Crónica
Antes que amanezca
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Los mariachis son los eternos acompañantes de la gente que frecuenta los bares de esta rotonda.
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Amalia Morales magazine@laprensa.com.ni
El telón del día cae y se oculta con toda su parafernalia. La noche se apodera de Managua entera y trae con ella a una cantidad de personajes de vidas sencillas, disímiles, románticas y huidizas que prefieren la luz de la luna a la del sol
LOS CAZA-LADRONES
La camioneta azul-celeste respeta muy poco los semáforos. Si le urge llegar, y casi siempre le urge, hace las de la ambulancia, se los vuela. La máquina ruge y se impacienta como un animal que sale a marcar su territorio. Todo el Distrito VI que comprende sectores calientes como los Waspam norte y sur y Los Laureles, también norte y sur. El suboficial que la conduce, fanático de las series policiales que se despacha junto a sus hijas de seis y tres años en las horas libres, acaba de dar una vuelta al estilo Policías de New York, en la segunda entrada a Villa Venezuela, donde una trifulca entre un hombre y tres mujeres altera el orden público. La patrulla frena en seco y dos de los tres patrulleros se bajan a parar el pleito. Las mujeres chillan y no se entiende ni el reggaeton que truena más atrás.
El hombre se agarra la cabeza, no se le ve herida, pero otra mujer, al parecer la dueña del restaurante donde se armó el bochinche, acusa al trío de gatas que lo arañaban de haberle quebrado una botella en la cabeza. Desde la camioneta, el suboficial Marcio Rosales, le grita al inspector Marlon Vargas que le aplique la técnica. “¡Aplicále la técnica!”, le exige. Ya no importa la reacción de Vargas, las mujeres han huido. La patrulla arranca y emprende la carrera detrás de estas chicas Superpoderosas. A medio kilómetro hace frenar al taxi donde va metido el trío muerto de la risa. No tienen más remedio que bajarse a mitad de la calle y armar una alharaca insuficiente para despertar al vecindario que sigue mudo en la oscuridad. El inspector Vargas orienta a las tres mujeres subir a la tina de la camioneta. Intenta coger a una —aplicar la técnica tal vez en la que le sigue insistiendo el suboficial, quien luego explica que se refería a las esposas— pero una de ellas se le va encima y aúlla: “No me toqués hijueputa que soy menor de edad”. Otra repite la frase y explota en llantos, y durante los minutos que la camioneta retorna al bar, va sin diferencia de la risa a las lágrimas. En el bar, el cabeza rajada no es capaz de atinar una frase en contra de sus agresoras. El suboficial y el inspector le preguntan inútilmente si irá o no a denunciarlas. No contesta. El trío aprovecha el momento y nuevamente se fuga. Los patrulleros desisten del caso, vuelven al carro y se largan de otra historia, que los espera en los alrededores de la Subasta. “Este turno ha estado caliente”, en un lapso de cinco horas han atendido unos 12 llamados de la población, comenta Vargas, quien no cambia León, de donde es originario, por esta Managua que le parece tan violenta. Ni siquiera como novias escoge a las capitalinas.
La patrulla en la que van el suboficial, el novel inspector y otro oficial, que va en la tina con su aka al hombro, luce por fuera una carrocería fuerte, coherente con su agilidad, pero por dentro es un amasijo de esponja suelta con resortes torcidos. Una cacharpa. Los policías dicen que muchas veces hay que andarla empujando. “Imagínese lo que es empujar esto en el Georgino Andrade”, reta el suboficial, y cuenta que hace dos meses, justamente en ese asentamiento, tuvieron que disparar al aire para defenderse de las pandillas que asolan la zona. Y aún así, un policía resultó con el brazo fracturado. Del otro lado, hubo 11 arrestados. Esta vez, a la una de la madrugada lo único que queda es una patrulla, cuyos miembros atacan el desvelo con leche saborizada de la Parmalat, y una camioneta, de dos que hay para todo el distrito, que no puede parar.

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