Revolución
Roberto Carlos Guillén Hernández
El 11 de julio se celebró el inicio de la revolución liberal en León, como comienzo de la lucha interminable por la democracia de los nicaragüenses en los albores del siglo XX. La revolución liberal, al entrar triunfante a Managua el 25 de julio por la llamada —desde entonces— Calle del Triunfo, significó el inicio de una casi década y media de desarrollo socioeconómico para una sociedad acostumbrada a la administración conservadora de los 30 años.
Con la revolución de 1983 se establecieron derechos que ahora se dan por sentados, pero que entonces significó la conversión de Nicaragua en un estado moderno: libertad, pensamiento, culto, enseñanza, de trabajo, de testar, ruptura del concordato, abolición del diezmo; y primicias como la separación Estado-Iglesia, prohibición de legado a manos muertas, libertad civil de la mujer, secularización de los cementerios, voto electoral directo, autonomía municipal, abolición de los fueros, entre muchas otras reformas.
Pese a todo esto, por injusticia histórica a Zelaya se le tildó de dictador, opresor, caudillo, por la influencia de sus enemigos y la intervención norteamericana y del gobierno post-Zelaya (conservador). Es cierto que Zelaya no fue un gobernante perfecto, pero como dijo Martí: “A Bolívar, de Venezuela; San Martín, del Río de la Plata; Hidalgo, de México y Zelaya de Nicaragua, se le debe perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue más grande que sus faltas.

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