Una montaña de aserrín

El fanático supremacista blanco que se lanzó con su auto contra la multitud en Charlottesville no se diferencia en nada del otro fanático yihadista que arrolló a otra multitud en la Rambla de Barcelona. Es el mismo odio transformado en arma letal.

07/09/2017
Gran Canal de Nicaragua

Las dos primas hermanas que han logrado huir ocultas en una carreta del gueto de Varsovia, donde han quedado sus padres, corren a esconderse en el entrepiso del desván de la casa del poblado de Milanowek apenas les dan aviso de que la Gestapo está a las puertas, tras la denuncia de una vecina de que allí viven clandestinas unas niñas judías.

La dueña de la casa, tal como ha sido planeado, las hace entrar en el entrepiso del desván que queda encima de la sala, coloca de nuevo las tablas del entarimado, y luego hace uso de una pala para echar encima una pila de aserrín.

Desde su estrecho refugio, acostadas boca abajo en la más absoluta oscuridad, con los brazos estirados encima de la cabeza, el aire escaso, pueden escuchar las voces violentas y amenazantes de los hombres que las buscan, sus pasos, los ruidos que provocan al revolverlo todo. La más pequeña termina por dormirse, y luego se orina, con lo que la mancha de humedad se comienza a extender por el cielo raso. Si uno de ellos miraba hacia arriba, todo habría terminado.

El registro de la casa duró horas, y los nazis insistían en interrogar una y otra vez a la dueña de casa y a su hijo, que había llegado ya de la escuela. Ambos seguían negando con vehemencia. Nadie más que ellos, y el padre, un arquitecto que se hallaba en el trabajo, vivían allí. En un momento los policías encontraron la escalerilla que llevaba al desván, subieron, revisaron, voltearon los trastos viejos que había allí acumulados, pero se desatendieron de aquella pequeña montaña de aserrín. La mayor de las niñas escuchaba ahora los pasos muy cerca de ella, mientras la primita seguía durmiendo.

Tardaron en irse, y al final anunciaron que volverían al día siguiente, ahora con perros. La señora temía sacarlas del encierro, no fueran a regresar de improviso. Hasta que el arquitecto retornó, horas después, la pareja subió a ver si no es que habían muerto asfixiadas. Estaban vivas, y al día siguiente tendrían que ser llevadas a otra casa, otro refugio más en aquel angustioso periplo que duraría hasta el final de la guerra.

No se trata de la escena de una película sobre la persecución de los judíos por la Gestapo, de las que se han filmado tantas. Lo que he relatado antes es parte de las memorias de Sarita Giberstein, contadas a su hija Yanina, y que se han publicado recientemente en un libro que se llama precisamente Una montaña de aserrín. La mayor de las dos niñas encerradas en el entrepiso es ella. La otra es su prima Shifra.

Sarita nació en San José en 1934, hija de un matrimonio de judíos polacos formado por León Giberstein y Dora Kukielka, quienes emigraron a Costa Rica en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial. Se establecieron luego en Puerto Limón en la costa del Caribe, a cargo de administrar una tienda, pero el negocio no iba bien, y Dora, que venía de una familia rica, atraída por las cartas de sus hermanas donde le contaban de sus paseos a esquiar a la montaña de Zakopane y de sus veranos en Otwock, convenció al marido de regresar. Estaba embarazada y la segunda hija, Rosita, nació en el barco de bandera francesa antes de que atracara en el Havre.

En 1937 estaban ya instalados en Varsovia, llenos de ilusiones y grandes esperanzas. Se respiraba un perturbador aire antisemita, más denso ahora, aunque siempre había estado presente en sus vidas. Y en septiembre de 1939, comenzó el infierno. Sarita, que tenía entonces cinco años, recuerda los bombardeos de la aviación nazi. Un mes después, vencida la resistencia, las tropas de Hitler entraron marchando triunfalmente. Luego vendría el gueto, adonde ella y todos sus familiares fueron reconcentrados. Era la estación intermedia hacia los campos de concentración y las cámaras de gas.

Conocí a Sarita, casada con el escritor Samuel Rovinski, ambos amigos entrañables, durante los largos años que vivimos en Costa Rica, y al principio de nuestra amistad nunca imaginé que detrás de aquella mujer bella, alegre, talentosa y segura de sí misma, de cordialidad imperturbable, hubiera una historia como esta. Cuando lo supe, y quise indagar, respondía a mis preguntas a retazos, con reticencia, como si careciera de importancia, o, a lo mejor, porque esos recuerdos le dolían demasiado. Era nada menos que una sobreviviente del horror.

