LUNES 6 DE DICIEMBRE DEL 2004 / EDICION No. 23654 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE



[an error occurred while processing this directive]



Homenaje a León de Nicaragua:
“Atenas de Centroamérica”

Por Jorge Eduardo Arellano
aghn

Con una historia y una cultura capitales para Nicaragua, la ciudad centroamericana de León tomó su nombre de la Legio establecida como campamento militar romano, asimilada posteriormente por mozárabes y visigodos, hasta constituir el núcleo generador de la idea de España. Cómo ésta, que posee una de las más impresionantes catedrales góticas de Europa, la nicaragüense ofrece al mundo su edificio máximo: “uno de los templos más grandes del continente”, en palabras del arquitecto mexicano Manuel González Galván. Y no sólo eso: protagonizó —al igual que su homónima de la península ibérica, en el reinado de Fernando I y doña Sancha (1037-1065)— una etapa de verdadero florecimiento.

Siempre hemos creído en dicho florecimiento, explícito en nuestro agotado libro sobre la ciudad (Managua, Fondo Editorial CIRA, 2002): un volumen de 375 páginas que se inicia con tres ensayos preliminares y consta de cuatro partes. Primera: “Dos aproximaciones” (“Vida y muerte de León Viejo: 1524-1610” y “León: su nuevo asentamiento y centro histórico”); segunda: “Cinco monografías” (“Actividades teatrales y otros espectáculos: 1850-1934”, “Práctica y enseñanza de la medicina durante el siglo XIX y el aporte del sabio Debayle”, “Toribio Jerez y otros pintores decimonónicos”, “Artistas leoneses de la primera mitad del siglo XX” y “Los Vanguardistas de León en los años veinte”); tercera: “Quince leoneses representativos” (“Miguel Larreynaga, Tomás y Alfonso Ayón, Mariano Dubón, José Madriz, Alfonso Valle, José de la Cruz Mena, Juan Isidoro, Macario y Salvador Carrillo Salazar, Santiago, Lino y Leonardo Argüello, más Juan de Dios Vanegas); y cuarta: “Interpretación de la leonesidad”.

Con tal ensayo —calificado de “filosófico descuartizamiento” de las tradiciones y valores humanos de León— demostramos que nuestra ciudad, considerada la segunda del país, fue la primera en civilización, entendiendo por tal el desarrollo del espíritu humano. Vivimos, es innegable, en una sociedad materialista; casi todos pensamos incesantemente en ganar dinero —y muchos para sobrevivir—, o en obtener poder y status; pero la civilización, en su verdadera naturaleza no mantiene una dependencia directa con el dinero ni con el poder ni con las posiciones sociales. En La tradición clásica (1949), Gilbert Highet acota:

“El estado más opulento del mundo, o una sociedad mundial que poseyera riquezas y comodidades ilimitadas, y en la que cada uno de sus miembros tuviera todos los manjares, todos los vestidos, todas las máquinas y todos los bienes materiales que pudiera, no sería con todo eso una civilización. Sería lo que Platón (en La República) llama una ciudad de cerdos, que comen, beben, duermen y se aparean hasta que llegue la muerte”.

Por fortuna, ese no fue el destino de nuestro antaño “muy noble y muy leal Santiago de los caballeros de León” en su etapa de esplendor: cuando reveló el axioma clásico de que la civilización es la vida del espíritu. Naturalmente, la civilización no puede existir sin seguridad material, salud física, riqueza y demás bienes materiales. Pero éstos no son fines, sino medios. Su objetivo último —lo reiteramos— es la vida del espíritu. El cultivo del espíritu es lo que nos hace verdaderamente humanos. Y esto sí fue León: una ciudad pensante, humana, culta. Sin embargo, circunstancias históricas —las últimas fueron el boom algodonero de los años cincuenta y las insurrecciones populares de 1978 y 1979— terminaron de distorsionarle su razón intrínseca: que todos los habitantes compartieran ese cultivo espiritual vigoroso.

