Plástica
Arte en Centroamérica 1980-2003. Últimas tendencias
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Patricia Belli. El circo, 2000. Instalación muñecos de trapo, cuerdas y poleas, dimensiones variables. (Detalles) |
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María Dolores Torres*
Aunque la mayoría de los países de Centroamérica coinciden en el desarrollo de su historia, su sociedad y su
política, su dependencia e independencia, cada uno de ellos presenta múltiples particularidades al reflejar en sus
manifestaciones artísticas lo que Jean-François Lyotard ha definido como “la condición postmoderna”. En ellas, hay ecos de muchas voces producto de las múltiples transculturaciones, unidas a las voces locales, regionales y universales que conforman todo nuestro imaginario cultural
BELICE
Hasta ahora, la gran ausente, desconocida y desintegrada del contexto cultural del istmo centroamericano, cuenta con una producción artística sumamente joven. Conocida como Honduras Británica en el siglo XIX, fue colonia del Reino Unido desde 1862, logrando su independencia en 1981. Comparte con el resto de la región el rico legado maya y con el Caribe su carácter multiétnico, multicultural y multilingüe. A diferencia del resto de países del istmo, no cuenta en su historia con la violencia y las dictaduras que han caracterizado al resto de la región y a pesar de que la influencia cultural dominante ha sido la británica, coexisten varias culturas, religiones, idiomas y etnias, democráticamente.
Sus manifestaciones artísticas son recientes —como reciente es su independencia— y en ellas es evidente la influencia de tres fuentes principales: las islas del Caribe, América Central y Estados Unidos. En la década de 1990 se destacan varios grupos de artistas jóvenes y en 1995 fundan The Image Factory, una institución sin fines de lucro dedicada a la promoción de la cultura beliceña y del arte contemporáneo. Sus exposiciones comprenden varias áreas: arte, historia social, arqueología y antropología. Además, publican periódicamente el suplemento cultural INTRANSIT y acompañan todas las exhibiciones de un catálogo sobre el artista y su obra. Las expresiones artísticas se caracterizan por su carácter polifacético y plural, de tal manera que un artista es pintor, escultor, instalacionista o performero, figurativo o abstracto. La mayoría ha estudiado en Estados Unidos y están familiarizados con el lenguaje de la “mainstream”.
Usando la escultura como medio primario y combinando lo conceptual con lo realista, Santiago Cal (1973) lleva a cabo sorprendentes instalaciones utilizando diferentes medios, como madera y moldes de yeso, para representar a través de cabezas que soportan el peso de unas grandes nubes, el vigor del pensamiento y la fuerza de las ideas. Damián Perdomo (1976) es escultor y objetista, quien a través de residuos y objetos encontrados, construye esculturas y cajas mágicas creando un arte bello y profundo a partir de materiales poco convencionales. La tecnología está presente en las instalaciones de Gilvano Swasey (1975), con un arte eminentemente conceptual, por medio del cual alude irónicamente a la cultura descartable del consumismo mediante imágenes digitales en duratrans y cajas metálicas. También recurre al objeto ensamblado para realizar una crítica social y como pintor es un notable realista. Dentro del Land Art destacan de manera especial los trabajos de Luis Ruíz (1967) en Benque Viejo del Carmen. Sin embargo, entre toda esta generación de artistas jóvenes, el más polifacético es Yasser Musa (1970), poeta, pintor, escultor, historiador del arte, fotógrafo y director de la Image Factory. Su arte ha evolucionado entre las más diversas tendencias: realismo, expresionismo abstracto e informalismo y, buscando nuevas formas de representación, también incursiona en el Land Art. Son de notable interés sus trabajos conceptuales con el icono globalizado de la CNN y las imágenes digitales con el Banana boy, muñeco artesanal, fotografiado en instalaciones diversas y en los ambientes más dispares: en un nacimiento, entre fósiles y extraterrestres, en los jardines de las Naciones Unidas y en el Heian Shrine de Kyoto.
Dentro de este panorama multicultural, Michael Gordon (1963) se expresa a través de una pintura neoexpresionista que codifica la fisonomía del rostro humano, Sergio Hoare (1975) es usuario del neorrealismo y Sandra March (1952) de un estilo naïf rupturista y revolucionario, opuesto a los modelos establecidos por la elite colonial. Alfonso Gálvez (1969) es escultor y la madera es su material preferido. Aunque usa un medio tradicional, su estilo no es derivativo sino portador de nuevas formas y significados. George Gabb (1935), pionero e innovador, también utiliza la madera para esculturas y ensamblajes constructivistas. En fotografía, destaca Jeannie Shaw (1976) y su obra se caracteriza por la sutil manipulación de las imágenes, refotografiando diapositivas superpuestas en las que funde la arqueología y el sustrato cultural maya con sus propios autorretratos.
