El futuro en suspenso
Joaquín Absalón Pastora*
La seguridad Social anduvo bien en Nicaragua cuando la condujeron los timones pioneros Felipe Rodríguez Serrano, José Antonio Tijerino Medrano y Abraham Rossman. Posteriormente, funcionarios con una endeble hoja de vida en la invalorable asistencia social, no pudieron sostener ni enriquecer los principios —los objetivos— que inspiraron a la institución. Le cayeron encima ráfagas gruesas y mortales. La nave ahí está, agujereada, pero con símbolos de vida mientras no cuaje la posibilidad de ser hundida por la iniciativa de unos diputados que se han puesto de acuerdo para poner en suspenso el futuro de los asegurados y de los jubilados.
La despiadada agresión contra el aporte de los trabajadores comenzó el 10 de agosto de 1979 cuando el Decreto 35 volteó radicalmente el esquema, al promulgar el “Sistema Nacional Único de Salud”. A partir de ahí, fortunas como las del Seguro Social fueron irresponsablemente asaltadas, yendo el tesoro ajeno a parar al Minsa, en cuyo monopolio —la referencia es con la época— fueron desnucadas áreas de servicio que dejaron en la oquedad a cientos de miles de nicaragüenses que recibían el beneficio de su eficacia. Nadie, mucho menos las deidades del Olimpo, rindió cuentas del asalto y mucho menos que pidiera perdón a la masa perjudicada.
El decreto se produjo pocos días después del 19 de julio. Estaban desesperados por implementarlo. Fue la primera gigantesca piñata quebrada en día festivo. Desaparecieron los servicios diferenciados del INSS. Pero a los trabajadores los siguieron esquilmando con las cotizaciones sin más explicaciones que la de poner la “bota militar” a sus bolsillos. Quedaba oficialmente inaugurada “la gran caja chica” para que otros gobiernos —después— incurrieran en la imitación del antecedente.
Como efecto del despale contra el ramaje del árbol que estaba listo para tributar honores al monumento social, plantado por la suma de los contribuyentes, no quedó ni el tronco que lo soportaba y así fue entregado escandalosamente desnudo al gobierno de doña Violeta en 1990.
Poco a poco se fue cubriendo hasta conseguir la resistencia que le imploraba la necesidad de nacer de nuevo. Y aún así. Aceptablemente recuperada la institución, un señor Aguado le propinó los hachazos que no esperaba. Aquellos, los de ese período, fueron pecados mortales. Los de ahora tienen connotación venial. Una dama al frente de la institución aumentó las pensiones de dos mil millones a unos tres mil trescientos millones de córdobas incrementándose también con cifras considerables las pensiones y jubilaciones.
En este momento ocurre la posibilidad de que en la Asamblea Nacional, en su tendencia de inclinarse hacia lo peor, se discuta el futuro de Nicaragua, un tema difícil de abordar en el seno del Parlamento donde la mayoría de sus representantes no cuentan con el conocimiento ni con la sensibilidad o voluntad humana para comprender o entender las vicisitudes de quienes están situados en las estancias declinantes de la vida, los que se aseguran para tener un soporte automático en las penurias de la recta final, los que se jubilan para recibir en la pasividad remunerada los galardones de una felicidad ganada en el período de trabajo desempeñado en la era dinámica de la juventud.
Cuando se pone sobre el tapete el tema de la plata acumulada de los asegurados y de los jubilados, nadie duda de la intensa sed de justicia de los implícitos que reclaman pura y no manoseada la cosecha en correspondencia con los ahorros que ellos sembraron en tierra anunciada como fértil. Pero el bosque está nuevamente amenazado por los depredadores. Incapaces de nombrar a un Procurador para la Defensa de los Derechos Humanos porque no han podido encontrar “al niño bonito” que satisfaga sus apetencias partidarias y personales, pretenden nombrar al nuevo presidente del INSS y a todo el consejo directivo.
La Asamblea Nacional debería ser una excelente productora de leyes y no un recinto preocupado por la iniciativa de nombrar a los nuevos funcionarios del Estado. Su finalidad, mayoritariamente encomendada, es ¡legislar!
* El autor es periodista.

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