Esta es la idea que explica a Léon como una especie de Atenas griega. O sea: en el sentido de comprender que la cima de la civilización es el pan del espíritu y de saber donar ese pan no sólo a los suyos, sino a la humanidad entera. Ese es el ideal, la enseña de las presentes páginas, escritas con amor distante pero lo más cercano y fiel a su magna arquitectura (“León es sin duda la ciudad más monumental de Nicaragua” —citamos, de nuevo, a González Galván—) e historia trascendente e intensa.

Porque tenemos la convicción de que la ciudad estaba destinada a ser, por antonomasia, el centro intelectual de la Patria. Y también la satisfacción de haber interpretado sus principales expresiones culturales que suman, al menos, doce. A saber: el orgullo catedralicio, Sutiaba como “alter ego”, la conciencia de capitalidad, la vocación universitaria, la herencia liberal, la violencia volcánica, la valentía localista, el espíritu de Atenas, el sustrato artesano, el culto a la palabra, la actitud introspectiva y Poneloya como recreo.

1 ORGULLO CATEDRALICIO

Resumamos estos rasgos de la conciencia leonesa, partiendo del orgullo catedralicio y su inherente tradición diocesana, propicia a la música sacra, a la práctica devota —fanática dirían los no creyentes— y al encomio versificador. Orgullo por su “hermosa y solemne catedral” —la calificó Pablo Antonio Cuadra— y máxima herencia de la arquitectura hispana en Nicaragua. De manera que el chinandegano “Tino” López Guerra elogió a León, “perfumada por los pebeteros /de su imponente y antigua catedral”, en su famoso corrido. El León de 394 años, cumplidos este 2004, que tuvo su antecedente remoto en la primera concentración urbana establecida por los conquistadores españoles en la América Central (se excluye de esta área geográfica a Panamá).

Surgido con un fundamental carácter expansivo o territorial de la conquista, este primer León (luego llamado León Viejo), que fundó el capitán Francisco Hernández de Córdoba (¿1489-1526?) a finales de 1524, respondía a la voluntad creadora de someter la naturaleza a un orden —del cual se conoce muy poco— para transformarse en una modesta ciudad plena de vida hacia 1545. Pero muy pronto fue signada por la tragedia (el primer asesinato sacrílego del continente, los infortunios telúricos, más el inminente abandono en 1610) y absorbida por el mito.

Sin embargo, el primitivo León, al trasladarse junto al pueblo indígena de Sutiaba, conservó de acuerdo con la juridicidad española su naturaleza catedralicia. Así no sólo se había incorporado a la cultura occidental a través de la tradición judeo-cristiana, sino que se convirtió en protagonista de la institucionalización del catolicismo en el Nuevo Mundo. Ambos destinos lo confirmaba la bula “Eqqun Reputamos” del 3 de noviembre del 1534, emitida por Paulo III desde Roma.

Efectivamente, la bula especifica que la Catedral era “para un obispo, que se intitulase de León, o Legionensi, que la presidiese y procurase hacer e hiciese construir sus edificios y estructuras”. Éstas, al inicio de nuestra vida independiente —en 1824 con exactitud, la integraban 160 eclesiásticos, a la cabeza de Nicolás García Jerez (1756-1825), último prelado de la dominación española y su acérrimo defensor. De los 160, cincuenta y siete tenían su domicilio en la ciudad, a saber: 10 diáconos, 7 subdiáconos, 14 menoristas (estudiantes de filosofía) y 8 tonsurados. Otros, ocupando dignidades y cargos, eran el rector del Seminario don Francisco Mayorga, el catedrático de Cánones —de 62 años—, don Francisco Ayerdi, el de Teología don Pascual López de la Plata, el de Leyes su hermano Manuel, el de Filosofía don José Manuel Guerrero, todos doctores; el preceptor de gramática don Francisco Chavarría, el Juez de Capellanías don Pedro Solís, los Tenientes curas de las parroquias de Sutiaba, El Laborío, San Felipe y San Juan; el Ministro de Primeras Letras don Darío Herradora, el Capellán y Ecónomo del Hospital don Thomas Montiel, el Sacristán Mayor don Onofre Oconor, un impedido de la vista don Gregorio Hernández, el colector de fábrica don Justo Quintana, el coadjutor de la Iglesia de San Juan don Yndalecio González, tres capellanes de coro y ocho aptos para la administración de los sacramentos.

