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Mauricio Rizo, el imperio de la luz
Anastasio Lovo
En el contexto de la cultura mesoamericana y específicamente de esa síntesis cultural que está siendo Nicaragua, encontramos la obra de Mauricio Rizo, paradigmática en su ser clásica. La obra de Rizo se ha desarrollado con originalidad, dominio y poder de transformación, básicamente en tres formas: el paisaje, el retrato y el bodegón. Todas dominadas con un magisterio excepcional hecho que le confiere un lugar privilegiado en la plástica nacional y latinoamericana.
Taxonomia del paisaje en la obra de Rizo
El arte del paisaje en la obra de Mauricio Rizo, se destaca por la asunción histórica de su contemporaneidad. El paisaje recreado por Rizo, con referente real o con referentes imaginarios, no dan cuenta de una naturaleza en estadio arcádico, primigenio o silvestre, sino que muestran un espacio cultivado, habitado o urbanizado por el hombre. Deben ser leídos como espacios de encuentro de la naturaleza y la cultura.
Espacios de agricultura que evidencian las necesidades de reproducción ampliada de la especie humana. Espacios de una antropología del poblador nicaragüense de ciertas regiones del país. Espacios de zonas urbanizadas, no como metrópolis contemporáneas, sino como iconos reales de nuestros pueblones (que llamamos ciudades) y que no son más que expresiones de una sociedad semirrural y semiurbana. Nadie como Rizo ha plasmado y estetizado el paisaje de la región norte central del país de la última mitad del siglo XX.
Una primera clasificación del arte del paisaje en la obra de Rizo es plausible de ordenarla por sus elementos formantes, así: paisajes de cultivo, paisajes de cultivo con seres humanos y/o animales, paisajes con ranchos campesinos con o sin presencia de seres humanos y/o animal, paisajes urbanísticos de barrios en ¨pueblones¨ (ciudades nicas) con cultivos, seres humanos y/o animales.
Paisajes de cultivos
En nuestra pintura son célebres, memorables y fundacionales los paisajes de cultivos de Mauricio Rizo. La serie de platanales o chagüites, triunfos del trompe-l´oeil, por sus dimensiones de tamaño natural, por la capacidad mimética de representar con virtuosismo estas plantas de la familia de las musáceas en todas las etapas de su desarrollo. Hijos, tallos florecidos, frutecidos, cortados y derribados, formando un túnel de hojas rotas por el viento, hojas de gradaciones cromáticas yendo del verde al amarillo con destellos morados de una inmensa flor que promete su transfiguración en verdes y dorados frutos. La alineación de las plantas que denotan cultura, la brillante luz solar que cae sobre las hojas brillantes, las franjas de luz y sombra sobre el suelo de una tierra luminosa y feraz.
Cualquier espectador frente a uno de estos cuadros colosales se desconcierta sin saber que está a la entrada de un paraíso llamado Platanal donde él hollando la luminosa tierra se puede internar o es una gran ventana de traslúcido aire que se abrió en el muro de la galería o el museo para acceder a un chaguital mágico, envolvente, nutricio y maternal.
Pero es el dominio magistral de la luz logrado por Rizo, una luz tropical única, una luz que se adhiere al cuenco de las formas para apoderarse de nuestra visión como un túnel o un capullo lo hacen, situando el punto de fuga al infinito al centro del cuadro, al sin fin del trompe-l´oeil, viaducto mágico que conecta un simple chagüital (platanal) con la categoría suprema del arte.
La belleza de la luz producida por el pincel de Rizo es aun más evidente en la serie cafetales de los paisajes de cultivo. Paisaje que invita a penetrar en él para gozar de su cálida luz, de su tiempo apacible, de su serena belleza. Entrar por ese callejón derecho o sinuoso de los cafetales que divide las eras, bajo las sombras de enhiestos árboles de un bosque benéfico y protector.
La perfección mimética lograda por Rizo de los referentes es única en su realismo. Hojas verdes, frutos rojos de los cafetos, la ocre tierra, todo bajo una luz oro tenue, cayendo sobre túneles verdes abigarrados, convirtiendo el verde en una gradación del oro y viceversa, el conjunto plasmado bajo la fragorosa sombra de los árboles y un cielo placentario, gris, frío, albiceleste, que nos entrega la oxigenación del cuadro y nos coloca en el clima de las maternales montañas del norte de Nicaragua.
Las obras de Rizo, en su mayoría, poseen esta calidad de excelencia, de conducir al espectador a su armonioso universo o provocar en él el deseo de colgar en un muro de la casa, una ventana de luz imposible, la luz del arte, para exaltación del espíritu. O como mejor dice el maestro Donaldo Altamirano en su cimero ensayo sobre la obra de Rizo, la simple luz de la existencia.
Conclusión
La pintura de paisajes de Mauricio Rizo contiene la belleza de esa Nicaragua rural y urbana vista por los ojos del amor. Un amor a la tierra, a la labor del ser humano y al arte de pintar. Con pasión, sentido de pertenencia a un terruño y a una cultura, con conciencia de la libertad del artista, Rizo ha dotado de belleza a nuestra identidad.
El paisaje nicaragüense consolida su ser estético intemporal en la obra de Rizo. Este maestro jinotegano desde su niñez fue atrapado por el arte y él le correspondió con una entrega mística total. Su obra es un problema de la luz, el color y la mística por la conquista de la perfección.
En un mundo postmoderno globalizado y unipolar donde el arte ha tenido que dejar testimonio de la crisis de sobrevivencia, existencial y de valores a través del feísmo, ha plasmado el dolor, la angustia, la degradación del ser humano y su medio natural, las perversiones sexuales, la saturación consumista, la violencia en todas sus formas, la negación de la comunicación y por ende del amor, el poder y sus tentáculos succionadores, encontrar obras como las de Rizo sin ser fuga, evasión, ni torre de marfil, alimentan la esperanza y la fe en la utopía sabiendo que aún el mundo es bello y merecen, seres, naturaleza y cultura, ser amados.
Mauricio Rizo no es un profeta conservador, ni un plañidero por un mundo en vías de extinción. Los mensajes los inferimos, acertados o no, los espectadores y críticos a partir de sus telas. El lo único que ha hecho es construir una sólida y maravillosa obra desde su niñez. Recordemos siempre que Rizo es un niño que quiso pintar al mundo y lo ha logrado. Al menos su mundo, esa aldea que se universaliza cuando está bien versada, bien contada, bien pintada
La obra de Mauricio Rizo es clásica para todos los tiempos, destinada a ampliar la participación de su disfrute, a conocerse y a estudiarse. Este texto es una primera aproximación a una obra que nos desafía, nos completa y nos exalta. Nadie se quedará ciego bajo la luz de Rizo, pero muchos aprenderemos a percibir la belleza del crepúsculo en un rincón de Nicaragua. |
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