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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 20 DE NOVIEMBRE DE 2004
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Romper el silencio

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Ramiro Lacayo Deshon. Arboleda, óleo sobre tela, 2003.

 

Luis Enrique Mejía Godoy*

Salí como siempre, a las cinco en punto de la tarde de mi turno de trabajadora de la Zona Franca donde todo el santo día coloco botones a unas camisas de marca extranjera que después aparecen vendiéndose en los grandes establecimientos de Metrocentro o en el Mercado Oriental.

Decidí no tomar la Ruta 114 que todos los días me deja a dos cuadras de mi casa en aquel barrio de mala muerte donde vivo, mejor dicho, sobrevivo, con Terencio desde que nos casamos.

Vi venir un taxi todo destartalado pero sin pasajeros, entonces lo paré y le pregunté al chofer por cuánto me llevaba al Bar Los Coctelitos. Nos arreglamos por cinco pesos y me acomodé en el asiento trasero. No me gusta irme en el asiento de adelante porque los choferes son unos frescos y más cuando va una sola.

Sentí que el taxista me vio las piernas por el retrovisor y le sonreí por no dejar. En la radio sonaba el bolero de Jaramillo: “Te odio y te quiero, porque a ti te debo mis horas amargas, mis horas de miel...” Ahí fue donde agarré fuerzas no sé cómo ni de dónde. No quise que el chofer me viera las lágrimas y saqué de la cartera el delineador para hacer como que me maquillaba. La cabeza me daba vueltas con la letra de Jaramillo: “Me muerdo los labios para no llamarte, me queman tus besos me sigue tu voz...” El requinto del trío seguía matándome a pedacitos... Entonces recordé los golpes que el desgraciado de Terencio me daba cuando regresaba borracho a la casa y las penqueadas que le daba a los chavalos con un chilillo. La última vez me dio con un tubo en las costillas y me amenazó con pegarle fuego a la casa si no llegaba antes de las seis de la tarde.

En ese momento fue que lo decidí: Hoy, o me voy de la casa, o lo mato... Vi enmarcado en el espejo retrovisor el bigotito del taxista y sus dientes encaramados que me recordaban a Terencio cuando en aquellos años éramos novios y me llevaba al Malecón. Jaramillo terminó su turno y el locutor dio la hora.

Déjeme aquí nomás, le ordené al chofer. Me bajé en la gasolinera de la esquina. A una cuadra está el Bar Los Coctelitos. Pedí una cerveza y rompí el silencio. Hoy si, le dije a Pedro el cantinero, el único que conoce mi verdadera historia y mi desgracia. Me voy de la casa, o lo mato.

Lo demás ya lo saben ustedes porque salió con detalles en la página 8B de Sucesos de La Prensa del martes pasado.

* (Cantautor nicaragüense)  
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