Tomás Segovia: Premio Juan Rulfo
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Tomás Segovia en un momento de la entrevista. |
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ALBERTO CABEZAS
El jurado consideró a Tomás Segovia (Valencia, 1927) un “poeta indispensable y una voz central del humanismo hispanoamericano” y señaló que este escritor “se cuenta entre las voces más originales y perseverantes” en lengua española.
En entrevista, Segovia, de 78 años, explicó su visión de la poesía, su condición de desarraigado y su relación con un momento de la historia que le ha tocado vivir y que considera marcado por el cinismo.
Cree que España sufre un problema de memoria histórica que le impide enfrentar su pasado y analizar procesos como el del exilio tras la Guerra Civil (1936-1939).
—Ha hecho obra dramática, ensayo, traducciones, crítica literaria, guiones para televisión. ¿Se siente más poeta que otra cosa?
—La poesía es lo primero que hice, lo que he hecho siempre. Las demás cosas las he hecho un poco esporádicamente. Lo que dicen mis lectores es que soy sobre todo poeta. Acepto ese juicio.
—¿Es más difícil la poesía que otros géneros?
—No sé, a mí me parece más difícil escribir narrativa porque tengo más facilidad para la poesía. En cambio hay muchos narradores que encuentran más difícil escribir poesía. Y luego están los lectores. Generalmente encuentran más fácil la narrativa, pero también a veces hay narrativas que son mucho más difíciles que un poema. Es un poco relativo. Yo digo un poco paradójicamente que la poesía es el arte más realista. No me refiero a la poesía en general sino a la mía, o a cierto tipo de poesía parecida a la que yo hago. No realista en el sentido de la literatura social y temas un poco macabros o truculentos que, muchas veces, cuando hablan de literatura realista, se refieren a ello: literatura negra, pesimista, de denuncia social y cosas de esas.
Para mí con la poesía se trata de lograr el retrato más exacto posible de un sentimiento, de un momento, de una experiencia íntima, pero se trata de hacerlo lo más preciso posible, de eso que es real. Un sentimiento es real, incluso es mucho más real que un movimiento social. En ese sentido digo realista.
También hay una poesía que no es realista en este sentido, la que trata de construir un objeto bello, llamativo, pero no trata de retratar algún aspecto de la realidad, aunque sea de la realidad interior.
He hecho muchas veces un juego al preguntar a mis alumnos cuál es el decálogo del poeta: El primero “no inventar”, el segundo “no inventar”, el tercero “no inventar”, así hasta el diez. O sea, mi idea es que a mí en la poesía no quiero inventar nada, no quiero hacer nada original, nada que no haya hecho nadie. Eso me interesa pero como me interesan las charadas, las adivinanzas, los juegos, pero no es eso lo que a mí me llega a fondo. Eso es tratar de revelar algo, primero a mí, descubrirlo primero y después revelarlo con las palabras, que den una imagen fiel.
Un libro mío se llama así, Fiel imagen (1996), una imagen fiel de lo que me está sucediendo y no un objeto de otro mundo, fuera de la realidad, un objeto precioso. Son estéticas. Hay diferentes posturas ante eso.
“LA POESÍA SIEMPRE HA SIDO MINORITARIA”.
—Hay quienes consideran aniquiladas las grandes colecciones de poesía actualmente. Las editoriales quieren “superventas” y eso ha terminado con la poesía. ¿Considera usted tan enferma la poesía?
—Supongo que se refieren sólo a las grandes editoriales. Ha pasado un poco siempre. Creo que en el futuro, cuando describan esta época nuestra, creo que hablarán de la civilización del cinismo.
Sé que hay otras personas que hablan con mucho pesimismo de la poesía. En un sentido nunca ha estado peor que ahora pero yo he dicho muchas veces que la peor época de la historia siempre es la peor.
Yo creo que la poesía siempre ha sido minoritaria y siempre ha tenido un estatuto parecido, con pequeñas diferencias, que es estar relegada y estar constantemente en decadencia, en ese sentido. No tiene muchos lectores, no da el poder, el triunfo, el éxito, el dinero pero tiene un prestigio que ha tenido siempre y lo sigue teniendo.
