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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 3 DE DICIEMBRE DE 2005
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El Güegüense: Icono de Nicaragua

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Fiestas de diriamba, el toro huaco. Leoncio Sáenz. Colección Banco Central de Nicaragua.

 

Arnulfo Agüero

El Güegüense, obra teatral del mestizaje cultural surgida a mediados del siglo XVIII, como pieza de ballet hablado en español y náhuatl, con altos valores lingüísticos, literarios y folklóricos, fue elevada a “Patrimonio Oral e inmaterial de la Humanidad”. Así lo reconoció la semana pasada la Organización de las Naciones Unidas, para la Educación, Ciencia y Cultura (UNESCO), entre 43 obras del mundo, con justo mérito para Centroamérica y concretamente para nuestra Nicaragua y su festiva región: Manqueza.

Valga recordar que varias décadas antes, poetas, pintores y artesanos habían reconocido el valor cultural de esta obra, “al rescatarla plásticamente y difundirla culturalmente como uno de los iconos de nuestra nicaraguanidad”, valora también el pintor Carlos Montenegro, uno de los pioneros en pintar sus múltiples escenografías callejeras, las que quedaron perennizadas en su exposición: Iconografía de El Güegüense, exhibidas entonces en la Casa Fernando Gordillo en 1983, en homenaje a la publicación de los 100 años de cumplida esta comedia bailete. Aquí se mostraron 15 dibujos, con títulos alusivos a la obra como: Macho Ratón con paisajes, El Gobernador Tastuanes, El Regidor de vara, Homenaje al Capi (un bailante popular), entre otros.

Para precisar un poco su geografía e historia, en el mapa nicaragüense del sector del Pacífico está la cuna madre del folclor nicaragüense: su nombre es Manqueza (región colonial formada por los pueblos de Diriá, Diriomo, Catarina, Masaya, Masatepe, Niquinohomo y Nandasmo) pero Diriamba vino a ser el corredor principal de las festividades tanto del Macho Ratón como del Toro Huaco, El gigante, y otras expresiones propias del mestizaje que organizaba el antiguo Cabildo Real Indígena de Nuestra Santa Madre en honor al santo patrono, San Sebastián, destaca el historiador Jorge Eduardo Arellano en sus apuntes. Hoy éstas continúan siendo parte de nuestro acervo cultural y un atractivo nacional para los artistas y público, como para el turismo internacional.

Al respecto, Montenegro dice: “Los nicaragüenses estamos descubriendo a Nicaragua, a la vez construyéndola. Nos estamos dando cuenta que poseemos una personalidad, que tenemos nuestras características que nos diferencian de otros pueblos. Poseemos una iconografía nacional. Hay imágenes que en espacio y tiempo sólo a nosotros nos pertenecen”.

Así recuerda que en 1976, la galería Tagüe montó una exposición colectiva sobre el tema del Güegüense. Ahí se dieron cita connotados pintores, como Omar D’León, Alberto Ycaza, Alejandro Aróstegui, Leoncio Sáenz entre otros, quienes en sus estilos pintaron imágenes alusivas a la obra teatral. Esta muestra donde participó, lo impactó sensiblemente motivándolo a investigar más y buscar la “nicaraguanidad”, la que ha promovido al dibujar muchas escenas de manera creativa e historicista, rescatando para el dibujo una imaginería de la indumentaria colonial, su entorno social y urbano.

Según Montenegro, “los primeros en hacer algunos dibujos y tratar como elemento estético, la obra del Güegüense y sus personajes, fueron el poeta Pablo Antonio Cuadra, y el pintor Alejandro Canales, ambos en la técnica del dibujo en trazos rápidos y simples”.

Posteriormente fue retomado por el pintor indigenista, Leoncio Sáenz, adquiriendo así una mayor plenitud pictórica al lograr éste las primeras ejecuciones con mayor tratamiento plástico y creativo. De esta manera, la obra viene a ser redimensionada artísticamente al pasar vigorosamente del mundo del teatro callejero/folclórico, al espacio de la pintura nicaragüense. En la colección de la Pinacoteca del Banco Central, se puede apreciar, por ejemplo, una de las obras de Leoncio Sáenz, titulada: Fiesta en Diriamba (óleo frotado sobre madera, de 1976), así como la sarcástica pintura de Alejandro Aróstegui, El Güegüense (mixta sobre madera, 1976). Pintura bien lograda por precisar su concepto al aludir a un personaje mestizo sin su máscara y haciendo la guatusa. La ironía expresada es obvia en su discurso de burla hacia el español. Asimismo, critica mordazmente la demagogia de los políticos de turno, y de siempre. El primitivista Manuel García pinta sus Máscaras del Güegüense, 1978; Henry Aguilar, con Personajes del Güegüense, 1991; y El Macho Ratón, 1998, en tonos de plata y oro, de Carlos Montenegro. Éste último logra darle continuidad por varias décadas, al investigar su realidad social contemporánea y pintarla en su iconografía, pero desde su particular estilo regionalista, tanto en plumilla en blanco y negro, como en tonos mixtos, de dorados y plateados.

