DOMINGO 4 DE JULIO DEL 2004 / EDICION No. 23500 / ACTUALIZADA 11:23 p.m.





EL HUMOR DE



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Angustia y honor

JoaquínAbsalón Pastora*

Dos poetas, Manolo Cuadra y Carlos Martínez Rivas —ambos ingresaron ya a las eminencias de la perpetuidad— compartieron las angustias y los honores de ser policías. Manolo, quien bebió los chorros amargos del exilio “se sentía triste como un policía de esos que florecen en las esquinas”. Carlos, en otras circunstancias se puso el uniforme al ser bautizada con su nombre la biblioteca de la institución. Y se sintió policía.

Las dos posiciones asumidas por quienes hacen vibrar los ensueños de la paz y las durezas de la guerra —los poetas— reconocen la figura de un héroe en cada uno de esos soldados del orden, cuya entrega pone a la felicidad en la pira del sacrificio para que el resto de la sociedad la disfrute, la haga palpitar como un derecho ciudadano al sosiego.

El modo de actuar de los centinelas de ayer y de hoy difiere en estilo. Los gendarmes callejeros de Somoza tenían como costumbre “rajarle” la cabeza a la prenda cazada. Los “becats” le daban vuelta a la ciudad. De ellos se bajaban para subir a los sospechosos a quienes cuando protestaban les respondían: “Tenés razón, pero pasá”. Acto seguido descargaban la patada sobre el corpúsculo indefenso.

En los tiempos actuales a ese centinela del orden —al revés— los protestantes les “rajan” la cabeza con una pedrada, no sólo se la parten: lo matan. No sólo lo matan sino que en respuesta los compañeros de los policías victimados, poniendo la otra mejilla, salen desarmados en manifestaciones con cartelones pidiendo paz, con sólo el bronce de la mirada hacia el cielo, en plan de concordia, cargando mejor los réditos nobles del “ramo de olivos” o cualquier otro símbolo de la piedad.

Parece un contrasentido pero es en el fondo una preciosa realidad. Cabe discernir cómo a través de los tiempos han cambiado los comportamientos. Desde luego lo expuesto tiene excepcionales deformaciones, pues nada puede ser totalmente excelente y no tener orificios por donde sangra la convivencia humana.

La agitación ha estado vigente en Nicaragua desde que alzaron vuelo sus pretensiones de república independiente. Ningún balazo voló por el espacio o se internó en el frágil dorso cuando con tanta tranquilidad se firmó la soltura y sin embargo después muchos estremecieron el piso y el cielo por las causas mediocres del diferendo político aún prevalecientes.

La comparación de sentirse triste valora el arrojo, el dinamismo, la valentía. Es válida y análoga con la superación del eco humanista antes débil y ahora tan fuerte que es el tema protagónico del esfuerzo por la sepultura de la violencia y el florecimiento de la paz.

La vocación de ser policía se sale de los linderos comunes en la disposición de ganarse la vida no en la muelle y oxigenada oficina donde el compareciente de la rutina se siente seguro, abrigado por los clásicos acompañantes de cal y de arena. La vocación expone al policía, lo pone de espía del frenesí ilícito desde cuyo cráter rodeado de fuego pueden verse los instrumentos de la infracción globalizada. Ellos también besan por la mañana y también saben que ese depósito frugal y limpio puede revertirse. Lo que fue símbolo en la aurora está expuesto a pasar al escenario fúnebre donde la amada al lado de la orfandad sólo muestra el inútil derroche de unas lágrimas.

Los pensamientos y actitudes de Manolo Cuadra y Carlos Martínez Rivas reflejan la angustia y el honor de ser policía.

* El autor es periodista



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