El significado de la salvación por gracia
Pablo Sanabria
Cuando vivía en Estados Unidos tenía seguro de salud para cubrir los gastos médicos derivados de cualquier enfermedad eventual. En una ocasión olvidé enviar el pago y sin embargo la compañía de seguros me mandó una nota informándome que a pesar de la mora el seguro me seguiría cubriendo y me darían un mes de gracia para pagar. “Gracia” es una palabra dulce al oído. Originalmente (hebreo, Jen) indicaba la acción de “inclinarse o doblarse hacia delante”. Con el tiempo, llegó a significar “un favor inmerecido”.
Aunque no tenemos un ejemplo en el que Jesús usara la palabra “gracia”, es evidente que conocía muy bien su significado. Su gracia se manifestó en las bodas de Caná; junto al pozo de Samaria; con Zaqueo, el cobrador de impuestos; con la mujer sorprendida en adulterio, y con aquella otra que, llena de esperanza, extendió su mano para tocar su manto. Pero sobre todo, la gracia de Jesús se manifestó en la cruz. Allí estaba aquel ladrón muriendo por las fechorías cometidas durante su inútil vida. ¿Qué derechos tenía? Ninguno. ¿Qué sabía de Jesús? Nada, excepto lo más importante: que podía cambiar su destino eterno. “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”, —le dijo. Y Jesús le salvó en ese mismo instante, de pura gracia.
Brennan Manning incluye en su libro The Ragamuffin Gospel la historia de una pareja narrada por el cirujano que operó la boca de la mujer que padecía de cáncer:
“Estoy de pie, junto a la cama donde yace una mujer joven con su cara expuesta después de haber sido operada. Su boca ha quedado torcida. Tuve que cortar un pequeño nervio facial que controla el músculo de la boca para remover el tumor de su mejilla. No había alternativa. Su joven esposo también está en el cuarto, de pie, al otro lado de la cama. Parecen ignorarme mientras se miran a los ojos. ¿Quién es este hombre y quién esta mujer a la que he desfigurado con mi bisturí? La mujer me mira y me pregunta:
—“¿Quedará torcida mi boca para siempre?”
—“Sí —le digo— quedará torcida. Tuve que cortar el nervio.
Ella cabecea y se queda en silencio. Pero el joven esposo sonríe:
—“Me gusta —le dice— Se ve bonita”.
Y en ese momento me doy cuenta de quién es él. Puedo comprenderlo y bajo la mirada. No es posible ser insolente al estar frente a un dios. Despreocupado, se dobla sobre la cama para besar la boca torcida de su esposa y yo estoy tan cerca, que puedo ver bien cómo él tuerce sus propios labios para acomodarse a los de ella, y demostrarle que aún pueden besarse.
Recuerde la cruz. Recuerde el Gólgota. Recuerde al Dios hecho hombre, contorsionado, golpeado, sangrante. Dios en Cristo ha tenido que torcer sus labios para acomodarse a nosotros, para juzgarnos conforme a su gracia y no conforme a nuestras obras. “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe” (Efes. 2:8-9).

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