Ernesto Cardenal, un poeta que perdió su revolución
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 | Comentarios a sus memorias La revolución perdida |
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José Antonio Peraza Collado (Politólogo)
No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió. Joaquín Sabina
La revolución perdida, memorias de Ernesto Cardenal, es un relato de su visión de la revolución sandinista, contada desde una perspectiva militante y comprometida válida pero no necesariamente compartida por todos los nicaragüenses. Las revoluciones involucran a toda la sociedad, de allí la importancia de que todos proporcionemos nuestra perspectiva sobre ellas.
Cardenal aporta su visión a través de 666 (curioso número) páginas cargadas de hechos sobre la historia reciente del país. Cada uno de ellos, podría ser argumento para una tesis completa sobre la revolución. Sin embargo, escribo desde la perspectiva de los que sufrimos la revolución, sin haberlo pretendido, expresando mis juicios de valor y visión general en oposición a los juicios, visiones, perspectivas de los problemas sociales y al programa de acción propuesto por Cardenal en su visión ideológico-religiosa (no científica) de Nicaragua.
La crítica al mundo ideológico, social y religioso de Cardenal está centrada en cuatro refutaciones: la restauración, como problema central de la revolución; la incompatibilidad de Revolución, Marxismo y Cristianismo; el carácter necrófilo de la revolución y la imposibilidad democrática del proceso revolucionario.
En la primera página del libro de Cardenal se encuentra una cita que da una buena perspectiva para iniciar esta disertación. Dice así: “Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones tengan calma, porque eso tiene que suceder primero, pero la restauración no es todavía (Lucas 21, 9)”.
Dicha cita, muestra el miedo que sufren los revolucionarios cuando las revoluciones se hacen con el poder. En Lucas, Cardenal cambia el sustantivo fin, original de la Biblia, por el de sustantivo restauración. No es un cambio caprichoso, por el contrario, refleja un tema que aterra a los revolucionarios, principalmente a los marxistas: ¿Qué será de la revolución después del triunfo?
La experiencia histórica no ha sido muy positiva. En la Revolución Francesa, el cenit revolucionario (y del terror) permaneció desde el 9 de julio de 1789 hasta el 28 de julio de 1794 cuando rodó la cabeza de Robespierre bajo la guillotina y se inició el proceso de restauración. En la Unión Soviética con la muerte de Lenin y el ascenso al poder de Stalin y las purgas dentro del partido, todo intento de originalidad revolucionaria quedó abortado con la carnicería de Stalin. El nuevo orden pronto se convirtió en viejo y permaneció decrépito hasta el colapso estrepitoso del muro de Berlín y del comunismo en Europa del este en 1989 y la disolución de la URSS en 1991.
La revolución como proceso de renovación y eterna reinvención, nunca ha existido y, en la versión marxista, siempre ha muerto con el triunfo. En la revolución sandinista, el mismo día del triunfo, se inició la restauración que tanto temió Cardenal, pues todo partido revolucionario: “suele aspirar al prestigio de la catacumba, la contraseña y del púlpito. Nace como iglesia perseguida, o como facción de bandoleros románticos, y acaba como inquisición o como departamento de Policía (Fernando Savater).
En Nicaragua se cumplieron los augurios funestos y los revolucionarios no pudieron construir algo superior a lo que destruían, e inevitablemente el 20 de julio de 1979, a diferencia de lo que piensa Cardenal, se inició la restauración de un orden que no cumplió ninguna de sus promesas y se inició una orgía de sangre que no creó nada nuevo, sino que reforzó alguno de los aspectos más negativos de nuestra nacionalidad.
Otra de las contradicciones fundamentales de la Revolución fue su intento de fusión ecléctica con el Marxismo y el Cristianismo. Según Cardenal, la gran originalidad de la revolución de Nicaragua es que fue una revolución de marxistas y cristianos. Hubo quienes eran sólo cristianos o sólo marxistas, y hubo también cristianos-marxistas (como fue el caso mío y de muchos otros) y habría quienes no eran ni cristianos ni marxistas pero genuinamente revolucionarios (Pág. 436).
