España, aparta de mí este cáliz
Nicasio Urbina
El atroz ataque terrorista en Madrid el 11 de marzo ha vuelto a poner al mundo en jaque. España ha sido herida en lo más profundo de su ser por la barbarie de la violencia terrorista. Todos los que amamos a España nos hemos visto consternados por los centenares de muertos y heridos, por las manifestaciones multitudinarias en las calles, y hemos visto la lección de democracia que el pueblo español le dio al mundo al elegir, contra todas las predicciones de las encuestas, al candidato del Partido Socialista Obrero Español, José Luis Rodríguez Zapatero. Aunque es preocupante que un acto de terror haya influido en el resultado de los comicios de esa forma, es ejemplar la manera en que la democracia le cobra al Partido Popular el haberlos llevado a una guerra que la mayoría de los españoles rechazaban. Esto demuestra que los gobiernos deben escuchar a su pueblo y hacer lo que las mayorías dictan, y no lo que sus intereses personales y partidarios les sugieren hacer. “El pueblo es ignorante” piensan muchos políticos, “yo estoy mejor informado y sé lo que hay que hacer”. Sin embargo fue ese pueblo ignorante el que eligió al político y por lo tanto su obligación se debe a su electorado, y no a las condiciones geopolíticas imperantes.
Para los que nos opusimos siempre a la guerra en Irak en la forma en que se llevó a cabo, la historia está demostrando que nada justifica los actos de violencia y de destrucción masiva. Los gobiernos dictatoriales y corruptos como los de Saddam Hussein, el Talibán, Fidel Castro y Hugo Chávez, no deben ser apoyados ni justificados en ninguna forma. Son gobiernos que por sus mismas acciones han caído en la ilegitimidad y la represión. El mundo no puede tolerarlos y todas las naciones democráticas del mundo tienen la obligación de oponérseles, de denunciarlos y de contribuir al cambio democrático en sus países. Mas ninguna nación, débil o poderosa, tiene la autoridad para invadir a otra, bombardearla, ocuparla y tratar de forjarla a su imagen y semejanza. Más de diez mil civiles, mujeres y niños murieron en la invasión norteamericana a Irak. Inocentes iraquíes, víctimas de la barbarie del Partido Baath de Saddam Hussein, que asustadas y trémulas se escondían en sus casas abrazadas de sus hijos. En términos humanos es el equivalente a más de tres ataques a las Torres Gemelas. No creo que haya forma que pueda justificar esa barbarie, aparte del cinismo y la hipocresía. Sin embargo el mundo tenía que deshacerse del déspota. Un déspota que fue armado y apoyado por los mismos Estados Unidos cuando luchaba contra el estado fundamentalista en Irán. Hoy EE.UU. tiene más enemigos que antes, y casi ochocientos norteamericanos han muerto en combate. Me parece que los mayores ganadores aquí han sido Halliburn y las compañías afines a la administración Bush. Irak será un lugar de conflicto por muchos años más y si gana la mayoría shiíta podemos esperar un estado fundamentalista y sangrientos conflictos con los otros grupos étnicos. La respuesta a los problemas del mundo no es fácil y EE.UU., como primera potencia mundial y ejemplo de democracia, tiene una responsabilidad enorme. Nunca se podrá quedar bien con todos. Por eso es que debe trabajar con las Naciones Unidas y la comunidad internacional, bajo una política de consenso.
El triunfo del PSOE en España lo están usando ahora los izquierdistas trasnochados para vaticinar la segunda resurrección de la izquierda en América Latina. El caos político y económico que está viviendo Venezuela, y la miseria que sufre el pueblo cubano a manos del dictador Fidel Castro, debe servirnos como ejemplo de que las dictaduras de izquierda no son la respuesta a los problemas sociales del mundo. Un gobierno democrático de centro que balancee mejor la distribución del ingreso, que impulse la inversión social, y que invierta más en los más débiles, es necesario para enmendar el rumbo que este principio de siglo ha marcado. Los gobiernos de Brasil, Argentina y Chile han demostrado mejor tacto y mayor cordura al manejar sus finanzas y sus programas sociales. Necesitamos un balance entre políticas económicas ágiles y sanas, que beneficien la libre empresa y el desarrollo del capital, junto con el bienestar social de las mayorías y los trabajadores. Éste será uno de los grandes temas de la campaña electoral en EE.UU. El PSOE no va a echar por la borda el bienestar económico que heredará del Partido Popular, pero definitivamente se distanciará de la política internacional de EE.UU. Los partidos de izquierda tendrán que evolucionar si quieren seguir siendo actores en el teatro político. Schafik Handal en El Salvador no ganó porque su plataforma política se quedó en los años ochenta del siglo pasado. Todavía su carro arrastra los perros de la guerra y no ha sabido evolucionar con la posmodernidad. El mismo destino le espera a Daniel Ortega.
Hay que restituir a la Naciones Unidas el liderazgo y la autoridad para mediar en los problemas políticos internacionales. Sólo ellos tienen la representatividad de la comunidad de naciones, sólo a través de ellos podemos mediar, negociar y resolver democráticamente los problemas políticos de nuestro mundo. El ritmo de la ONU es lento, como es lento el ritmo de la democracia. Por eso hay que ser paciente y apoyarlas a ambas. También es lento el Congreso de EE.UU., es lento el Parlamento Europeo, es lenta la Corte Internacional de La Haya. Cuando un país o un grupo pretenden resolver los problemas rápidamente y por su cuenta, caemos en el cáliz de la injusticia, en el terrorismo y el error.
Federico García Lorca, el gran poeta español, dice en su Casida del llanto: “He cerrado mi balcón / porque no quiero oír el llanto, / pero por detrás de los grises muros / no se oye otra cosa que el llanto”. Ese llanto del pueblo español lo hizo cambiar a sus gobernantes porque no habían escuchado la voluntad popular. El pueblo de Nicaragua está en llanto por la miseria en que vive y por la turbia naturaleza de las negociaciones políticas. Veremos qué tipo de mensaje nos manda el día de las elecciones municipales. El PLC lleva muy buenos candidatos, pero necesita escuchar el llanto de los nicaragüenses, enmendar sus prioridades; trabajar por el bien de la nación, no por el bien personal, el crecimiento de su capital ni el beneficio de sus adláteres. Si no tendremos que decir como el inolvidable César Vallejo: “España, aparta de mí este cáliz”.
El autor es catedrático de Universidad de Tulane en Nueva Orleáns.

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