Mas no olvidemos que la diócesis de León comprendía las provincias de Nicaragua (incluidas las parroquias de Nicoya y Guanacaste) y Costa Rica, sumando 36 sus curatos, los cuales cubrían una extensión de 210 a 230 leguas, 65 pueblos y 162,260 habitantes. Y que sus prelados gobernaron el territorio vecino durante casi tres siglos y medios, o mejor dicho hasta el 28 de febrero de 1850, cuando fue creada la diócesis de San José. De todos ellos —que fueron 40, si contamos a quienes no tomaron posesión del cargo por diversas razones— tres fueron naturales de Nicaragua, o sea criollos: José Xirón de Alvarado (1719-1724), Juan Carlos de Vílchez y Cabrera (1763-1774) y José Antonio de la Huerta y Caso (1799-1803). El primero y el tercero nacidos en León.

2 SUTIABA COMO ALTER EGO

Ya en su nuevo asentamiento, León comenzó a depender integralmente del pueblo indígena de Sutiaba que en las postrimerías del siglo XVII lo integraban alrededor de mil tributarios: 903 en 1690, 1,457 en 170, 1,227 en 1780 y 801 en 1807. En la primera mitad del mismo siglo XVII, los sutiabas habían construido la ciudad, al servicio de los alcaldes ordinarios, suministrándoles mano de obra semigratuita. Y no sólo eso: sirviendo a los mismos alcaldes, familiares y allegados, sacaban madera para embarcaciones y laboraban en trapiches y obrajes de añil. Dichos alcaldes facilitaban a todos los vecinos españoles de León —incluso a mestizos, mulatos y negros— indios zacateros y leñadores. “Y cuando alguna india paría —informa Alfonso Ayón—, la llevaban violentamente a criar los hijos de los españoles residentes en la ciudad”.

Por tanto, una larga historia de explotación marca las relaciones entre León y Sutiaba: su “alter ego” u otro yo. Explotación que produjo continuas tensiones a partir de los años refundacionales, llegando a su primer clímax en el motín de 1681, cuyo origen tuvo que ver con dos causas. Por un lado, con la decisión de las autoridades españolas de anexar el Partido de Sutiaba al de León; y por otro, con las extorsiones de trabajo y servicios impuestos por dichos alcaldes y los malos tratos y abusos del corregidor, quien les exigía que les vendieran sus productos agrícolas “por los cuales pagaba una cantidad irrisoria” —recuerda Jaime Wheelock Román—.

No puede negarse, sin embargo, que el proceso de indoctrinación cristiana en Sutiaba —y la plena aceptación del ritual católico entre sus habitantes—, era ya notable en 1700, cuando el Corregidor Diego Rodríguez Mendes comenzó a construir su segunda parroquia (la primera había sido “la Veracruz”). Cinco años después su sobrino Bartolomé González Fitoria terminó de erigirla, inaugurándola el 24 de agosto de 1710. De ahí que esta Iglesia “toda ella tan primorosa —como afirmó de ella en 1751 el obispo Morel de Santa Cruz— y dedicada a la advocación de San Juan Bautista, es la de mayor antigüedad del país. Recordemos que hasta 1741 comenzó a construirse la sexta y definitiva Catedral de León.

El templo de Sutiaba acogía, desde principios del XVIII, toda una actividad promovida por catorce cofradías. Cinco de ellas celebraban una misa semanal al santo de su devoción y las otras nueve nuevas misas mensuales; financiaban, además, misas con motivo de nueve fiestas anuales y seis procesiones durante la Semana Santa. Al mismo tiempo, los sutiabas continuaban siendo sometidos a explotaciones. En 1766 había en todo el Corregimiento 1,575 indias hilando y tejiendo algodón para el Corregidor Landecho. Si sumamos a la medida negociada de los tejidos del pueblo con los de León y de los mulatos del barrio San Felipe, tendríamos un ejemplo más desencadenante de las tensiones vividas por la comunidad de Sutiaba, resueltas en parte por el “gobernador” indio don José Cano. Éste, de común acuerdo con las autoridades de León, aceptó la “Calle de la Ronda” como límite físico entre ambas poblaciones para deslindar cualquier litigio futuro.