Desde esta perspectiva, la combinación entre revolución, marxismo y cristianismo se presenta en la revolución sandinista en un balance casi perfecto. A pesar del panegírico, conceptualmente plantea una de las más grandes contradicciones que subyacen en el libro.
En primer lugar, el término revolución no ha significado siempre lo mismo. Hasta la Revolución Gloriosa inglesa, según Sartori, se usaba únicamente con sentido astronómico (un movimiento constante y recurrente, ejemplo: la revolución de los planetas). Fue la revolución francesa la que trasformó el término, y revolución ya no fue un regreso al origen, sino un movimiento de ruptura y asalto al poder desde abajo para construir uno nuevo.
El marxismo introdujo dos elementos adicionales en la concepción de la revolución. Uno es que las revoluciones que no son de izquierda, no son revoluciones sino contrarrevoluciones; el segundo es que no se puede hacer revolución sin actos de fuerza y de violencia que enciendan la venganza (justa por revolucionaria).
Desde los puntos de vista expuestos, la revolución sandinista podría ser calificada como auténticamente revolucionaria en términos modernos, pero no como cristiana, pues el precepto fundamental del cristianismo es amar a tu prójimo como a ti mismo.
Pero si desde el cristianismo, la revolución sí tiene contradicción, desde el marxismo, la posición de los cristianos revolucionarios es insostenible. El marxismo es una doctrina basada en el materialismo que afirma que todo lo que existe es materia y que parte del reconocimiento de la primacía de la naturaleza sobre el espíritu, de la materia sobre la conciencia. Por tanto, adoptar una postura materialista significa rechazar toda explicación cuyo fundamento conceptual esté basado en nociones, en creencias, intenciones o voluntades y mucho menos en los misterios de la fe, como es el cristianismo.
¿Quién mejor que Marx para extirpar la duda entre la compatibilidad entre cristianismo y marxismo? Desde su tesis doctoral, La Diferencia entre la Filosofía Natural de Demócrito y Epicuro, Marx sostiene una lucha contra su antiguo profesor Hegel, tratando de eliminar el principio espiritual del Universo Hegeliano. En dicha tesis, Marx expresa y profesa el ateísmo material, o sea, presupone la eternidad de la materia y al pensamiento como producto de la misma. Posteriormente, en el postfacio a la segunda edición (1873) del tomo I de El Capital, de forma categórica expresa su diferencia con el método hegeliano: “No sólo es diferente en su base mi método dialéctico del hegeliano, sino que es exactamente contrario. Para Hegel, el movimiento del pensamiento, personificado con el nombre de la idea (llámese Dios), es el demiurgo de la realidad, lo real no es más que su manifestación exterior. Por el contrario, para mí el movimiento del pensamiento no es más que el reflejo del movimiento real (material) transpuesto y traducido en el cerebro humano...”
En otras palabras, para Marx todo es materia, incluso el pensamiento, por tanto Dios sólo es una creación de los hombres. A diferencia del principio de Hegel, que consiste en afirmar la existencia de un principio espiritual que se despliega en la naturaleza y en la historia, para Marx toda conexión ideal o espiritual no es más que lo material traducido al cerebro. Consecuentemente, no hay duda que sí existe contradicción entre revolución marxista y cristianismo, pues ambos conceptos son antitéticos.
Para Ernesto Cardenal, la teología de la revolución no se opuso a la revolución porque: “Nicaragua era un país, el único en el mundo, en que la Teología de la Liberación estaba en el poder. Nacida del seno de los oprimidos, ya no era subversiva ni clandestina, y no tenía que oponerse y denunciar injusticias, pero siempre era la teología de la revolución (Pág. 439).
Esta cita muestra cómo la restauración se ha completado, ya que la teología de la liberación ya no es perseguida, se ha convertido en un aparto más del poder que sirve de sustento ideológico a los inquisidores de la nueva fe. Ha perdido su supuesto ímpetu transformador para justificar la revolución, o como dice Cardenal, “hasta los errores eran bellos”.