Otra de sus obras de gran formato del personaje del Macho Ratón en tonos grises, se encuentra en el segundo piso del antiguo edificio de la Casa Presidencial. Otras se encuentran en colecciones privadas, como unas 15 de sus obras en la semiabandonada Colección Cortázar, que se encuentra en las oscuras bóvedas del Palacio Nacional de la Cultura. La restauración de estas obras y su pronta exhibición sería lo mínimo que podría hacer el ente rector del “arte y la cultura”. Otro de los pintores que también ha retomado en varias ocasiones la obra como parte de su idiosincrasia cultural nica, pero en Miami, es César Caracas. Su fuerte colorido y sus matices indigenistas son característicos del concepto vanguardista que también promulgó el poeta Pablo Antonio Cuadra, como parte de la búsqueda del “ser mestizo nicaragüense”.

Pero uno de los más tenaces precursores en tratar este tema incansablemente es Henry Aguilar. A principios de los años ochenta, en una exposición colectiva en la Fundación José Dolores Estrada, aprecié su primera obra. Esta era una representación gráfica brillante, con lentejuelas y tonos fosforescentes de El Güegüense, con varios de sus personajes, pintada y dibujada sobre cartón crescent. Para finales de los años noventa, entre sus tantas obras, pintó al Machuca-chile (Homenaje a Don Denis Gutiérrez, q.e.p.d), personaje popular que anduvo siempre descalzo y que bailó por más de treinta años la comedia. Por igual, pintó escenas de la Boda del Güegüense, El baile de San Martín, así como a los catorce personajes de la obra, tales como Don Forsico, Don Ambrosio, la Suche Malinche, el Regidor Real, el Alguacil, y los machos, en varias composiciones.

De esta forma, el tema que Montenegro técnicamente lo logra en blanco y negro y en tonos dorados y plateados, alcanza su esplendor colorístico y una variante plástica cuando Aguilar logra integrar a sus obras una gama de tintas opalinas, tintas chinas, uso de lentejuelas fosforescentes, pinturas textiles y vitrales, creando así una textura de “microcollages luminoso” y suaves relieves multicolores, planos muy modernos. De esta forma, Aguilar con sus pinturas sobre cartón crescent, se ha separado de los diseños indigenistas de Leoncio pintados sobre tela o cartón, y de los dibujos y pinturas de Montenegro, mantener con mayor permanencia la difusión del tema por más de dos décadas y evolucionar artísticamente al innovar su propuesta plástica. En los próximos días este pintor estará exhibiendo una muestra pictórica de El Güegüense, en Honduras, en la sede del Banco Centroamericano de Integración Económica, BCIE, la que está siendo apoyada por la embajada de Nicaragua en Honduras y la Asociación para el Desarrollo Cultural, CAMINOS.

Vale recordar que en 1989, fueron llevadas parte de sus escenas danzarias de El Güegüense al arte público monumental: los jóvenes pintores de la Brigada Rubén Darío, Reynaldo Hernández, Florencio Arthola, Sergio Serrano y el arquitecto Freddy Castellón, tomaron como modelo una obra de Leoncio Sáenz, sobre los bailes de El Güegüense y el Toro Huaco, y lo llevaron al arte mural esgrafiado. Dicha obra —la cual necesita ser restaurada— se encuentra en las paredes exteriores de la Escuela Nacional de Danza.

También los personajes de esta obra teatral han sido pintados ocasionalmente por otros pintores como Emilio González, Oswaldo Cáceres, Gustavo Manzanares, Donald Navas, entre otros tantos, al igual trabajados popularmente por los artesanos de Diriamba y Masaya, en modelos de pequeñas estatuillas de madera y telas, muy coloridas y decoradas con máscaras, pañuelos y espejuelos. Y en recientes años, el escultor Noel Flores, por encargo de la comuna capitalina, construyó varios de los personajes en ronda de esculturas, las que fueron colocadas en la rotonda de Plaza España, exponiendo así su presencia pública como el supremo icono popular de nuestro mestizaje cultural y nicaraguanidad.  
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Una mañana en Monkey Point


José Martí


Primeras apreciaciones


La grafía de El Güegüense


Su sitial en el teatro hispanoamericano


El Güegüense: Icono de Nicaragua


Obra de arte total


El primer personaje de la literatura nicaragüense: El Güegüense


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