Y ahora, por fin, en Una montaña de aserrín nos cuenta su historia de reclusa y de fugitiva en cada momento al borde de la muerte, con humildad y sin ninguna clase de alardes de heroísmo, con esa virtud de narrar lo extraordinario como ordinario, que es lo que hace la verdadera literatura. Y el diálogo entre madre e hija es lo que deja correr el relato por su cauce, un río de aguas estremecidas, y estremecedoras, que pasa frente a nuestros ojos.

Es una historia antigua, de hace ochenta años, pero por desgracia no enterrada. Los neonazis, o simplemente nazis de nuestros tiempos, a quienes tendemos a ver como esperpentos de carnaval, disfrazados con sus botas altas, uniformes grises y cruces gamadas, o los encapuchados del Ku Klux Klan, que forman otra comparsa del mismo carnaval, andan hoy por el mundo proclamando la supremacía blanca y pregonando su cruzada purificadora no solo contra los judíos, sino también contra los negros, los latinos, los emigrantes del Cercano Oriente. Contra todos los que son diferentes. Los otros.

El fanático supremacista blanco que se lanzó con su auto contra la multitud en Charlottesville no se diferencia en nada del otro fanático yihadista que arrolló a otra multitud en la Rambla de Barcelona. Es el mismo odio transformado en arma letal. El mismo odio que llevó a Sarita y a Shifra, aquellas dos niñas perseguidas por el espanto de la muerte, a esconderse debajo de una montaña de aserrín.

El autor es escritor. Masatepe, septiembre de 2017.
www.sergioramirez.com
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https://instagram.com/sergioramirezmercado

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Comentarios

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  • Mauricio Davila Wills

    El fanatico supremacista blanco en los EE.UU. y el terrrorista de La Rambla en Barcelona, España, son de la misma calaña y sus acciones persiguen el mismo fin: matar humanos que se crucen en su camino al por mayor; por lo tanto, ambos deben ser tildados y procesados como terroristas.

    Los EE.UU. son un pais poderoso, pero su talon de Aquiles y su lado oscuro de su historia son el racismo y la tolerancia con que se castiga a los supremacistas blancos (se castiga en realidad?). Como se va a creer que el KKK (Ku Klux Klan) ya lleva mas de un siglo y medio (desde la Guerra Civil) de existencia y jamas han podido erradicarlo?… !Ahi juzguen ustedes!

  • Danilo

    Dr Ramirez ,creo que deberia documentarse mejor sobre estas supuestas atrocidades del holocausto,no vaya a ser que salga otro fraude como el diarios de Ana Frank,que por si acaso no se ha enterado es falso,lo escribio el padre y un amigo de la familia,o la increible y tierna historia de la niña que huyo de un campo de concentracion y los lobos la alimentaron y protegieron,descubriendose que ni era Judia ni habia estadon en ningun campo de concentracion,al parecer ud todavia cree que los Alemanes empezaron la 2da guerra,sabia que fueron los Franceses y los Ingleses que le declararon la guerra a los Alemanes el 3 de Septiembre del 39?Se hace mucho dinero contando estas historia,libros peliculas,etc.Todavia creen que la famosa pelicula la lista de Schiendler, es basada en hechos reales,pero alguien ha leido el libro donde dice claramente que es una obra de ficcion?Alguien dijo una vez que es facil engañar a las personas,lo dificil es convencerlas que fueron engañados.

  • El Leones

    Todos estos individuos se han envalentonado con el ascenso de Trump y con el nombramiento de Jeff Sessions como procurador de justicia de los EE.UU. Este sujeto, Sessions, ha sido homenajeado por organizaciones racistas y lo ha aceptado. Si camina como pato, grazna como pato y nada como pato, entonces es pato. Sessions le tiene inquina a los latinos y como dice Ramírez, los otros.
    Los Salvadoreños lo hubieran de haber recibido lanzandole huevos podridos a su caravana.

  • el carolingio

    El racismo es odioso, es estupido y sus propugnadores navegan en profundidades de ignorancia absoluta, ningun ser humano es mas que otro y aunque no me entiendan aun los superiores arios o no en el devenir del tiempo andamos los caminos del saber y y de las ignorancias en diferentes razas y diferentes cuerpos


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