En conclusión, todo aquel que no tenga la espiritualidad revolucionaria no está acorde con la teología de clase que ve en el devenir histórico únicamente lucha de clases, dónde puedo amar a los de mi misma clase pero debo odiar y combatir a los de otra. La revolución sandinista fue revolucionaria en el sentido moderno del término porque fomentó la violencia, la venganza y el odio entre clases, pretendió ser marxista y definitivamente fue poco cristiana. A la luz de las propuestas, fue una mezcla eclíptica, donde el marxismo era la base y los cristianos revolucionarios fueron una especie de cónclave que pretendía traducir el marxismo a las condiciones ideológicas del subdesarrollo.
Si la restauración era su problema central y la trasmutación del marxismo al cristianismo, su principal contradicción, la consecuencia inmediata fue la necrofilia y la esterilidad ante la falta de originalidad.
Escribe Cardenal que “una vez ... contó Tomás Borge que un periodista extranjero le había dicho que los sandinistas eran necrófilos por esta presencia que siempre tenían de sus muertos” (Pág. 568).
Este reclamo se refuerza con la explicación que hizo Cardenal a Vargas Llosa, que ellos no rendían culto a la personalidad en la plaza, que lo que realmente hacían era nombrar a los caídos en la lucha. Incluso, Sergio Ramírez reconoce, en la parte más crítica de su libro Adiós muchachos, que “la revolución la puso en la cumbre de sus fastos, la conmemoración de la muerte como festividad propiciatoria’’. Según él, la revolución se nutría de “una filosofía que obtenía su energía de la muerte”, pero que “empezó a perderla por exceso de muerte’’. Esto plantea la oportunidad de analizar la tendencia a la necrofilia de la revolución.
Esta concepción va acorde con la transformación que tuvo el concepto de revolución después de la revolución francesa, pues es a partir de ésta que se inicia la justificación de la violencia como método para hacer la revolución. La creatividad revolucionaria se mide a partir de allí a través de la violencia y los muertos, entre más, mejor, más pura.
Una tesis defendida por los revolucionarios es que la revolución trajo la democracia a Nicaragua. Sergio Ramírez dice que “la revolución no trajo la justicia anhelada para los oprimidos, ni pudo crear riqueza y desarrollo pero dejó como su mejor fruto la democracia”. Posteriormente, afirma “que como paradoja de la historia [es] su herencia más visible, aunque no su propuesta más entusiasta”. Me opongo a esa afirmación, precisamente, porque cómo va atribuirse la revolución la creación de algo que nunca pretendió. La actuación de muchos revolucionarios, hoy, demuestra lo contrario.
Cardenal justifica la consigna ¡Dirección Nacional ordene! argumentando que obedecía al carácter democrático de la Revolución, al deseo de una Dirección Colectiva. Es un buen eufemismo para esconder las tendencias totalitarias que manifestaron los dirigentes revolucionarios desde antes del triunfo. La Revolución no empezó a asesinar, como dijo Sergio Ramírez, cuando los cuadros medios aplicaron manuales del marxismo en el campo, todo lo contrario, lo hizo desde antes del triunfo.
Ernesto Cardenal escribe sobre la masacre de la Guardia Nacional en el pueblo Belén, Rivas, del 15 de julio de 1979. Yo estuve allí, y pude huir con mi familia una hora antes que la guardia somocista alcanzara a sangre y fuego, la casa en que me refugiaba. El día anterior habían asesinado cruelmente a todo aquel que consideraran sospechoso de ser sandinista (entre ellos Vicente Ríos dueño de la casa donde me refugiaba y a Martín Paniagua mi amigo de la infancia).
Pero estos episodios bárbaros no sólo fueron protagonizados por somocistas. En las semanas anteriores al triunfo revolucionario que los muchachos retuvieron el pueblo con gran popularidad, ajusticiaron a muchos somocistas y a inocentes por el sólo hecho de sospechar que lo eran. Esto sucedió con Ángela, una joven indigente que fue acusada de oreja y ajusticiada, estando embaraza, sin comprobársele ningún cargo. Igualmente, todo Belén sabe de los asesinatos que cometió Tania, guerrillera de triste recuerdo, en el campamento de San Luis en el camino a Chacalapa.
Teniendo estos antecedentes, era imposible generar, a pesar de las diatribas, una democracia que permitiera que la historia de Nicaragua dejara de ser un recuento de hechos violentos. Desgraciadamente, se cumplieron las palabras de Popper: los que quieren construir el cielo en la tierra, terminan construyendo infiernos. 
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