LUNES 29 DE NOVIEMBRE DEL 2004 / EDICION No. 23648 / ACTUALIZADA 2:17 am





EL HUMOR DE




Diálogo, discusión y salida

El viernes y el sábado recién pasados, unas trescientas personas —mujeres y hombres— procedentes de todo el país y pertenecientes a distintas tendencias políticas e ideológicas, o a ninguna, se reunieron en un centro de convenciones de Managua para intercambiar opiniones sobre la situación de Nicaragua.

“Un encuentro por Nicaragua”, llamaron a esa reunión en la que se aplicó el método de “diálogo apreciativo”, el cual, según lo que algunos de sus organizadores dijeron al Consejo Editorial de LA PRENSA durante una visita previa que hicieron a este Diario, consiste en conversar con espíritu positivo para sacar lo bueno que cada quien tiene en su interior, y de esa manera poder entenderse.

Pero algunas personas que concurrieron a dicho encuentro, salieron insatisfechas porque no encontraron allí lo que a su juicio es lo que en realidad está necesitando Nicaragua: una salida cívica, democrática y decorosa al desastre institucional y moral que han causado los “caudillos” Arnoldo Alemán y Daniel Ortega y sus partidos PLC y FSLN. O sea, dijeron, que para ellos el “chiste” no es dialogar por dialogar, y mucho menos para “apreciar” a los que han creado una dictadura bicéfala libero-sandinista, sino que lo que hace falta es construir una fuerza cívica capaz de derrotarla.

En realidad, aunque al “Encuentro por Nicaragua” no llegó nadie de la cúpula libero-sandinista, más vale que no llegaran. ¿Qué sentido tiene sentarse a conversar —ni apreciativa ni despreciativamente— con quienes están apuñalando a la democracia, pervirtiendo las instituciones, creando y repartiéndose nuevos cargos superiores del Estado, saqueando el erario y clausurando toda posibilidad de crecimiento económico y progreso social?

Entenderse con esos sería hacerse sus cómplices. Más bien hay que repudiarlos y aislarlos. Y sobre todo, lo que deben hacer las personas verdaderamente democráticas —sean de derecha, de izquierda, de centro o de ninguna preferencia política e ideológica— es organizar una gran fuerza popular y nacional que sea capaz de tomar las riendas del país y salvarlo del desastre libero-sandinista.

O sea que el “diálogo apreciativo” tiene que ser entre quienes rechazan o no están de acuerdo con la degradación institucional y el manoseo libero-sandinista de la democracia política, que tienen distintos modos de ver la situación y de plantear las soluciones y por lo tanto tienen que poner a un lado sus diferencias, concentrarse en las coincidencias y hacer de su comunidad de interés y aspiración la base de la organización y la fuerza necesaria para derrotar a los pactistas.

Desde los tiempos de los antiguos griegos, creadores y maestros de la filosofía y la política, se conoce que el diálogo —apreciativo, constructivo, abierto, propositivo o como se le quiera llamar— es el modo más apropiado de conocerse las partes, de ventilar los ciudadanos y los partidos sus diferencias los ciudadanos, de resolver efectivamente los problemas de la sociedad. Y lo más importante para entablar un diálogo con fines constructivos —enseñaron y demostraron aquellos antiguos maestros—, es aclarar los términos del diálogo desde el comienzo. Es decir, definir con meridiana claridad que todos estén hablando del mismo asunto independientemente de dónde vengan y cuáles sean sus propósitos.

Eso significa que el diálogo puede tener diferentes sentidos: para conocerse los participantes y aprender unos de otros; porque una de las partes quiere persuadir a las demás; porque todos pretenden encontrar acuerdos que permitan una acción común para resolver determinados problemas; o por el mero placer de conversar.

Por eso hay quienes diferencian el diálogo de la discusión. Dicen que hay diálogo cuando las partes se abren para valorar críticamente sus respectivos puntos de vista, compartir sus ideas, crear algo nuevo y superior a lo que tiene cada uno, entenderse y actuar juntos en la ejecución del entendimiento. Y aseguran que la discusión es el intercambio en el que cada parte explica y justifica sus ideas en contraposición a las de los demás, sin pretender cambiar las posiciones de los otros, ni las propias.

Entonces, las personas y sectores verdaderamente democráticos de Nicaragua deben ponerse de acuerdo, a fin de discutir con los pactistas, o sea para luchar contra ellos y derrotarlos.
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