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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 12 DE JUNIO DE 2004
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La noche de los anillos

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Manuel García, Personaje de El Güegüense_fragmento, 26.5 x 41. 5 cm, óleo sobre madera, 1978.

 

Jorge Eduardo Arellano/(Académico de la Lengua)

Sólo dos escritores contemporáneos de Nicaragua, y al mismo tiempo periodistas, optaron por su hipocorístico como nombre literario: Manolo Cuadra (1907-1957) y Chuno Blandón (1940). Si el primero lo hizo desde muy temprano (aunque a sus 22 años, en 1929, firmó Perfil, su mejor poema en la revista granadina Criterio), el segundo tardíamente. Mejor dicho, hasta La noche de los anillos, su segunda novela.

Pero a Jesús Miguel Blandón todo el mundo lo ha conocido como “Chuno”. Lo que se ignora es la enorme experiencia vital, relacionada con los acontecimientos políticos de Nicaragua hasta 1979, de este notable comunicador, cantautor, doctor en Leyes y literato que es “Chuno”. No detallaré sus datos curriculares en el campo de la radiodifusión, por ser — además de muchos conocidos— protagónicos. Ni trazaré una semblanza de su persona ni de su personalidad. Datos y semblanza que se hallan, aunque sucintamente, en las obras críticas y de referencia de las cuales soy autor.

Pero no dejaré de reiterar su importancia en la historia de nuestro teatro como actor y autor. Humorista nato, “Chuno” se inscribió como miembro del Teatro Experimental de la UNAN, en León, dirigido por el español Jaime Alberdi, en el género “cómico”. Entonces estudiaba la carrera de Derecho y tenía 22 años. Luego debutaría en Angelina o el honor de un brigadier, de Enrique Jardiel Poncela (1901-1952)

Marcado por el humor, de la caricatura de sus personajes y las situaciones grotescas próximas a la gracia del absurdo —característicos de Jardiel Poncela—, “Chuno” acometería dos comedias que hicieron época: El más querido (representada por su grupo de actores radiales, los irrepetibles del El tren de las seis) en julio de 1982 y El nacatamal de oro (1985). Farsas genuinas, ampliaban y afinaban los elementos del carnaval universitario. En el caso de la última, dirigía sus dardos satíricos a la corrupción y métodos electorales del somozato.

Los papeles serios o dramáticos también llegó a dominarlos como actor, por ejemplo al interpretar el yanqui de Por los caminos van los campesinos, primera obra teatral nicaragüense televisada en 1972; y ese mismo año, con Evelyn Martínez, participando en La puerta, de Rolando Steiner. En el drama de Pablo Antonio Cuadra, “Chuno” intervino también como productor y adaptador.

Volviendo a sus dos obras escritas, fundió en ellas la creatividad y la intuición, el acoplamiento inmediato de las escenas y otros recursos efectivos. En el caso de Cuartel general (1989), pese a estar escrita sin puntuación a lo Joyce, se lee sin dificultad, disfrutándose como “una emboscada continua llena de graciosos y sorpresivos disparos, fuego graneado de imaginación, anécdota e historia desconcertante”. Chuno la hilvana sin hilo narrativo, pero con sustrato histórico y —como lo reconoció Sergio Ramírez en carta privada y manuscrita al autor del 8 de agosto de 1988— “cargada de chispa, como un pedernal que afila cada escena: el humor es parte de la vida pueblerina que se cuenta, de la saga histórica y del aliento sostenido del libro”.

Una vasta acumulación de recuerdos, sin embargo, estaban pendientes de ser revelados, escriturizados. Y así surgió su crónica Entre Sandino y Fonseca (1979), reeditada un par de veces: recuento objetivo, directo y preciso, de las intentonas revoltosas y revolucionarias que precedieron a la insurrección popular que abatió a la dictadura. Se trata de un libro que no ha perdido vigencia, del germen de La noche de los anillos que, en última instancia, no es sino una prolongación ficcionalizada de Entre Sandino y Fonseca.

Macrocosmos narrativo del norte nicaragüense, especialmente matagalpino, estamos ante una novela de personajes históricos —el ex G.N., coronel Julio Alonso es, acaso, su principal protagonista—; pero, al mismo tiempo, experimental en su lenguaje. Si no es así, léase este párrafo antológico para confirmarlo:

“La amo, la quiero, la idolatro, la deseo, la sueño, la divinizo, la sublimizo, la hechizo, la endioso, la venero, la venereo, la santifico, la demonizo, la carnalizo, la deifico, la edifico, la añoro, la adoro, lloro, le imploro, me enamoro, sin decoro, con desdoro, a coro, me arrodillo, me humillo, el anillo, amarillo, sin brillo, recelo, repelo, me encelo, me flagelo, me congelo, me estremezco, desfallezco, enflaquezco, enloquezco, no duermo, me enfermo, vago, divago, me estrago, le intuyo, el capullo, le arrullo, lo suyo, la adivino, me inclino, la imagino, la orino, me empecino, la arrincono, me obsesiono, me encono, me encoño, me muevo, me remuevo, me lluevo, de nuevo, me sublevo, me agüevo, torno, retorno, me saforno, me abochorno, la desnudo, la mudo, me demudo, la araño, en el baño, la muerdo, la amo, la inflamo, la hiero, la zahiero, la encuero, la absorbo, la sangro, la desangro, la exployo, la despapayo…¡¡Playo!!, la desmayo, arrecho, me aprovecho, en su pecho, con despecho, cohecho, cuecho, la abrazo, la traspaso, la tomo, por el lomo, romo, la veo, la volteo, me recreo, la manoseo, la mareo, la meneo, la reto, la aprieto, la arremeto, la irrespeto, la espeto, juego rodereto y beto beto, soy ridículo, ventrículo, versículo, montículo, la vinculo, la inoculo, soy chusco, brusco, verduzco, la induzco, la deduzco, profano, insano, inhumano, hermano. Mano”.

¿Erotismo verbal? ¿O verbalismo erótico? Ésta es sólo una muestra de la gran novela, del novelón de Chuno a la que Iván Uriarte, Erick Aguirre y Carlos Chamorro Coronel, le han consagrado reseñas atinadas. Yo prefiero la del último por su brevedad y concisión, por detectar otros elementos fundamentales con las cuales coincido:

“Sin animosidad para nadie, ni siquiera para la G.N., es también una novela amistosa, conciliadora, inofensiva en el sentido que no es dañina. Todo atemperado por el humor sano, aunque algo seco, del autor”.

(Fragmento)  
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La noche de los anillos