores piratas. Los ingleses los llamaban “Moskite” y “Moskito”. Y los franceses “Moustique” y “Moustiquais”. Así explican documentos históricos sin autor que están digitalizados en la biblioteca Enrique Bolaños.
El historiador Alexandre Exquemelin, conocido como cirujano de los piratas, explica que los miskitos estaban divididos en dos subtribus. Una de ellas vivía en el Cabo Gracias a Dios y la parte baja del río Coco y la otra en Sandy Bay. Los primeros estaban mezclados con negros y los segundos eran indios puros.
El miskito es, generalmente, de buena configuración y de mediana estatura. Se ha vuelto menos tímido tras mucho tiempo de relaciones con extranjeros.
Otros escritos ajenos a la biblioteca Enrique Bolaños explican que el origen del pueblo miskito se encuentra en discusión. De la época precolonial muy poco se sabe sobre ellos.

Una vivienda de miskitos en Layasiksa 2. LA PRENSA/ JADER FLORES

 

La vivienda del miskito

La mayor parte de las viviendas de los miskitos tienen el piso levantado del suelo unos tres o cuatro pies, de manera que las casas parecen estar sobre zancos. Por mesas y sillas usan cajones de madera. En los últimos años se ha popularizado la hamaca como lugar de descanso.

En Layasiksa los miskitos solo tienen que pedir permiso a la asamblea comunitaria para construir una vivienda en las tierras indígenas.

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