El 4 de julio y el país que antes me gustaba
Jorge J. Cuadra V.*
Después de una travesía angustiosa, en donde el malestar de haber dejado para siempre la Patria que los vio nacer se sumaba al malestar que provocaba el Atlántico encrespado al cruzarlo de lado a lado, con su secuela de náuseas, mareos, suciedad y frío, de pronto aparecía en el horizonte la majestuosa dama que llegó de Francia, con su antorcha enhiesta, dándole la bienvenida al Nuevo Mundo a los recién llegados y proclamando que el infierno lo habían dejado atrás y se adentraban en las tierras de Washington, de Jefferson, de Adams y de Lincoln, comenzando así el ansiado sueño americano para los millones y millones de inmigrantes que llegaban a Ellis Island desde los cuatro puntos cardinales, en busca de pan y de libertad.
Todos fueron bien recibidos y a la vuelta de una década ya eran parte integrante de esa poderosa nación que se construyó con el sudor y el esfuerzo de millones de personas que lo único que tenían en común eran las ansias de vivir en un lugar mejor y que después los unió el deseo indestructible de ser por siempre la nación más poderosa sobre la tierra. Y lo lograron, pero no sólo vivir en un lugar mejor, sino en el lugar más desarrollado y poderoso de la tierra: Estados Unidos de América.
Ése es el país que me gustaba. El país de las torres gemelas de la cosmopolita New York, que se encumbraban incólumes y poderosas como colmenas humanas, hacia arriba, hacia el cielo, en busca del Dios en el cual confían sus orgullosos habitantes; el país de las grandes muchedumbres que colman los estadios de sus hermosas ciudades con la única preocupación de ver ganar a su equipo favorito, en medio de un rumor babeliano que ofrece hotdogs, peanuts y cold beers, mientras el rey de turno del pasatiempo nacional, el baseball, batea el home run que hace ganar a su equipo; el país de las multicolores celebraciones del día más sagrado de la nación, el 4 de Julio, día en que sus habitantes celebran un aniversario más de libertad y de independencia, al aire libre, bajo un cielo cuajado de estrellas y ante una fogata en la que se cocinan las tradicionales hamburguesas y se comen después acompañadas por el refresco nacional, coke cola, seguido por un apple pie, el postre por excelencia, tan americano como los peregrinos del Mayflower.
Ése es el país que añoran los propios y los ajenos. El país de la seguridad, el país de la prosperidad, el país del orden y de la justicia. Pero una gran marea negra amenaza con barrer ese paraíso de libertades y de oportunidades. Es el sangriento y nefasto terrorismo que desde la demolición de las orgullosas torres gemelas, ha venido cobrando día a día víctimas inocentes y ha obligado a militarizar las calles, aeropuertos y carreteras, para efectuar una constante búsqueda de los nuevos Atilas que con sus emponzoñadas mentes tratan día y noche de destruir ese reducto formidable de la democracia y del confort, haciendo que el país parezca más bien el feudo de un sanguinario caudillo, que la cuna de la libertad y del progreso.
Allí es en donde viven, trabajan, sueñan y progresan algunos de mis hijos y de mis nietos, en estos tiempos de incertidumbre, cuando la juventud norteamericana cae inmolada en nombre de la civilización, sobre las ardientes arenas del lugar en que nació la misma, defendiendo las fronteras de la paz ante el avance incontenible de la muerte, mientras en las grandes ciudades ya es un riesgo asistir a una discoteca, o a la sala de un cine, o a las colas de un banco, porque es posible que la bomba asesina colocada con el expreso propósito de matar ciudadanos inocentes, sin importar si son niños, jóvenes o ancianos, estalle en cualquier momento, para así amilanar la ferocidad del león herido. Más no saben quienes así asesinan cobijados por el manto de la traición, que ese país, hecho a sangre y fuego, no va a rendir jamás su rey, e igual que en Guadalcanal y en Iwo Jima, sus habitantes morirán con las botas puestas defendiendo los valores democráticos que tanto costó conseguir.
Los legendarios padres fundadores, se convierten a través del tiempo y del espacio en los ángeles guardianes de los que ahora les toca combatir contra las fuerzas del terrorismo, lucha en la que es casi imposible morir con la dignidad de un soldado, puesto que los oponentes son sanguinarios carniceros que no respetan ley alguna y que se solazan decapitando inocentes ante las cámaras de televisión, para horror del mundo civilizado. Pero no triunfarán y con el tiempo y la fuerza irán desapareciendo bajo las ardientes arenas de sus milenarios desiertos, hasta no quedar de ellos más que el recuerdo del mal que durante un tiempo doloroso asoló la faz de la tierra.
* El autor es analista político

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