LUNES 12 DE JULIO DEL 2004 / EDICION No. 23508 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE



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Pedro, Norman y Su Eminencia

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León Núñez

Eran las cuatro de la tarde del sábado pasado cuando vi desde los corredores de mi casa en Acoyapa que varios ex analistas políticos estaban reunidos en la esquina noroeste de la plaza. Era una tarde agradable, fresca, apacible...

Al llegar a la reunión uno de ellos me manifestó que el año pasado yo había propuesto la creación de dos ministerios: el Ministerio de Fiestas Patronales, para Pedro Solórzano -ministerio que se encargaría de organizar Ben Hur en todos los pueblos de Nicaragua- y el Ministerio de Investigaciones Genealógicas, para Norman Caldera. Me preguntó que si yo seguía manteniendo mi propuesta.

Le contesté que respecto a nuestro Canciller yo seguía manteniendo mi propuesta, pero que no la mantenía con relación a Pedro Solórzano, a quien ahora apoyo para que siga al frente del Ministerio de Transporte e Infraestructura. Debo reconocer que Pedro, en Chontales pasó de las palabras a los hechos. De Managua a Acoyapa faltan muy pocos kilómetros por pavimentar.

Yo expliqué que mi insistencia para que Norman sea nombrado Ministro de Investigaciones Genealógicas se debe a que yo lo considero un genio de la genealogía, un genio que está retrasando el avance científico de esta importantísima rama del saber humano por estar dedicado a la Cancillería.

Mientras más leo la obra monumental de Norman, titulada “La descendencia de don José Antonio Lacayo de Briones y Palacios en Nicaragua y en el mundo”, más me convenzo de que Norman no está dando en la Cancillería lo mejor de sí para Nicaragua como sí lo estuviera dando si se dedicara a tratar de descubrir -entre otros linajes- el parentesco de algunos nicaragüenses con miembros de la nobleza española, descubrimiento que indudablemente redundaría en beneficio de nuestro país.

Yo quiero aclarar algo para los mal pensados. Con esto no quiero decir que Norman sea un mal Canciller, al contrario, su exquisito tacto diplomático, su sonrisa fácil, contagiosa y cautivante y ese encanto especial -ese “charm”- que él sabe imprimir a sus relaciones con los embajadores acreditados en nuestro país y con el personal de la Cancillería, bastaría para catalogarlo como un buen Canciller. Pero el caso es que el país lo necesita más en el campo de la genealogía.

Uno de los ex analistas políticos expresó que no estaba de acuerdo conmigo; que él prefería que Norman siguiera en la Cancillería; que hasta la fecha nunca había “metido la pata” y que solamente éxitos había cosechado en el ejercicio de su cargo.

Realmente yo tengo excelentes referencias de nuestro Canciller. Ariel Granera, un brillante diplomático, me comentó que Norman era el mejor Canciller que ha existido en la historia de Nicaragua; que era impresionante la habilidad con que manejaba las relaciones internacionales de nuestro país, y me puso como un ejemplo de proeza diplomática la “desanjuanización” de nuestras relaciones con Costa Rica.

Por otra parte, Ariel me dijo que antes la Cancillería era un desastre y que Norman la había puesto en orden; que la había profesionalizado tan bien que ahora este éxito de Norman se comenta con elogios en todas las cancillerías del mundo, principalmente en el Quai d´Orsay de París y en el Palacio de Itamaraty, sede de la Cancillería brasileña. A pesar de lo que me dijo Ariel, sigo creyendo que Nicaragua necesita más a Norman en la genealogía que en la Cancillería.

Alguien también dijo que sería inconveniente sacar a Norman de la Cancillería estando pendiente una tarea tan trascendental: conseguir que se haga realidad la propuesta de Daniel de que se otorgue al cardenal Obando el Premio Nobel de la Paz.

A este respecto yo creo que el Gobierno de Nicaragua, por medio de la Cancillería, debe hacer hasta lo imposible para que el cardenal Obando gane ese premio, pero también el gobierno debe esforzarse por normalizar sus relaciones con la jerarquía de la Iglesia Católica, y la única manera de normalizar esas relaciones -consejo que doy yo- es “soltándole la melodía” (el dinero) al cardenal Obando en la cantidad “melodiosamente” adecuada.

Realmente Su Eminencia necesita la “melodía” no para él ni para Roberto Rivas sino para llevar a cabo su misión evangelizadora y para cumplir los programas de asistencia que la Iglesia ha establecido para los nicaragüenses más necesitados.

El apoyo “melódico” es vital. El gobierno puede dar a diario su apoyo moral a la Iglesia jerárquica, es más, el gobierno podría, incluso de rodillas, seguir pidiendo perdón sin que haya nada que perdonar, pero mientras don Enrique no “suelte la melodía”, mientras don Enrique no apoye “melódicamente” a Su Eminencia las relaciones entre el gobierno y la jerarquía eclesiástica seguirán igual, lo cual preocupa a los que somos católicos.

La reunión terminó ya entrada la noche. Unos decían que Norman debía seguir en la Cancillería mientras que otros opinábamos que no. Pero hubo unanimidad en respaldar a Pedro en el Ministerio de Transporte e Infraestructura, así como también fue unánime nuestro apoyo para que le sea concedido el Premio Nobel de la Paz a Su Eminencia, nuestro paisano, el cardenal Miguel Obando y Bravo: un chontaleño universal.

El autor es analista político.
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