Como lo constató el diplomático Squier, los indígenas de Sutiaba tenían conciencia de su etnicidad continental y de sus bienes patrimoniales (“ídolos”, lengua, canciones, títulos reales). También el estadounidense observó en 1849 que Sutiaba no había sufrido menos que León a causa de las revueltas postindependentistas, en las cuales se involucraron con brío. De ancestro marinero, como lo ha puntualizado Carlos Mántica, los sutiabas han sido grandes pescadores y mangleros. ¿Acaso no fueron y son sus mujeres excelentes cocineras de pescados y mariscos? ¿no se les debe a ellos /as la leyenda del “Punche de oro”.

Igualmente, reiterando que constituyeron la razón de ser de León —su “otro yo” fundacional— aportaron varios hijos ilustres. Entre ellos: el célebre bachiller Francisco Osejo (“genio inquieto y perturbador”), sin cuyas luces no se explica el origen republicano de Costa Rica; el líder independentista Juan Modesto Hernández (seguidor del caudillo popular Cleto Ordóñez); el escultor Pablo Suazo, cuyas obras de sorprendente acabado se exhiben en los templos de León; los Amaya, toda una familia de músicos consagrados; el jurisconsulto Salvador Delgadillo y el químico Absalón Rojas; José Nicolás Valle: abogado, doctor en Filosofía, maestro de muchas generaciones y valiente general. Aparte de otro abogado y periodista, Fernando Centeno Zapata, el mayor literato contemporáneo nacido en Sutiaba, al fin, un pueblo leonés y barrio de la ciudad desde 1902 integrado a su órbita cultural, pero con una herencia autóctona e identitaria.

3 CONCIENCIA DE CAPITALIDAD

Al establecerse en una llanura extensa y fértil, León se dispuso a desarrollar un destino agrario, pero también —como capital de la provincia— burocrático. O sea que llegó a definirse, simultáneamente, como una arraigada población volcada al campo y centro administrativo de la Nicaragua colonial, perteneciente al Reino de Guatemala.

No obstante, su rivalidad con Granada para controlar el nuevo estado “independiente” lo condujo a dejar de ser la capital. Puntualizamos estas fechas: en 1832 la Asamblea escogió a León como residencia de los Poderes Supremos; más en 1833 los fijó en Managua. Al año siguiente, el Poder Legislativo quedó en Managua y el Ejecutivo volvió a León. Ese mismo año, por una revuelta en la misma Managua, el Legislativo pasó a León y luego a Chinandega. Entre 1845 y 1846 los legisladores tuvieron que ubicarse en Masaya, “contra la opinión de los occidentales”, suscitándose por la prensa una polémica mesurada y brillante —pletórica de enseñanza democrática— entre el eminente don Pablo Buitrago y el ponderado Director Supremo José León Sandoval. Ellos —representando uno la perspectiva leonesa y el otro la granadina— “bajaron a la discusión pública, serena y ejemplar, como patriotas y ciudadanos cultos y libres”.

Al fin, después que fue elevada a ciudad el 24 de julio de 1846, Managua obtuvo el rango de capital del Estado por decisión del Director interino Fulgencio Vega, conservador de juicio claro y acerado carácter —”el viejo y astuto Vega” lo llamó Walker—, quien tuvo la suficiente entereza y capacidad para resolver el malestar entre León y Granada, abandonar el localismo y aplicar la solución. Así, por decreto del 5 de febrero de 1852, el Ejecutivo —que residía temporalmente en Granada— mandó a trasladarse a Managua cuatro día después. Todo ello tenía de trasfondo la derrota de los leoneses que, encabezados por Trinidad Muñoz y con el apoyo de la Iglesia, perpetraron un coup´ etá al gobierno constituido del oriental José Laureano Pineda. De esta manera, León perdió definitivamente su capitalidad.

Durante los “treinta años” la ciudad tuvo un admirable desarrollo tanto material como culturalmente. En 1892 sus habitantes —calculaba el francés Pector— eran unos 45,000 siendo la “metrópolis” (la de mayor población) de Nicaragua hasta principios del siglo XX. Por eso reclamaba el poder político y, con el incidental acceso a la jefatura del Estado de su hijo “epónimo”, el doctor Roberto Sacasa —médico, político y entonces Senador— halló la oportunidad de disputárselo a Granada, cuya hegemonía había aceptado sin mucha resignación. Sin embargo, a tal hegemonía —producto de un pacto entre las élites— debía su recuperación económica.

