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JUEVES 9 DE ENERO DEL 2003 / EDICION No. 22966 / ACTUALIZADA 02:00 am
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Gracias Naturaleza, por tus sonidos armoniosos

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Doraldina Zeledón Úbeda
rrpp@ideay.net.ni

El control consciente de la postura de escuchar conlleva a la relajación deseada para que el oído del corazón se abra.
Alfred A. Tomatis.


Qué dicha poder escuchar el canto de las aves, la risa de los niños, los consejos de los padres, la voz de un amigo. Qué triste para quienes desde su nacimiento no pudieron escuchar ni la voz de su mamá. Qué difícil debe ser la vida para los discapacitados del sentido del oído. O a lo mejor ellos sí han aprendido a escuchar, aunque se les niegue el derecho a la educación.

El artículo 58 de la Constitución expresa que los nicaragüenses tienen derecho a la educación. El artículo 62 dice que el Estado procurará establecer programas en beneficio de los discapacitados para su rehabilitación física, psicosocial y profesional y para su ubicación laboral. También dice, en el artículo 56, que el Estado prestará atención especial a los discapacitados.

Esto suena muy bonito, pero queda sólo como una buena intención. Y como el Estado es muy amplio, no se sabe a quién le compete. ¿A Educación, a la Secretaría de Acción Social? Entonces todo no es más que un buen deseo de los constituyentes, porque nadie asume las responsabilidades. Y se cierran las escuelas para “sordos”.

Se necesita normar esta declaración de intenciones. O más bien, hacerla cumplir, porque según la Ley 290, de Organización, Competencia y Procedimientos del Poder Ejecutivo, al Ministerio de Educación le corresponde proponer la política, planes y programas de educación nacional; dirigir y administrar su ejecución. Y según la misma ley, corresponde al Instituto de la Familia, promover y ejecutar programas para apoyar a las personas discapacitadas. Y la Ley de Prevención, Rehabilitación y Equiparación de Oportunidades para las Personas con Discapacidad, manda a las autoridades educativas a establecer servicios de educación para niños con discapacidad.

Y en todo caso, el Presidente de la República es el Jefe del Estado (Art. 144 de la Constitución) y dentro de sus atribuciones está cumplir la Constitución y las leyes y hacer que los funcionarios bajo su dependencia también las cumplan (Art. 150). Y si la educación es un derecho, también es un deber exigir ese derecho.

¿Y cuántos empleadores se preocupan por la salud auditiva de sus empleados? Ni los mismos trabajadores se preocupan, aunque tengan equipos para protegerse. Tampoco los sindicatos, que a veces se quedan en la reivindicación salarial, generalmente irrisoria y hasta ofensiva. Y no siempre velan por las condiciones de trabajo y la capacitación para el uso de equipos que puedan perjudicar la salud. ¿Cuántos trabajadores han perdido la capacidad de audición?

La sociedad también es culpable, ya que nuestra cultura induce al ruido: desde la cuna con los chischiles, luego las matracas, motocicletas y pistolas. Después en las piñatas, donde el adulto con sus “¡arriba, abajo!”, no permite a los niños disfrutar de la actividad. Luego las competencias: “¡no se oye, más fuerte, el que grite más, gana!”, y sin ruido no hay alegría. Y no hablo de silencio, sino de no-ruido.

Entonces, la solución no son sólo las leyes, sino la información y la educación. Conocer las leyes y exigir su cumplimiento. Educar desde la niñez en pro de la salud sonora. Enseñar a los niños, en el hogar y en la escuela, a saber qué ruidos les afectan y cómo evitarlos o protegerse de ellos. Por ejemplo, las explosiones, como “cargas cerradas” y cohetes, la música a todo volumen, los gritos.

Enseñarles a no gritar para conversar, a disfrutar la música no estridente, los sonidos armónicos, como el sonido del arroyo, el canto de las aves, el murmullo del viento. Esto, además de permitirles disfrutar de la naturaleza, les ayudará a reconocer su importancia, para que así puedan quererla y protegerla en vez de destruirla. Enseñarles el valor del sentido del oído, para que lo cuiden y agradezcan el don de poder escuchar. Y más importante: que aprendan a escuchar también con el corazón.  
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