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Dos poemas de Rubén Darío

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Rubén Darío.

 

Jorge Eduardo Arellano

Pertenecientes a la tercera sección del poemario Cantos de vida y esperanza. Los cisnes y otros poemas (Madrid, Revista de Museos, Archivos y Bibliotecas, 1905), Melancolía corresponde al número XXV y ¡Aleluya!”, al XXVI. Si el primero consiste en una radiografía del ser poeta y del poetizar, el segundo en una exaltación vital del universo y del amor a las “vírgenes hembras”; es decir, dos temas fundamentales y reiterativos de la obra poética de Rubén Darío.

Melancolía es un soneto que apareció en la revista El Cojo Ilustrado, Caracas, el 1º de diciembre de 1905, ya aparecido en Madrid por vez primera dentro del volumen de los Cantos de vida y esperanza (Cve). En la publicación periódica venezolana carece de la dedicatoria y de variante alguna. El soneto es polimétrico (alejandrinos, endecasílabos y heptasílabos) y fue dedicado por Darío, en la edición de Cve, a Domingo [S.] Bolívar, pintor colombiano a quien había conocido en París en 1901. Trasladado a Washington, Bolívar sostuvo correspondencia con su amigo, pues se conservan dos cartas suyas: una del 7-XII-1903 y la otra (en que acusa recibo de la respuesta de Darío) del 23-I-1903. Poco después se suicidaba “al pasar de Washington a Nueva York, ingiriendo una fuerte dosis de cianuro”.

Evidentemente, Darío comparte la melancolía que abatió al artista colombiano (la “tristeza vaga, profunda, permanente” que, según el DRAE, significa el sustantivo “melancolía”) y, de acuerdo con Ernesto Mejía Sánchez, es posible —yo diría seguro— que Darío elaboró este soneto al enterarse de la trágica aparición de Bolívar (“tú que tienes la luz, dime la mía”) a quien en su Historia de mis libros (HistLibr) lo recuerda como venezolano, acaso por tener el apellido del Libertador. El artista —pues además había sido músico— era —lo subraya Rubén— un “hombre doloroso, poseído de su arte, pero mayormente en su desesperanza” (HistLibr).

Para el español Antonio Oliver Belmás el autor de Melancolía resume en dos endecasílabos toda su existencia: “Voy bajo tempestades y tormentas /ciego de ensueño y loco de armonía”. En esta radiografía, más bien, Darío se presenta como víctima de una irremediable maldición romántica: la poesía (“camisa férrea de mil puntas cruentas /que llevo sobre el alma, 6-7). CRB (1993:225) lo interpreta así: “El halo misterioso está bien marcado en las sugerencias de luz y oscuridad”. Pero Salvador Aguado Andrew (1966: 226-27) es más concluyente en su análisis: se trata —dice— de “la intensa y desesperada busca de una configuración exacta y decidora del poetizar”, en fin: de “la poetización más auténtica y originaria que se haya hecho del poetizar”. Dicen los versos de Melancolía:

Hermano, tú que tienes la luz, dime la mía.
Soy como un ciego. Voy sin rumbo y ando a tientas.
Voy bajo tempestades y tormentas,
ciego de ensueño y loco de armonía.
Ése es mi mal. Soñar. La poesía
es la camisa férrea de mil puntas cruentas
que llevo sobre el alma. Las espinas sangrientas
dejan caer las gotas de mi melancolía.

Y así voy, ciego y loco, por este mundo amargo;
a veces me parece que el camino es muy largo,
y a veces que es muy corto...

Y en este titubeo de aliento y agonía,
cargo lleno de penas lo que apenas soporto.

¿No oyes caer las gotas de mi melancolía?

Observemos la eficaz aliteración del penúltimo alejandrino (“cargo lleno de penas lo que apenas soporto”) y la pregunta del último que remata o culmina el tono, dialógico, del soneto. O, mejor dicho, que lo cierra (este poema no es abierto, como podría parecer a primera vista, sino cerrado, definitivo, lapidario). Como afirma Aguado Andrew —su principal exegeta—: “El primer verso y el último, Hermano, tú que tienes la luz, dime la mía... ¿No oyes caer las gotas de mi melancolía?, son los dos brazos que lo sustentan y cierran a la vez: por el sentido, por el estilo y, especialmente, por la autonomía sintáctica y espiritual en que viven”.

En cuanto a ¡Aleluya!, Darío se lo dedicó a otro amigo: el poeta modernista español y discípulo suyo Manuel Machado (1874-1947). No se conoce publicación anterior al volumen al cual fue incorporado ni se tiene noticia de su manuscrito. La ausencia de rima y la diversidad de sílabas de sus versos –6, 8, 10 y 12–, todas pares, tienden a considerarlo un ejemplo de versolibrismo, aunque predomina el octosílabo, “tan popular español y que también [Manuel] Machado utilizó con gran profusión”, anota Alberto Acereda.

De acuerdo con el propio Darío, este hallazgo poemático “exalta el don de la alegría en el universo y en el amor humano” (HistLibr); tema que ya había acometido a los 23 años en Laeticia (San Salvador, V-1890): “¡Alegría, alegría! /Un soplo yerra /que las almas levanta con su ardor /y se enciende la vida de la tierra /con la llama invisible del amor”. ¡Aleluya! admira por su dinamismo interno, en virtud del encabalgamiento y del estribillo al final de cada estrofa, triplicado en la última, y especialmente por su yuxtaposición enumerativa, ya que prescinde de verbo alguno. Escuchémoslo:

Rosas rosadas y blancas,
ramas verdes,
corolas frescas y frescos
ramos, ¡Alegría!
Nidos en los tibios árboles,
huevos en los tibios nidos,
dulzura, ¡Alegría!

El beso de esa muchacha
rubia, y el de esa morena,
y el de esa negra, ¡Alegría!

Y el vientre de esa pequeña
de quince años, y sus brazos
armoniosos, ¡Alegría!

Y el aliento de la selva virgen,
y el de las vírgenes hembras,
y las dulces rimas de la Aurora,
¡Alegría, Alegría, Alegría!

En efecto, únicamente contiene trece sustantivos (rosas, ramas, corolas, árboles, nidos, huevos, besos, muchacha, brazos, selva, hembras, rimas, Aurora) y catorce adjetivos (rosadas, blancas, verdes, frescas, frescos, tibios, rubia, morena, negra, pequeña, armoniosos, virgen, vírgenes, dulces). ¡Ni un solo verbo! Estamos, pues, frente a un poema moderno: breve, pero revelador de una economía verbal, concentrado en cantar el gozo de la naturaleza (las flores y los árboles, sus ramas y nidos, la selva y el amanecer) y, sobre todo, el amor a “las vírgenes hembras”.

(Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua)  
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Dos poemas de Rubén Darío


Rubén Darío: Poeta de Cantos y esperanzas


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