DOMINGO 16 DE ENERO DEL 2005 / EDICION No. 23694 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE



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Perfil
Una tal María

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. A esta mujer le gusta el anonimato. Escribir tras bambalinas. Sus amistades le conocen por razones disímiles: unas por feminista. Otras por cristiana. Y algunas más por periodista: narradora de cuentos infantiles o de libros testimoniales. Para sus amigos sacerdotes es una para-jesuita. Ella sabe que su vida es compleja, y se lo toma como juego, como todo en la vida

María López Vigil

 

Eduardo Marenco Tercero
magazine@laprensa.com.ni

Desde el día que conoció a monseñor Oscar Arnulfo Romero, el 9 de junio de 1979, María López Vigil jamás fue la misma. ¿Quién era ella hasta entonces? Nunca dejó de ser la niña que se ahoga por la ausencia de mar, ese mar de La Habana que tanto añora, pero sí había abandonado el encerramiento del convento de las religiosas teresianas, ávida de aventura, entregándose de lleno a su vida de periodista. Pero desde que monseñor Romero le contó lo que le contó nunca volvió a ser quien era.

Eran días de Guerra Sucia en El Salvador. Cientos de personas desaparecían o eran asesinadas a manos de las fuerzas de seguridad. Incluso sacerdotes. Uno de ellos había sido Octavio Ortiz, al que monseñor Romero había ordenado. Monseñor Romero había viajado para ver al Papa Juan Pablo II, para implorarle su solidaridad. A sus sacerdotes los estaban matando. Una vez arribó a Madrid, se entrevistó con la periodista que había escrito un reportaje sobre él, la misma que le había obsequiado las regalías de ese reportaje y a quien quería conocer.

“Lo primero que hice fue darle el saludo de mi madre. Él era muy cura. Cordial. Estaba feliz de conocerme. Por aquella carta, por aquel dinero”, recuerda María López Vigil, un cuarto de siglo después, en su ascética oficina en Managua, donde sobresale una valija antigua que esconde libros, lista como para ir de viaje, un computador y por supuesto, un librero lleno de libros. Pero lo que más le impresionó de aquel encuentro con el Arzobispo de San Salvador, continúa, fue cuando monseñor Romero le dijo: “Siéntese, ayúdeme usted a reflexionar sobre lo que me ha sucedido con Su Santidad en el Vaticano”.

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