No podría cerrarse este panorama artístico y cultural sin mencionar la decisiva influencia del artista catalán Joan Durán (1947) quien reside en Belice desde 1972 y mantiene un indiscutible liderazgo en las artes, siendo el principal impulsor de la Image Factory y curador de la muestra Zero, exposición mediante la cual se realizó el primer encuentro con el arte beliceño en el caribe insular. De reconocida trayectoria internacional, pintor informalista y matérico y autor de sorprendentes instalaciones, también ensambla objetos, realiza vídeos y fotomontajes y busca la recuperación de un humanismo integrador, a través de un arte que reivindica la validez de cualquier medio y que se rebela ante las imágenes convencionales.
No deja de ser sorprendente un arte tan renovador, especialmente tomando en cuenta que todavía en 1960 —cuando toda Centroamérica estaba en el apogeo vanguardista— la jerarquía colonial imponía en Belice los modelos europeos, menospreciando a los artistas que se salían de los patrones convencionales. Aunque hasta la fecha, no ha habido presencia femenina en la Image Factory, actualmente la mujer está comenzando a integrarse de manera independiente, dentro del panorama cultural. Pese a ser considerada “a nation in the making”, el desarrollo cultural de Belice en ningún momento es inferior al resto del istmo.
NICARAGUA
Desde mediados del siglo XX, Nicaragua ya se había incorporado con derecho propio al panorama artístico continental, a pesar del mito identitario que hasta hace poco tiempo la definiera como tierra de poetas. Sin embargo, el arte de las dos últimas décadas hay que ubicarlo no sólo en el contexto de la postmodernidad sino también en el de sus propias crisis históricas. La década de 1980 se inicia con el triunfo de la Revolución Sandinista, logrado en julio de 1979, y con la formación del Ministerio de Cultura en agosto del mismo año, se creó un programa destinado al rescate y difusión del patrimonio cultural. A pesar de una situación política controversial y del enfrentamiento con Estados Unidos en una lucha desigual así como una economía debilitada por la guerra de baja intensidad, floreció un desarrollo artístico multicultural y pluralista del que surgirán las jóvenes generaciones del presente. La mujer adquiere una especial importancia en este período, inscribiéndose con derecho propio dentro del panorama artístico, en una sociedad dominada por el sistema patriarcal.
Bajo ese signo plural surgen en la década de 1980 las primeras instalaciones, el ensamblaje de objetos encontrados y la escultura con medios no convencionales. Dentro de las tendencias no figurativas destaca la obra de Denis Núñez (1954) quien al principio es usuario del informalismo matérico y posteriormente de una pintura de acción, cuyas pinceladas gestuales encubren un universo lúdico y fantástico. Ernesto Cuadra (1951) es pintor gestual, usuario de las instalaciones y los performances, a través de los cuales establece un diálogo entre la gestualidad corporal, la acción pictórica y el cuerpo como escultura. Si bien se inicia como pintor metafísico, David Ocón (1949) pasará a ser usuario del apropiacionismo, utilizando la iconografía de la historia y de la cultura popular para recrear, a través de un lenguaje neo-pop, un arte subestimado por las elites. También realiza esculturas constructivistas con materiales no tradicionales, para desarrollar nuevas estrategias de comunicación. Luis Morales (1960) es otro artista que se aparta de las técnicas convencionales y utiliza láminas de metal para crear esculturas y obras bidimensionales con un lenguaje sígnico de raigambre precolombina. En sus instalaciones utiliza varias formas de expresión, combinando escultura, dibujo, pintura y fotografía, para presentar diferentes contextos históricos y culturales.
