LUNES 6 DE DICIEMBRE DEL 2004 / EDICION No. 23654 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE





La verdad: drama y riesgo

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Joaquín Absalón Pastora

“La verdad os hará libres” es una afirmación usada por los dominicos como lema inspirador de la entrega irrenunciable al acto místico de decirla y defenderla. Debería serlo también en el periodismo, pero en este mundillo al revés, la búsqueda de la verdad convida al triste binomio del riesgo y del drama. Como divisa inconmovible puede fecundar mártires. Originar por un lado el colorido de la libertad y causar por otro la bruma del trance supremo.

Por decir la verdad se consigue la libertad, pero en el extremo por darle igual homenaje a su corazón se consigue el finamiento.

Puede entenderse, apelando a los conceptos fatalistas de Schopenhauer que “el ser sólo es libre cuando está muerto”. En la aplicación de ese criterio, la causa de la muerte de María José Bravo tiene su cimiento en que la libertad no existe.

Permítaseme filosofar como un derecho de toda criatura humana por muy incautos o sencillos que sean los conocimientos, aclarando que las disquisiciones filosóficas no son un derecho exclusivo de los sabios.

Lo cierto es que, pasando al periodismo, éste tiene la obligatoriedad de decir la verdad o lo más aproximado a ella: congratularla con la veracidad, entendiéndose aliados con el pensamiento de Boisse: “que ella no puede ser solamente amada, quiere ser también compredida y discernida”.



Por realista me inscribo en la veracidad en el carácter de lo que no engaña porque tiene asideros comprobados, testimonios irrefutables, hechos con los cuales nada tiene que ver la privacidad dolora de la cual se valen las chilindrinas y los chilindrinos para meter el micrófono, un fértil instrumento de la inmediatez que es bueno cuando sabe usarse.

Desprendidos del lápiz y del papel, no anotan para hacer un trabajo creativo y constructivo sino que son a través del artefacto, reproductores literales de los débiles suspiros y ratos de decadencia física de las víctimas de las tragedias con cuya intensa incomodidad abusa el reportero o reportera sólo para llamar la atención de quienes por sincera compasión, morbo o masoquismo, contribuyen a elevar el “rating” del medio en floreciente mercadeo.

Esa muchacha que no era corresponsal de guerra pero que murió como si lo hubiera sido, llegó al acto público con la herramienta de su oficio —la veracidad—, no con la intención de aprovecharse de ninguna de las desgracias del barrio, del hospital o de la cárcel. Puso sus pies en el terreno de la comprobación. ¿Sabía que la búsqueda de la veracidad la iba a matar? No. No lo sabía. Lo intuía. Lo presumía cada vez que estaba en una circunstancia similar como la que traza la agria verbomanía o la trifulca politiquera electoral. Tenía conciencia de exponerse sin mostrar deliberadamente el pecho para que lo asaltaran los balazos.

Los periodistas y las periodistas, diría Locke, son los mejores representantes de la buena fe del que habla, del que grita abatido por el peso de la derrota o las ganas de vomitar majaderías injuriosas: “por ustedes hemos perdido”. Pero esos aficionados de la conducción edilicia no la tienen cuando usan su derecho de expresión. Por el contrario, la malversan al transformar el propósito en una tienda donde los objetivos son comerciales, metidos más en la euforia bursátil que en la euforia política.

El periodista y las periodistas van personalmente al acaecimiento arriesgándose a que salga el plomo de su madriguera. ¿Qué otro camino queda? Seguir con la firmeza de informar aunque la próxima víctima esté consciente de estar en el centro de la guerra sin ser guerrero. Afirmarlo cuenta con el afecto de la veracidad.

El autor es periodista
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