En 1892, de acuerdo con el citado Pector, los productores agropecuarios que residían en León eran unos 100. A ellos seguían la cantidad de 60 profesores, 50 músicos, 45 comerciantes, 44 abogados, 44 carpinteros, 43 albañiles, 30 barberos, 30 zapateros, 28 eclesiásticos, 24 lavanderas, 20 médicos, 18 sastres, 16 joyeros, 15 farmacéuticos, 15 herreros, 14 agrimensores, 14 tejedores de seda y algodón, 10 periodistas, 10 carniceros, 10 talabarteros, 8 panaderos, 8 pintores, 8 adobadores, 5 hojalateros, 5 tipógrafos, 4 arquitectos, 4 dentistas y 4 ingenieros. Toda una pujante actividad profesional, artesanal y embrionariamente industrial. Por cierto, un ingenio laboraba entre sus localidades aledañas: el Polvoncito —en la jurisdicción de Quezalguaque— y producía aproximadamente tres mil quintales de excelente azúcar “de tacho”.

También funcionaba en León, según la misma fuente, talleres de pirotecnia, tintura, preparación de flores, frutas y figuras de cera; plumas y objetos de algodón, grabados en jícaras o guacales. Sus quince tenerías preparaban toda clase de cueros e incluso terneros encerados. Los sastres y joyeros desplegaban mucha habilidad. Los ebanistas realizaban trabajos finos, económicos. En las talabarterías se elaboraban albardas bien provistas. En las rebozarías, además de mantos de sedas —ya muy cotizados—, se tejían paños de sarga, servilletas, bordados, colchas, hamacas de hilo. Las esculturas en madera del barrio El Laborío eran notables. Y el cementerio de Guadalupe presentaba tumbas de mármol.

Pasando al aspecto cultural, basta citar —de momento— la inauguración del Instituto Nacional de Occidente y de la Sociedad Científico-Literaria El Ateneo en 1881, la del Teatro Municipal (el primero del país) en 1884; la instalación de la Biblioteca Leonesa en los altos del Hotel Intercontinental (1886); y numerosos centros educativos: desde el Colegio Seminario San Ramón, reabierto en 1871 con nuevos estatutos, hasta el colegio de La Asunción para niñas en 1892, regentado por monjas francesas. Ya veremos más adelante otros progresistas adelantos. Cabe sí señalar la revitalización de la Universidad emprendida por el presidente Evaristo Carazo, quien sustituyó el arcaico modelo español por el llamado modelo napoleónico o francés.

4 VOCACIÓN UNIVERSITARIA

La Universidad de León fue autorizada por las Cortes de Cádiz el 10 de enero de 1810 y se instaló el 16 de agosto de 1816 con cuatro carreras (Derecho Civil, Derecho Canónico, Medicina y Teología), ocho doctores, once cátedras y 211 alumnos. Última del período colonial de América, su centro antecesor —el Seminario San Ramón, fundado en 1680— otorgaba desde 1807 grados menores (bachilleratos en derecho, medicina y teología). Además, bajo el vi-rectorado de Tomás Ruiz, éste impulsó un movimiento antiescolástico y modernizante, es decir ilustrado; tridentino en su concepción, el seminario formaba al clero que se requería en la provincia, pero fue algo mucho más que eso. Se proyectó en El Salvador y Honduras. “Con la noticia del estado en que se hallan las letras en este colegio —informaba el gobernador en 1803— no faltan jóvenes de dichas provincias que hayan venido a fin de estudiar”.

Mas Costa Rica —la de mayor pobreza del Reino de Guatemala— sería la principal beneficiada de las aulas de León. Nada menos que las mejores inteligencias de su tiempo en dicha provincia —Florencio del Castillo, José de los Santos Madriz, Félix Esteban de Hoces, entre otros sacerdotes— egresaron del Colegio Seminario y, por su parte, todos los constructores de su estado de la Universidad de León. Esta fue, como lo reconoce el historiador costarricense Luis Felipe González, “el centro progenitor en su mayor parte de la cultura de los costarricenses hasta mediados del siglo XIX”.