La producción de estos artistas abarca un tiempo social donde es difícil diferenciar el antes del ahora, pues en su obra hay una relación de continuidad y, además, no adoptan ningún estilo definitivo pues las prácticas artísticas van desde lo tradicional hasta lo más heterogéneo. Además de las propuestas renovadoras a nivel individual, existen pronunciamientos colectivos como Artefacto, formado en 1992. Si bien carecen de manifiesto ideológico, abogan por un arte experimental, se oponen a la promoción de un arte complaciente y defienden una producción artística al margen de las galerías. A través de la Artefactoría, su espacio alternativo, han realizado exposiciones independientes y sus aportes a la contemporaneidad son de capital importancia. Son integrantes de este colectivo y de la revista del mismo nombre, David Ocón, Denis Núñez, Raúl Quintanilla, Aparicio Arthola, Patricia Belli y Teresa Codina. A partir del 2003, la revista cambió de nombre pasando a llamarse Estrago.
Dentro del grupo, Aparicio Arthola (1951) es pintor y escultor neoexpresionista, cuya obra se caracteriza por su dramatismo y su estética anti-convencional. Sin embargo, Patricia Belli (1964) es la artista más polifacética: pintora y escultora, usuaria del assemblage y las instalaciones, su obra está basada en la experimentación conceptual y en el uso de los textiles como material escultórico. A través de la pintura combinada y las instalaciones crea un nuevo discurso plástico recurriendo a materiales no tradicionales como telas cosidas, espinas o prendas de vestir, donde las costuras aluden a heridas y cicatrices y conllevan un proceso de sanación y regeneración. Sus instalaciones con muñecos de trapo, cuerdas y poleas se convierten en una crítica irónica de los abusos del poder y de la instrumentalización del ser humano.
Dentro del neo-vanguardismo la presencia de la mujer sigue siendo fundamental y Patricia Villalobos (1965) aborda en su obra el tema de la transculturación para aludir a su problemática personal, como residente en Estados Unidos, y a su existencia bilingüe. A través del grabado, la pintura, la fotografía y las vídeo-instalaciones, su propio cuerpo fragmentado y disperso, es el epicentro de sus desencuentros y reencuentros con su propia identidad. Cristina Cuadra (1966) también presenta una diversidad de estilos por medio de sus esculturas metálicas, objetos manufacturados y performances al aire libre, creando una escultura social colectiva, que involucra al espectador. María Gallo (1954) se caracteriza por una pintura donde domina el tema de la mujer y por sus xilografías intervenidas con collages de papel celofán, reivindicando los materiales pobres y no tradicionales. También es usuaria de las instalaciones para abordar el tema de la violencia social.
Siempre dentro de las propuestas rupturistas, sobresale la obra neo-informalista de Rodrigo González (1965) quien a través de las instalaciones y de la pintura matérica realiza proposiciones muy renovadoras, abordando el tema del medio ambiente y la marginalidad. Igualmente, Reynaldo Fernández Téfel (1969) propone un nuevo concepto de la pintura, cuestionando los límites de lo manual y de los soportes convencionales, al mismo tiempo que explora el problema de la transculturación. Sin embargo, Javier Valle (1973) se sitúa dentro de un lenguaje más tradicional, afín al surrealismo y, finalmente, Alicia Zamora (1978) se expresa a través del grabado y sus xilografías de fuerte sesgo neo-expresionista, mantienen un contenido liberador y vital. Es usuaria de soportes no tradicionales que liberan al medio de su habitual rigidez.
La fotografía adquiere su mayor desarrollo en la década de 1980, dentro del contexto revolucionario, debido al impacto y poder comunicativo de las imágenes. El género documental y el fotoperiodismo alcanzarán un gran auge propiciando la aparición de notables artistas, en su mayoría mujeres. Entre ellas, se destaca Margarita Montealegre (1956) con una obra relacionada con el fotoperiodismo y Celeste González (1954) con la fotografía experimental. Sobresalen de manera especial María José Álvarez (1955) y Claudia Gordillo (1954) quienes llevan a cabo todo un rescate antropológico, artístico y cultural de la Costa Caribe Nicaragüense. Las diferentes etnias —miskitos, mayangnas, ramas, garífunas, creoles y mestizos— aparecen registradas como parte de la identidad nicaragüense para mostrar los grupos subalternos que fueron tradicionalmente ignorados y marginados por el discurso colonial.
