Prosa Profana
Los molinos del diablo
Sergio Ramírez magazine@laprensa.com.ni
Lo que menos se le pudo ocurrir a Modesto cuando acampaba en lo hondo de las montañas del norte al mando de un puñado de guerrilleros en lucha contra la dictadura de Somoza, es que un día sería condenado en juicio por órdenes de sus antiguos compañeros de causa. Un juicio de fe, de ésos que sirven para castigar a los herejes, en toda la regla, con jueces que visten togas negras, manejado desde arriba por un santo tribunal de la inquisición. Un día, muchos años después, cuando se han apagado los ardores idealistas y lo que queda entre las cenizas frías es la ambición desnuda de poder. El poder que no admite disidencias, ni desafíos.
Nunca se le ocurrió tampoco que los pretextos legales para juzgarlos fueran tan ominosos como el de asociación ilícita para delinquir, el cargo preferido por los tribunales de Somoza para condenar a los guerrilleros, el de fraude, y falsificación de firmas, toda una oscura trama en la que las acusaciones son escogidas a propósito entre las más vergonzosas, para que la víctima recuerde que el poder si para algo sirve es para humillar a los rebeldes.
Quizás se le ocurrió mejor a Modesto, cuando estaba en la montaña, que nunca saldría vivo de aquella empresa casi solitaria, acosado junto con sus hombres por las patrullas de la Guardia Nacional que asesinaban a su paso a los campesinos sospechosos de colaborar con la guerrilla, incendiaban sus ranchos, arrasaban sus milpas y envenenaban las fuentes de agua para cumplir con el viejo principio contrainsurgente de secar el agua para ahogar al pez. Que su muerte serviría como ejemplo para otros que vendrían detrás. Era el credo de entonces. La propia vida no era sino un mojón en el camino.

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