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DOMINGO 1 DE DICIEMBRE DEL 2002 / EDICION No. 22929 / ACTUALIZADA 02:30 am
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Aspecto ético del desastre del “Prestige”

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Miguel Ernesto Vijil Ycaza
mevijil@cablenet.com.ni

Un gigantesco barco petrolero, viejo y de mala muerte, el “Prestige”, se acaba de hundir en el Océano Atlántico frente a las costas occidentales de España y Portugal. Parte de su carga ya ha llegado a las costas españolas y ha causado estragos a las industrias pesqueras y turísticas de la región de Galicia. Para los gallegos esto es el equivalente de uno de nuestros terremotos o huracanes. Tengo amigos en Galicia y me conduelo con ellos porque los daños económicos terminarán afectándolos a todos. Por supuesto, quienes más sufrirán son los gallegos pobres que viven de la pesca y de la marisquería.

Está por verse qué va a pasar con la mayor parte del petróleo que todavía está dentro del barco. Al hundirse en aguas cada vez más profundas la presión acabará por romper los compartimentos y el fluido saldrá al mar a contaminar grandes zonas marinas y, posiblemente, a continuar destruyendo el litoral español y también al portugués.

Dicen algunos comentaristas que este desastre puede llegar a ser peor que el del “Exxon Valdez”, otro petrolero que se hundió en Alaska hace diez años, pero cuyos efectos nocivos sobre el medio ambiente todavía están presentes después de billones de dólares gastados en la limpieza del vertido. Nunca podremos llegar a saber cuál fue el costo verdadero del desastre del “Exxon Valdez” para nuestro planeta y cuánto nos acercó a lo que ahora parece inevitable, la destrucción de la vida en la tierra por culpa de una de sus especies ocupantes: la especie humana.

Y uno se pregunta: ¿por qué pasan estas cosas? ¿Es que los organismos internacionales, los gobiernos, las grandes corporaciones y los seres humanos individuales, no podemos hacer otra cosa que presenciar impotentes cómo se pone en riesgo nuestra propia supervivencia?

La respuesta es que por supuesto se pueden hacer muchas cosas. Por supuesto que se podrían haber evitado catástrofes como la del “Exxon Valdez” y la del “Prestige”. Pero está de por medio la codicia, el ansia de hacer dinero y más dinero, de obtener más ganancias al menor costo posible.

Las naciones más desarrolladas han venido imponiendo normas legales que prudentemente cumplidas podrían disminuir los riesgos inevitables de toda navegación. Pero no sólo estas normas son todavía insuficientes, sino que también muy pronto se encuentra, y se tolera, la manera de burlarlas. Tomemos el caso del “Prestige”: los dueños son griegos, un país miembro de la Unión Europea y por tanto sujeto a las normativas comunitarias. Pero el barco es operado por una empresa suiza, no miembro de la Unión Europea, pero cuyas leyes en la materia seguramente son modernas y desarrolladas. ¡Ah!, pero entonces sucede que el “Prestige” aparece ante el mundo como un barco de las Bahamas, pequeña república caribeña, antigua colonia inglesa. Así se libera de las obligaciones legales europeas y suizas. Eso lo sabe todo el mundo, pero en ninguna parte usar lo que se llama “una bandera de conveniencia” es ilegal o mal visto.

Por eso el negocio de las “banderas de conveniencia” es tan floreciente. En el año 2001 las mayores flotas mercantes del mundo fueron las de Panamá, Liberia, Malta y Bahamas. Perdónenme si pongo en duda que la mayoría de esos barcos han visitado alguna vez algún puerto de esos países, a no ser para cruzar el Canal de Panamá. ¿Cómo podrán esos cuatro gobiernos asumir la responsabilidad de inspeccionar y responsabilizarse por 8,570 buques, casi un tercio de la flota mercante mundial? La respuesta es que no lo hacen. Amparados por leyes muy flexibles, lo que hacen es colectar los derechos que pagan los propietarios de los barcos, que es la verdadera razón de ser de esta práctica. De esta manera se convierten en cómplices, si no legales, por lo menos morales, de las acciones de sus abanderados.

El resto del mundo contempla impasible. Ese fue el agujero que dejaron en sus propias y exigentes legislaciones para que sus empresarios navieros pudieran burlarlas impunemente. Ahora las consecuencias se tornan en contra de todos.

Y eso sin mencionar las tremendas injusticias sociales que sufren muchos seres humanos que terminan constituyendo las tripulaciones de esos barcos. En el caso del “Prestige” me pareció, por lo que vi en la Televisión Española, que los tripulantes eran asiáticos. A ver si la legislación laboral de las Bahamas les va a ofrecer alguna protección. Porque la ley laboral que se aplica en un barco es la de su bandera. Por su pobreza, Filipinas y Malasia suplen muchas de las tripulaciones de estos barcos de bandera postiza.

Cuando se habla de globalización estos asuntos deberían estar sobre la mesa. Pero, ¡lástima!, no son esos los intereses que importan. Después de todo, los sucesores de Onassis y Niarkos cuentan más que todos los marineros filipinos del mundo.  
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