Hasta hace poco tiempo, a diferencia de Honduras y Belice, los exponentes de un arte experimental en Nicaragua eran artistas cuya edad oscilaba entre los 30 y 40 años (caso del Grupo Artefacto), aunque por sus resultados se ha considerado como un “arte joven” y rupturista, creador de nuevos espacios alternativos. Sin embargo, en el año 2001 surgió TAJo (Taller de Arte Joven), como resultado de una convocatoria pública realizada por Patricia Belli, coordinadora del taller y su principal impulsora. Uno de los principales objetivos de Patricia Belli, respecto del recién formado taller, es “construir capacidades críticas en artistas jóvenes y fomentar una visión del arte generadora de cuestionamientos estéticos, sociales, políticos y culturales”. Entre sus proyectos más recientes, está el desarrollo de un arte público mediante acciones plásticas realizadas en las calles de Managua, utilizando el espacio urbano para cuestionar la realidad y crear un nuevo espacio formativo, que transcienda los límites de un museo o de una galería, de manera que el arte llegue a formar parte de la vida diaria.
Casi a los dos años de su fundación, los resultados de TAJo no se hicieron esperar y en el 2003, estos artistas, menores de 30 años, recibieron un merecido reconocimiento en la IV Bienal Nicaragüense de Artes Visuales, organizada por la Fundación Ortíz-Gurdián, destacándose de manera muy especial Wilbert Carmona (1983), ganador del primer lugar. La obra de Luzby Martínez (1972) y Valentina Bosio (1981), otros dos integrantes del grupo, también fue positivamente valorada. Los nombres de otros artistas como Rodrigo Pacheles Pasos (1981) y Ernesto Salmerón Castro (1977) figuran entre los nuevos valores. Todos ellos son usuarios del vídeo, los performances, el arte conceptual y los multimedia.
En suma, los artistas nicaragüenses han entrado a la contemporaneidad y, además de usar medios convencionales, documentan la realidad, transforman y elaboran objetos, realizan instalaciones, performances y vídeos en el marco de la diversidad cultural, construyendo y deconstruyendo identidades.
COSTA RICA
costa rica
Cuenta en su historia artística con una de las más antiguas escuelas de Bellas Artes, fundada en 1897 y tal vez por esa razón, la pintura académica dominó hasta 1958, año en que tuvieron lugar las primeras exposiciones de arte abstracto. En 1961 fue fundamental el impulso del Grupo Ocho para introducir en Costa Rica un lenguaje artístico contemporáneo. Sin embargo, en la década de 1970 con el apogeo del Mercado Común Centroamericano se iniciaron importantes cambios a partir de la creación del Ministerio de Cultura Juventud y Deportes hasta culminar con la fundación del Museo de Arte Costarricense en 1978. Ya en la década de1980, con la inauguración de la Galería Nacional de Arte Contemporáneo y la creación del Grupo Bocaracá en 1987, el arte costarricense da un gran salto hacia la contemporaneidad con un nuevo ideario estético.
Aunque el propósito inicial de este grupo fue el de exhibir juntos, posteriormente —sin desunirse— adoptaron formas de expresión diferentes, manteniendo cada artista su individualidad. Compuesto por Ana Isabel Martén (1961), Roberto Lizano (1951), Fabio Herrera (1954), Luis Chacón (1953), Pedro Arrieta (1954), José Miguel Rojas (1959), Florencia Urbina (1964), Rafael Ottón Solís (1946), Mario Maffioli (1960) y Leonel González (1962), presentan como característica común un fuerte colorido y una posición rupturista. Algunos se caracterizan por su tendencia hacia la abstracción y el neoexpresionismo —Rojas, Martén, Herrera, Maffioli, Chacón— otros por el neo-pop —Urbina, González— o reinterpretaciones del Arte Povera, usando como soporte cajas de cartón —Lizano—o bien las instalaciones de índole social y religiosa de Ottón Solís. Paralelamente al grupo, se desarrolla el trabajo de otros artistas como Otto Apuy (1949) instalacionista, pintor y dibujante, Gioconda Rojas (1967), quien trabaja con espacios interiores combinando el diseño gráfico con lo pictórico y el caso excepcional de Marisel Jiménez (1947) que lejos de anclarse en lo tradicional, realiza sorprendentes instalaciones y utiliza diferentes clases de materiales para cuestionar la violencia y el abuso de poder.
