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MARTES 18 DE JULIO DEL 2000 / EDICION No. 22073 / ACTUALIZADA 12:30 am
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Reflexiones sobre la democracia

.Democracia es no sólo el que participen todos como titulares en el ejercicio del poder gubernamental (sea directamente o por medio de representantes), sino el que, también, todos participen en los beneficios

Jaime Pasquier Romero

Cuantitativamente hablando, existen tres formas diferentes de gobierno: el gobierno de uno solo, el de varios y el de todos. Tradicionalmente, el primero se ha conocido como monarquía, el segundo como aristocracia y el tercero como democracia (hoy en su forma representativa, naturalmente). Pero si a este criterio cuantitativo le agregamos uno de finalidad, teóricamente hablando se podría identificar a las tres formas como una sola siempre que tuvieran como denominador común el beneficio de todos los integrantes de la comunidad que gobiernan.

Democracia es no sólo el que participen todos como titulares en el ejercicio del poder gubernamental (sea directamente o por medio de representantes), sino el que, también, todos participen en los beneficios. Porque no es forzar la racionalidad del argumento el suponer que, además de querer intervenir en las decisiones políticas (criterio cuantitativo), se pretenda ser beneficiario de las mismas (criterio cualitativo), igual que los demás. (Incluso el altruista, anuente a renunciar en parte a favor de otros recibe, espiritualmente, una compensatoria contraparte). Y es todo esto, precisamente, fundamento de la representación política. Aunque la tendencia individualista sea la satisfacción del propio interés, la imposibilidad de su realización práctica por entrar, necesariamente, en conflicto con el interés de los demás, así como cierta dosis natural de solidaridad inherente a la condición humana, hacen factible el querer realizar la función política conciliando el interés personal del representante con el de todos sus representados. En realidad de verdad, en el caso de la democracia, honestamente concebida, no debería haber necesidad de limitar el poder público: está limitado por definición, ya que implícito en la representatividad está el beneficio del representado, no su negación.

Y la existencia de lo expuesto trae consecuencias. Por ejemplo: el proceso electoral no tendría razón de ser. El término democracia, en su simple acepción no implica, necesariamente, la creación de un sistema electoral: es la necesidad de actuar mediante representantes la que lo requiere. Y siendo todos los integrantes de la comunidad votante idóneamente capaces de ser electos (bajo nuestros supuestos representarían realmente a la comunidad electora), la elección sería una simple designación de los titulares del gobierno, lo que podría hacerse de manera rotativa (por considerarlo una forma de gobierno característicamente democrática, los griegos alguna vez utilizaron el sorteo en la designación de los cargos públicos, ya que este sistema igualaba las posibilidades que tenían todos de desempeñarlos).

Asimismo, la expresión “lucha por el poder” estaría desprovista de contenido, ya que el ejercicio del poder reflejaría simplemente la voluntad comunal y su tenencia no sería la de la propiedad (como considera el gobernante arbitrario), sino la que conlleva una posesión precaria ( posesión sin título que autorice para retener una cosa sin autorización del propietario).

Y no habría necesidad de pactos (resultado de intereses divergentes), ya que éstos implican la necesidad de ceder algo para conseguir un equivalente, necesidad que no existe cuando el fin que se persigue, y se pone en práctica, es totalmente común.

Finalmente, no existiría la democracia individualista: toda democracia tendría que ser social. Efectivamente, si mi acción en lo político (por naturaleza colectiva), además de manifestar mi voluntad materializa la de los demás, todas mis intervenciones deberán tener a la sociedad como telón de fondo.

Si el deber base de la acción humana se redujera a la aplicación de la técnica idónea en producir el fin propuesto, sin importar el contenido moral de este último, vendría siempre a punto el predicado de Maquiavelo: “Un príncipe que desea mantenerse en el trono tiene que aprender a no ser bueno y a servirse o no de este conocimiento según lo exija la necesidad”. (Citado por G. Sabine, Historia de las Ideas Políticas).

Pero, ¿se puede actuar en dos campos contradictorios, lo privado y lo público, satisfaciendo ambos? Pues, prácticamente es lo que hacemos y en gran escala. En efecto, como señala Recasens Siches en su Filosofía del Derecho, el hombre actúa dentro de dimensiones genéricas. Por ejemplo: potencialmente puede ser, a la vez, ciudadano, padre, comprador, mandatario, etc. y solamente se espera que ocurran las circunstancias específicas para realizar la función del momento. Y estas dimensiones constituyen funciones previamente establecidas, diseñadas de antemano y cuyo carácter de fungibilidad hace posible que puedan ser desempeñadas por cualquiera en quien concurran las condiciones necesarias y en forma sucesiva.

Si esto es así, si podemos aunar diferentes facetas de nuestra conducta, como en efecto lo hacemos, sin alterar nuestra personalidad, siendo las funciones que realizamos esencialmente diferentes es posible actuar en base a responsabilidades particulares, haciendo coexistir, por ejemplo, nuestra condición de ciudadanos con la de miembros de una familia, sin que nuestras actuaciones se confundan. Ergo, también debe ser posible conciliar nuestro interés privado con nuestra obligación pública. Después de todo, no sería esto más que “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. (Nota: según Isaiah Berlin, la originalidad de Maquiavelo consiste no en querer emancipar la política de la religión y de la ética, sino en diferenciar dos morales: la del mundo pagano y la del cristiano. En contra, la posición que considera los principios morales provenientes, como las matemáticas, de axiomas, verdaderos por definición. Pero, una exposición al respecto tendría que ser objeto de un artículo particular).

El autor reside en Washington, D.C, es abogado y economista.  
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