DOMINGO 4 DE JULIO DEL 2004 / EDICION No. 23500 / ACTUALIZADA 11:23 p.m.





EL HUMOR DE



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La docencia y los profesores karaoke

Inés H. Izquierdo Miller*

A veces la tecnología puede ser el peor aliado de un profesional. Nada puede reemplazar el papel indiscutible de un maestro que facilite el proceso de enseñanza aprendizaje, sin embargo por pereza intelectual o por ignorancia, en los últimos tiempos se está observando un fenómeno en la enseñanza universitaria que más bien da lástima por las consecuencias tan negativas que provoca en quienes acuden a un aula ávidos de aprender y se encuentran con una profesora que sentada cómodamente en su silla va leyendo monótonamente las diapositivas que ya trae elaboradas donde aparecen conceptos, frases, gráficos o citas de algún personaje.

Según me cuenta un amigo mío, en un posgrado un mal llamado especialista pasó la tarde leyendo y dictando 70 diapositivas, y lo peor fue que cuando alguien lo evaluó de regular dijo que a su institución no le importaban la calidad ni los métodos de enseñanza, sino el contenido. Grandísimo disparate ¿cómo alguien aprenderá un contenido si no se le enseña?

En algunas universidades me han contado que cuando no hay fluido eléctrico ciertos docentes se rehúsan a dar clases porque dependen enteramente del material que llevan en su disquete o su computadora personal. Es inconcebible que un profesor no domine el contenido que va a impartir. A mí me enseñaron que siempre debo llegar a mi aula de clases preparada como si me fuera a supervisar el mejor especialista del área. Si no, lo mejor es renunciar a la profesión docente.

A este tipo de profesores los alumnos les llaman karaokes, porque sólo mueven la boca al compás de las imágenes de fondo que se van presentando sucesivamente, sin eso no “cantan”.

Las universidades deben ser más exigentes con quienes contratan para dar clases, si bien es cierto que no cuentan con mucho personal especialista en temas pedagógicos sí deben, por lo menos, capacitar a sus maestros para que puedan dar buenas clases y así enseñar mejor a sus alumnos, los cuales se dan perfecta cuenta de las incapacidades de quienes obligan al bostezo por lo tedioso de su ritmo.

Una buena clase es aquella donde hay vida, donde los alumnos le preguntan al profesor y se preguntan entre ellos, donde hay polémica, discusión, cuestionamiento y entre todos se labra el contenido hasta llegar a una nueva fase, cualitativamente superior del conocimiento. Esas aulas silenciosas, aburridas, donde los flujos de aprendizaje son unidireccionales y autoritarios, sólo conducen a un aprendizaje memorístico, reproductivo que en muy poco tiempo no dejará huella alguna en el cerebro. Alguien dice jocosamente que en ese tipo de aulas los estudiantes son como pescados en nevera: están con los ojos abiertos pero el cerebro petrificado, congelado.

Esa es la cosecha que tendrán los profesores karaokes si no se deciden, y pronto, a tener voz propia.

* La autora es docente de español

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