La década de 1990 se caracteriza por su afán de renovación y su proyección a nivel regional e internacional. Un factor de suma importancia en esta proyección ha sido la creación del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo en 1994, quien no sólo incluye el arte costarricense en sus exposiciones, sino que se ha preocupado por incluir a los diferentes países del istmo y del Caribe insular. Fue de capital importancia Mesótica II, Centroamérica: re-generación, exposición que recorrió varias ciudades de Europa, organizada por Virginia Pérez-Rattón y curada por Rolando Castellón, en 1996. En ella incluyeron pintura, escultura, fotografía, instalaciones y vídeos, presentando múltiples propuestas artísticas. El cambio de discurso conlleva una nueva actitud estética que será decisiva en el arte de la última década y los artistas abogarán por un arte más contestatario. En este sentido, es de especial relevancia la presencia de la mujer en el arte, aventurándose a crear nuevos espacios. Destaca la obra de Sila Chanto (1969) en la que combina el grabado con la fotografía creando instalaciones monumentales, llenas de multitudes anónimas, para desmitificar los convencionalismos sociales, denunciando la doble moral y el trato desigual con la mujer. En esta misma línea de las instalaciones, destaca de manera especial Cecilia Paredes (1950), por su hábil manipulación de materiales orgánicos para crear un nuevo discurso estético.
También es usuaria indirecta del Body Art y por medio de la fotografía, transforma su propio cuerpo en una prolongación del mundo natural, convirtiéndolo en una réplica de las especies vegetales o animales. Nadia Mendoza (1978) haciendo uso del apropiacionismo critica con sutil ironía los juegos del poder. La obra de Emilia Villegas (1967) se caracteriza por un lenguaje expresionista y a través del cuerpo humano, dislocado y fragmentado, reclama su propio espacio confrontando la marginación y la subalternidad.
Dentro de las formas expresivas, relacionadas con el mundo postmoderno, las secuelas de la mundialización, la segregación social y las epidemias, se ubica la obra de Andrés Carranza (1975) con su pintura genética sobre el HIV, realizada en acrílico a través de una macroscopia del virus. Lo que a primera vista pareciera una pincelada gestual encubre el problema de una terrible enfermedad. Jorge Albán (1967), Jaime Tischler (1960), Lucía Madriz (1973) y Karla Solano (1971) se mueven con soltura en el campo de la fotografía, especialmente las fotos manipuladas artísticamente, ya sea para aludir a la destrucción medioambiental, al caos de las grandes ciudades, a los problemas de género y al travestismo cultural, a los flujos migratorios y la construcción de nuevas identidades. Otros artistas como Manuel Zumbado (1964) se dedican a las vídeo-instalaciones como una forma efectiva de comunicación, relacionando el arte con la alta tecnología.
En lo que a escultura respecta, cuenta con una rica trayectoria desde principios del siglo XX. Pese a compartir el espacio con las instalaciones, existen propuestas importantes como las de Donald Jiménez Mora (1961) y Patricia Sánchez (1966) quienes hacen uso de materiales diversos para ensamblar y construir nuevas formas. Entre las escultoras menos convencionales, se destaca Leda Astorga (1954) quien a través de personajes monumentales y desmesurados transgrede el canon tradicional y desafía mitos y tabúes para cuestionar los falsos valores. Federico Herrero (1978) es un artista sumamente versátil, que combina las instalaciones con la pintura, la escultura y las intervenciones en el espacio público para presentar un nuevo discurso conceptual, evitando lo derivativo y cuestionando la violencia en un mundo desigual. Finalmente, merece la pena destacar la obra de Priscilla Monge (1968), quien goza de gran proyección internacional. Artista sumamente versátil, comenzó como pintora para incursionar posteriormente en la escultura, la fotografía, los vídeos, los assemblages, las instalaciones y performances. La denuncia de la violencia doméstica, del poder masculino y la relegación secular de la mujer, forman parte de su temática. Con humor e ironía, desacraliza viejos tabúes y propicia múltiples lecturas, transgrediendo las formas tradicionales de representación.
Desde 1999, se ha destacado la presencia de TEOR/éTica una organización cultural sin fines de lucro, fundada y dirigida por Virginia Pérez-Rattón. Uno de sus principales objetivos es crear un pensamiento crítico y revitalizar el arte de la región centroamericana y del Caribe, “en búsqueda de la articulación y elaboración de un discurso propio, tomando en cuenta la realidad histórica local como parte de un todo global” (Pérez-Ratton, 1999: 2). Es tarea primordial de la Fundación dar a conocer el arte centroamericano, lograr su proyección internacional, descentralizar las estructuras tradicionales y consolidar un espacio propio.
Actualmente, Costa Rica cuenta con varios museos que promueven y exhiben muestras importantes de arte contemporáneo y sumado al hecho de ser el país más estable social y económicamente, se ha convertido en una gran ventaja para facilitar un desarrollo artístico que ha transcendido el ámbito nacional.
*(Historiadora de arte) (Parte II) 
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