De qué nos quejamos, nos leen poco, o mucho, nunca nos han leído mucho. Se puede decir que el padre de la literatura de la Europa Occidental es Virgilio, más todavía que Homero, que sería como el abuelo. Yo les decía a mis alumnos, “¿saben cuántos ejemplares de La Eneida circularon en vida de Virgilio? Diecisiete”. Entonces con diecisiete ejemplares se puede revolucionar la poesía, se puede crear toda una cultura. No es tan terrible que no vendamos tantos ejemplares.
—Habla de la época actual como la del cinismo. ¿Es tan patético vivir en una época como esta?
—Cuando hablo del cinismo me refiero sobre todo a la vida social y sobre todo al pensamiento dominante. Me parece que las capas bajas de la sociedad, no lo digo en sentido peyorativo, no creo que sean más cínicas ahora que en otra época, pero el poder sí. Porque hay una vaga ideología darwinista que es propiamente cínica, etimológicamente, una moral de perros.
Esa moral se apoya en ideas darwinistas de un cientificismo barato y falso, de que todo es la competitividad, todo es competencia, la supervivencia del más apto, el más fuerte se come al más débil. Todo eso es una filosofía cínica que no tiene que rendir cuentas a ninguna instancia moral. Nada más es un arrase biológico, es la lucha por ver quién es el más fuerte con algunas reglas suplementarias que explican con argumentos biologicistas. Es como una manada de lobos con tres o cuatro reglas un poco más “sofisticadas”, como dicen ellos. A mí todo eso me parece una filosofía cínica, una ideología cínica.
Otra de las privaciones que hay de eso, que a mí me parece que hizo muchísimo daño, es cuando empezaron con eso del fin de las ideologías. La ideología históricamente se ha mostrado peligrosa pero qué es lo que no se ha mostrado peligroso históricamente. La religión es peligrosísima, la ciencia lo es, pero de pronto empiezan a centrar en la ideología las cosas peligrosas de la historia, como si no hubiera miles de cosas peligrosas.
¿Por qué escogen la ideología? Lo que quieren decir no es la ideología, son las ideas, más concretamente las ideas morales. Cuando dicen “el fin de las ideologías” quieren decir el fin de los valores, se acabó el tener ideales, el luchar por algo, el creer en cosas porque, ya ven ustedes, se equivocan. Usar el argumento de que alguien se equivoca porque está del lado del mal no es muy correcto.
Porque ha habido errores, ideologías que se han equivocado y han hecho barbaridades, se suprime toda posibilidad de buscar algo mejor.
“LA POESÍA ME PRODUCE MÁS TERNURA”.
—¿Qué considera Tomás Segovia indispensable de su obra ante un público que se acerque a él por primera vez?
—A mí me gustaría que fuera mi poesía lo que más llegara a la gente, pero si he escrito el resto de mi obra es porque también creía que podía dar algo a los lectores. Digo la poesía porque yo también tengo ese mito. Cuando yo pienso en la literatura en general, siempre la poesía me produce más ternura, más un apego especial, quizás por su debilidad en el mundo del éxito y de la fuerza, quizás por ser un poco relegada, olvidada, me produce más apego.
—Hablemos de la dualidad México-España. ¿Por qué le conocen más en México que en España?
—El primer motivo obvio es porque he vivido sesenta años en México y muy pocos en España, unos 19. Eso ya es una explicación suficiente pero creo que hay algo más. En España yo estoy relacionado con el exilio y España no quiere saber nada de eso. Hace dos meses hubo un gran homenaje a Cárdenas (Lázaro, ex Presidente de México) y el exilio organizado por gente del Gobierno, creo que de la Universidad Complutense, muy loable. El público no eran más que mexicanos y exiliados, no iban españoles, no les interesa. Les parece que “para qué nos vienen a hablar de cosas pasadas”.
El escritor mexicano de origen español, Tomás Segovia, recibió el prestigioso Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo. En esta entrevista explica su visión de la poesía, su condición de desarraigado y su relación con un momento de la historia 
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