El voto contra el pacto
Mario Alfaro Alvarado*
El 7 de noviembre del 2004 quedará como un hito en la lucha del pueblo por convertir el voto en un instrumento efectivo para alcanzar la democracia.
Más de la mitad de la fuerza votante no se acercó a las Juntas Receptoras de Votos. A esto se le llamó abstención. Una calificación acomodada para explicar la tragedia electoral del pueblo nicaragüense.
Esa abstención —muy abultada— fue un voto negativo de rechazo. La consigna acuñada por Pedro Joaquín Chamorro: “no hay por quien votar”, se convirtió en “sí hay por quien no votar”. La mitad de los votantes se abstuvieron y así votaron contra el pacto de la huaca y la piñata. Con su silencio dijeron ¡No más pacto! Sabe el pueblo que el pacto es corrupción y la corrupción es la causa primigenia de la falta de trabajo, de la inflación que encarece a la canasta básica, del éxodo de trabajadores en busca de empleo, del escaso presupuesto que con dificultad se atienden las demandas de salud y de educación, de los bajos salarios, de los caro e ineficientes servicios públicos.
Sabe que la corrupción son las prebendas políticas, los megasalarios y megapensiones, el sistema de injusticia que por razones políticas o económicas libera a los delincuentes y deja sin defensa a los débiles y humildes.
Ese millón y medio de abstencionistas no son otra cosa que un millón y medio de personas frustradas y desengañadas. Personas que han heredado la frustración de generaciones anteriores. Abstencionismo también quiere decir desconfianza y rechazo.
Contra todo esto —una realidad mantenida con la fuerza por las cúpulas políticas— el pueblo guardó silencio y no votó, se negó a desperdiciar un voto cuya utilidad recién comienza a valorizar.
El pueblo ya sabe que votar es mejorar las condiciones de vida de la población y si el voto no sirve para mejorarlas, es preferible no votar. Esto es lo que significa la abstención del 7 de noviembre.
Durante la larga dictadura liberal del somocismo, el pueblo fue convencido ocho veces para que acudiera a las elecciones. La oligarquía opositora y la oligarquía dominadora se entendieron para que la dictadura ganara las elecciones aunque no las hubiera ganado y la parte oficialmente perdedora recibiría —y siempre recibió— una porción generosa del botín del Estado, es decir del presupuesto nacional.
Sabe la gente que el Partido Liberal fue la base de sustentación política de la dictadura somocista durante más de 40 años. Las jóvenes generaciones se insurreccionaron, vencieron a las fuerzas represivas de la dictadura, desvertebraron las estructuras del liberalismo y dispersaron a sus cabecillas. Todos huyeron. Parecía que la corrupción liberal-somocista había terminado. Pero quedó la mala cepa y ésta volvió a germinar en 1996.
Un amplio horizonte de esperanzas se abrió con la huida del dictador y sus cómplices liberales; pero los que heredaron el poder también heredaron los viejos vicios políticos y el pueblo sufrió una nueva frustración y un nuevo desengaño. Los herederos del poder confiscaron la riqueza nacional, derrocharon los bienes públicos y privados, endeudaron a la nación, depauperaron a los trabajadores e inmolaron a cientos de jóvenes en aras de un ideal totalitario que ni ellos mismos defendieron.
El Partido Liberal es un viejo tronco carcomido por sus vicios y abusos de poder, que no admiten injertos ni negociaciones. Porque con qué objeto se han de negociar las reservas morales de la juventud nicaragüense para que el pacto y la corrupción sigan en vigencia. El Partido Liberal está profundamente contaminado de caudillismo mesiánico, de continuismo obcecado por el poder y por una corrupción descontrolada en sus propósitos y aspiraciones. ¿Qué otra cosa significa haber entronizado en la cima del partido a un corrupto —como antes entronizaron a tres dictadores Somoza— y lo han convertido en símbolo viviente de la corrupción política que atosiga a este país?
Y los sandinistas no están lejos de esta evaluación. Qué se le puede injertar al FSLN para que recupere lo que nunca tuvo; pues nació contaminado por los mismos vicios y dolamas de los partidos tradicionales. Los efectos nefastos de la piñata seguirán atormentando como un cilicio a la sociedad si no se hace justicia, si los bienes robados no regresan a sus legítimos dueños. Y esto no se logra si continúan vigente el pacto libero-sandinista a través del cual han juntado sus intereses antipueblo la huaca y la piñata.
El pueblo necesita tener una motivación profunda hacia el cambio, como la que lo motivó en las elecciones de 1990 para derrocar al totalitarismo frentista y darle paso a la democracia. Esa motivación debe apoderarse de la conciencia popular y traducirse en una acción política para eliminar del poder a dos pandillas igualmente corruptas. No debe volver a escoger al menos malo, al menos corrupto, al menos despilfarrador; debe votar por un programa de gobierno aprobado con antelación por el pueblo. Ya sabrán los votantes o quién o quiénes serán leales a ese programa y a ellos les darán sus votos.
* El autor es periodista

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