Opinión
Música judía
David Torres (*) magazine@laprensa.com.ni
En una frase célebre, el generalmente impenetrable filósofo alemán Theodor W. Adorno, decía que, desde Auschwitz, el principal imperativo de la educación era hacer todo lo posible para que no se repitiera Auschwitz. En enero de este mismo año, visité Auschwitz y les aseguro que, aunque había leído bastante sobre los campos de exterminio, nada me había preparado para la visita a ese inconcebible matadero humano. Auschwitz es el Everest del horror, la mayor casa de fantasmas de la Tierra, el lugar donde, en el lapso de tres o cuatro años, un millón y medio de seres humanos se convirtió en humo.
Por eso mismo resulta casi igual de inconcebible que los hijos y los nietos de quienes padecieron aquel martirio atroz puedan hacer una pintada como las que muestra la exposición Breaking the silence (Rompiendo el silencio): “Los árabes a la cámara de gas”. Igual de inconcebible que, en el control de acceso a Nablus, los soldados judíos obligaran a tocar el violín al músico palestino Wissan Tayem para demostrarles que su instrumento no ocultaba una bomba. La pintada y la foto de Tayem tocando el violín para unos militares uniformados debieron de estremecer el alma de esa inmensa mayoría de la población israelí que aún tiene alma.
La imagen es inquietantemente similar a la de esa escalofriante estampa de Auschwitz en la que un cuarteto de músicos demacrados tocan para amenizar a los encargados de las cámaras de gas mientras los prisioneros se desvisten antes de su último viaje. En Israel todavía no se ha alcanzado, ni mucho menos, el grado de bestialidad abisal que los nazis emplearon con judíos, gitanos, polacos y rusos, pero no hay que olvidar (como dijo Woody Allen con un humor típicamente judío) que el Holocausto es un récord, y los récords están para superarlos.
* Tomado de El Mundo, España.

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