Urge una esperanza
Jimmy Bolaños
En la noche negra de los años ochenta tuvimos el consuelo de la Iglesia Católica, que supo estar junto al pueblo en esa cruenta batalla por la fe, la familia, la propiedad y la nación. En medio de esa oscuridad el pueblo vio robustecida su fe y no desfalleció con la esperanza puesta en Dios que llegaría la luz de un nuevo día para Nicaragua.
Los obispos se ganaron la admiración y el respeto de la feligresía. La venida del Papa levantó la moral y llenó de esperanza a todo el pueblo creyente. Fue un presagio de que Dios no nos abandonaría, de que no estábamos solos ni olvidados.
Llegaron los años noventa, con el triunfo de la UNO sobre el sandinismo en las urnas electorales, y Daniel Ortega prometió que gobernaría desde abajo. Desafortunadamente ha sido una de las pocas promesas que ha cumplido.
Como si no bastara todo el daño que causó el desgobierno sandinista, los años noventa fueron testigos de su violenta forma de hacer “política” de oposición: asonadas, morterazos, incendios para presionar y obtener todo tipo de demandas y cuotas de poder. Así fue durante el gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro y del doctor Arnoldo Alemán, hasta que se dio el pacto entre los caudillos, en el 2000
Ahora Daniel Ortega presiona para negociar y como con el presidente Enrique Bolaños sabe que no va a lograr ningún pacto a espaldas del pueblo, entonces reedita el pacto con Arnoldo Alemán. Por eso vemos a los diputados del PLC en una carrera loca entregando en bandeja de plata todas las leyes y reformas a la Constitución que les exige para aumentar su poder. Parte del botín reclamado también son alcaldías, entre ellas las de Granada, Santo Tomás y Cuapa, todo a cambio de la prometida libertad de su jefe.
Ante toda esta maraña de corrupción la jerarquía de la Iglesia Católica, representada en la figura del Cardenal, guarda un silencio desconcertante, y dice el dicho que el que calla otorga.
El pueblo de Nicaragua, en medio de esta tenebrosa oscuridad ha tenido en el Presidente de la República a un trabajador incansable y honesto en procura de un mañana mejor para la población, atrayendo inversionistas y generando empleos; pero su lucha contra la corrupción, para vergüenza de muchos, es la causa de un hombre solitario. Lo que él construye de frente a la nación los pactistas lo destruyen a espaldas del pueblo.
En estas condiciones Nicaragua urge de una esperanza, de una luz que ilumine el camino de un futuro mejor. Hoy la democracia en Nicaragua se desvanece como una esperanza de mejor vida porque los diputados la han defraudado y traicionado, mientras que la luz que irradia la Iglesia local se ha tornado tenue y opaca.
El árbol se conoce por sus frutos, el mango siempre da mangos y el jocotero siempre dará jocotes. Ya sabemos lo que sería un nuevo gobierno de Ortega, ya probamos sus frutos, sería otro calvario para Nicaragua. Y del PLC con su disco rayado de “¡Arnoldo, Arnoldo!” podemos esperar más de la misma corrupción, ya que nunca se ha arrepentido.
En cualquiera de los dos primeros escenarios imperaría el autoritarismo y la represión, se ahuyentarían la inversión y la ayuda extranjera, y tendríamos más miseria para todo el pueblo. Sería el fin de nuestra naciente democracia, que no sería más.
Hay un dicho que dice que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Si el pueblo de Nicaragua sigue optando por los dos caudillos seremos merecedores de nuestro negro destino. Si, por el contrario, no nos dejamos dominar por el miedo, tenemos en nuestras manos la posibilidad de triunfar sobre esta maraña de corrupción, en las urnas, en el 2006.
Necesitamos que tome fuerza una nueva opción que traiga una nueva esperanza al país y que lejos de representar los intereses de los dos caudillos que tanto dañan a Nicaragua, se oponga desde ya al pacto y al repacto y vaya a las urnas en el 2006 encarnando la voluntad de la mayoría del pueblo que no ceja en su lucha por alcanzar los ideales de paz, progreso y libertad, con honestidad.
Elevemos nuestras oraciones a Dios para que la luz de su Iglesia resplandezca nuevamente, que los obispos como buenos pastores defiendan el rebaño que les ha sido confiado y no guarden silencio ante los desmanes del pacto. Que Dios se apiade de nosotros y que María Santísima nos cobije bajo su intercesión maternal ¡Amén!
El autor es Licenciado en Zootecnia.

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