De vida inestable —fue cerrada en 1824, 1854 y 1869, esta última por represalia política—, la universidad se abrió en 1887 con el apoyo del presidente Evaristo Carazo, teniendo un repunte académico notable; pero en 1896 de nuevo se clausuró hasta que la reabrió el presidente J. Santos Zelaya. Funcionando con altibajos y manteniendo su tradicional orientación profesionista, en 1947 fue elevada a rango de Universidad Nacional y en 1951, al clausurarse la de Granada, quedó como única en el país. Desde entonces comenzó un proceso interno de reforma, aumentando sus carreras, mejorando los sistemas de enseñanza/aprendizaje e identificándose con los problemas nacionales, hasta culminar en marzo de 1958 con la autonomía, la cual se logró conquistar en buena parte a iniciativa del doctor Mariano Fiallos Gil, recién electo rector.

Por todo ello, el cuarto rasgo identitario de León es su vocación universitaria. Además de metrópoli, ha sido una población marcada por un destino: ser, a través de su universidad, conservadora y transmisora de cultura; centro de enseñanza profesional y espacio para ampliar y renovar conocimientos; objetivos que constituyen la misión de la universitaria, de acuerdo con el clásico ensayo de José Ortega y Gasset. León, pues, cuando fue instalada la Real Universidad de la Inmaculada Concepción, imprimió definitivamente la vocación universitaria a su entidad urbana.

5 LAS OTRAS EXPRESIONES CULTURALES

Incontables páginas se han escrito sobre herencia liberal y el proyecto policlasista y democrático de Máximo Jerez (1818-1881), incluyendo las del suscrito en este libro y en otro: El León del Istmo (1988), como también acerca de los principios liberales sostenido por sus mayores representantes de León. Pero casi nadie ha puntualizado la violencia volcánica y la valentía localista, el sustrato artesano y la actitud introspectiva de los leoneses. De allí que remitamos al lector a los capítulos del libro citado. Igualmente, en dicho libro desarrollamos el capítulo “Poneloya como recreo”, balneario ancestral de los sutiabas y luego de los leoneses (de hecho constituye un barrio de la ciudad) que en illo témpore era propicio a las versificaciones festivas y a las obras de teatro (estamos hablando de 1862 a 1880). Experiencias que tuvieron evocaciones maestras en las páginas de Rubén Darío y Lino Argüello; e inspiraron la celebrada canción del capitalino Orlando Flores Ponce: “El mar salpica tus playas, Poneloya, Nicaragua..., dejando recuerdos a todos los veraneantes”.

Sólo subrayaré en este apartado “El espíritu de Atenas”, diosa del panteón griego, conocida posteriormente en su versión latina de Minerva. En los sellos en los títulos en latín de la Universidad figuraba esta diosa, a quien sus protegidos —los atenienses— le erigieron el Partenón, una de las siete maravillas del mundo antiguo. Hija de Zeus y de la oceánica Metis, Atenea acabó personificando —después de poseer el carácter de Diosa de la Guerra y luego de la paz— la sabiduría y la prudencia, manteniendo la salud pública y velando sobre el estado y los tribunales de justicia. Por esa significación, es seguro, los leoneses decimonónicos —abiertos a la universalidad y herederos de la tradición neoclásica— la adoptaron como uno de sus emblemas. No en vano su estatua adornó en distintas épocas el patio de la facultad de Derecho, dio su nombre a la famosa Imprenta Minerva y su referencia en discursos universitarios era de rigor.

