DOMINGO 16 DE ENERO DEL 2005 / EDICION No. 23694 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE



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Desde la Colina Vaticana
El Bautismo: La vida divina en nosotros

J. Dávila y Castellón

“El bautismo es un don sobrenatural, una transformación radical de la naturaleza humana, una inmersión del alma en la vida de Dios, la realización concreta y personal de la Redención”.
(Juan Pablo II)

A veces, sin notarlo siquiera, al hablar del Bautismo, los predicadores y catequistas acentuamos más de la cuenta el aspecto que, para diferenciarlo de algún modo, podríamos calificar de “negativo”. “El Bautismo borra el pecado original”, apuntamos, pasando luego a enfocar la atención de los oyentes alrededor de la gravedad del pecado personal y concluyendo con un fuerte llamado a la conversión individual.

El Bautismo es un don sobrenatural. El oyente ha de terminar con plena conciencia de ser una persona profundamente amada por Dios, alguien en cuyo ser el señor se ha complacido en elegir como “hijo muy amado”, como tomado en cuenta para entablar una relación con el Eterno Padre. Y esto gracias a que “Dios es amor”, debido a lo cual el Bautismo es un don, un regalo inmerecido que merece ser reconocido como tal para poderlo agradecer a quien nos lo ha obsequiado y va a obsequiar al hijo o ahijado que será bautizado. Y este regalo no es una dádiva de este mundo, es sobrenatural, viene de lo alto.

Es una transformación radical de la naturaleza humana. Muchas veces hemos escuchado expresiones autodenigrantes de gente que se aplica casi morbosamente los epítetos más deshonrosos a sí misma: “Yo soy una basura”, “yo soy un estiércol”, “yo soy un pobre desgraciado...”. Para tales personas con mentalidad tan derrotista, resultará muy saludable vivir recordando continuamente su condición de hijos de Dios, despertar la conciencia de la propia dignidad cristiana, que la naturaleza humana, nuestra naturaleza, la suya por lo tanto, ha sido elevada a un nivel superior por la gracia divina a través del sacramento del Bautismo y los demás sacramentos.

Una inmersión del alma en la vida de Dios. El Bautismo es una participación de la vida divina; al ser bautizados somos sumergidos en la vida de Dios, hasta cierto punto, divinizados, somos hijos en el Hijo único de Dios. La gracia divina, Dios en nosotros, el Reino de Dios dentro de nosotros, representa el mayor tesoro que poseemos y por el cual hemos de luchar por conservar y aumentar aún a costa de la vida humana, como lo hicieron muchos santos mártires, confesores y vírgenes a lo largo de la historia de la Iglesia.

La realización concreta y personal de la redención. La gracia merecida por Cristo con su Cruz, Muerte y Resurrección se nos aplica a través de los siete Sacramentos de la Nueva Ley.

Jesucristo prolonga su acción liberadora y santificadora por medio de signos sensibles que producen la Gracia; son gestos de Cristo que realizan lo que significan: en el Bautismo realmente morimos al pecado para vivir una vida nueva, se efectúa un nuevo nacimiento, nos convertimos en nuevas criaturas, la Redención produce efecto...

No obstante, todo sacramento conlleva un serio compromiso: la gracia sacramental se convierte en gracia acogida, actuada, activa y actualizada, cada vez que nos mantenemos firmes en llegar a ser lo que recibimos: en ser otros Cristos.
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