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infancia de barro
Orlando Valenzuela magazine@laprensa.com.ni
Cuando todavía el cielo está estrellado y el reloj marca las 3:30 de la madrugada, Marvin Noel y su hermano Pablo Antonio Méndez Gómez, de 10 y 14 años respectivamente, llegan al patio de la fábrica de ladrillos San Jacinto, ubicada frente a la entrada del sitio histórico Ruinas de León Viejo y como cualquier par de veteranos trabajadores se meten a una terraza a batir con sus pequeños pies el lodo que usarán para fabricar ladrillos de construcción.
De sus diez años, Marvin Noel ya lleva dos trabajando en la fábrica, donde labora como “ayudante” de su hermano Pablo Antonio, que ya tiene las manos encallecidas después de cinco años de mezclar lodo.
Los hermanos Méndez Gómez se las ingenian para estudiar y elaborar los 600 ladrillos al día que entregan listos para el horno. Ambos llegan a las tres y media de la madrugada, pero Marvin Noel, durante el período escolar, se iba a clases a las 7:00 de la mañana y regresaba a la 1:30 de la tarde a ayudarle a su hermano a “alzar” los ladrillos oreados al sol. Juntos nuevamente continúan laborando hasta las 4:00 de la tarde, hora en que se limpian la cara, se lavan las manos y regresan a su casa a descansar, para levantarse al día siguiente, muy de madrugada, a una nueva jornada de trabajo.
Por sus 16 horas de trabajo en conjunto, Marvin Noel y Pablo Antonio ganan 80 córdobas al día, los que son entregados a su mamá para que pague el colegio y la ropa que usan. Los sueños del pequeño Noel, quien terminó el quinto grado, son llegar a ser un albañil. “Para hacer casas”, dice sonriente. En cambio, Juan Pablo, quien estudió el tercer año de secundaria en cursos sabatinos, sueña más alto: “A mí me gusta la computación, voy a estudiar ingeniería en computación”, afirma con seguridad.
La navidad para niños como los hermanos Méndez Gómez son duras y pesadas, como los ladrillos que fabrican.

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