Dicho espíritu abarcaba el Culto a la Palabra (la oratoria sacra y civil) y a Rubén Darío, las revistas literarias modernistas, la Academia de Bellas Artes (organizadora de certámenes anuales), los Juegos Florales, las escenificaciones teatrales (de extranjeros y nacionales), los conciertos (sólo la orquesta de Mariano Carrillo tenía cien filarmónicos), la práctica lexicográfica, las charlas a los artesanos, etc. Así lo he resumido: de ese espíritu o ambiente cultural —ateneico— participaban todos los estratos sociales, sobre todo el artesanal, como ávido público receptivo de conocimientos y estímulos estéticos. La enseñanza universitaria, renovada y reactivada, daba valiosos frutos. La presencia intelectual de los abogados, médicos y eclesiásticos leoneses se hacía sentir, se consagraba el vibrante verbo oratorio. Se admiraba la ejecución musical y su composición (se crearon y representaron dos zarzuelas locales). Se promovían tanto las artes plásticas como la creación lírica. El teatro no se quedaba atrás. Las revistas literarias tenían sus días más felices.

De ahí que un hijo de Granada, el abogado liberal Heliodoro Moreira (1874-1941), haya puntualizado la rectoría creadora e intelectual de la ciudad en el siguiente elogio que firmara en 1918: “Es León la Atenas de Centroamérica”. Finalmente, ¿cómo resumir el reto a la inteligencia que significó esta aproximación a nuestra ciudad? Por un lado, afirmando que intentamos leer la historia en sus paredes sólidas, largas calles, aleros y tejados, tratando de descifrar el vínculo entre vivos y muertos, o entre tradición y comunidad en marcha. Y, por otro, describiéndola por lo que fue y todavía es:

Una ciudad apasionada e introspectiva, abogadil e hipocrática, artesana y algodonera, barroca y lugareña, beata y supersticiosa, parroquial y espiritista, catedralicia e hispánica, caballeresca y mítica, huertera e ilustrada, romántica y provinciana, calurosa y versificadora, severa y conventual, seminarista y universitaria, eucarística y diocesana, huelguista y guerrillera, bohemia y estudiantil, filarmónica y modernista, retórica y solemne, valiente y violenta, egoísta y envidiosa, avara e indiferente, teatral e ingenua, masónica y teosófica, altanera y mengala, espesa y pendenciera, empedrada y polvosa, indígena y metropolitana, ruinosa y volcánica, chismográfica y tribunisia, municipal y machista, apostólica y sonora, alfonsina y dariana, mártir y patriota, prócer y egregia, conservadora y semanasantera, liberal y revolucionaria, gloriosa e inmortal.

Jurídicamente, León —la ciudad de mayor peso en Nicaragua— también cumple este año su 480 aniversario de fundada, pese a su traslado a Sutiaba en 1610, a causa de un sismo devastador. De ahí que, como hijo 1directo suyo, le dediqué este justo encomio.

BIBLIOGRAFÍA

ARELLANO, Jorge Eduardo: León de Nicaragua /Tradiciones y valores de la Atenas nicaragüense. Managua, Fondo Editorial CIRA, julio, 2002.

ARGËELLO ARGËELLO, Alfonso: Historia de León Viejo. León, Editorial Antorcha, 1969.

BUITRAGO, Edgardo: Breves apuntamientos históricos sobre la ciudad de León. León, Editorial Universitaria, 1988.

BUITRAGO MATUS, Nicolás: León, la sombra de Pedrarias. (segunda edición). Managua, Fundación Ortiz Gurdián, 1998. 2 vols.

FIALLOS GIL, Mariano: León, campanario de Rubén. León, Imprenta Hospicio, 1958.

TORUÑO, Juan Felipe: Ciudad dormida /León Nicaragua. San Salvador, Ediciones Orto, 1955.
.


---
 

 

Derechos Reservados 2002. La información contenida en este medio de comunicación, no puede ser reproducida ni publicada, parcial o totalmente, en ningún otro medio de comunicación privado o público, sin el consentimiento por escrito de LA PRENSA S.A
 

 

“Atenas de Centroamérica”

La Virgen del Trono

Apatía navideña en los semáforos

Jubilados holandeses asesoran a empresas nicaragüenses

Crean primer Centro de Aprendizaje y Progreso

Hoy reinicia juicio oral contra Ricardo Mayorga

Radiodifusores rechazan reforma

Microfer Navidad con poca asistencia

Latinoamérica con menos pobres

Tierra Prometida se librará de la basura

Empieza el retorno pinolero

Masayas cierran sus fiestas con festival folclórico

Espada pende sobre equipo de Bolaños

Rescatan cadáveres

Arranca promoción Cocina Fácil