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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 22 DE ENERO DE 2005
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–John Garfield: un héroe de nuestro tiempo
Escupiré sobre sus tumbas

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John Garfield.

 

Ramiro Argüello
(Crítico de cine nicaragüense)

John Garfield (ciudad de New York, 4 de marzo1913). En realidad se llamaba Julius Garfinkle, y era hijo de un paupérrimo sastre inmigrante judío. Creció en el bronco Lower East Side, siempre al borde del estigma del arroyo. Fue enviado a una institución para niños desajustados y voceó periódicos en las esquinas peligrosas, al tiempo que, con asiduidad recurrente, se enfrascaba en grescas y trifulcas de vecindario.

Como los mensajeros en las obras de Shakespeare, el destino hace su entrada en escena, esta vez disfrazado de un concurso estatal de debates patrocinado por The New Times. Resulta triunfador, obteniendo una beca que utiliza estudiando con Maria Ouspenskaya, la diminuta actriz rusa. Prosigue su aprendizaje en Eva Le Gallienne’s Civic Repertory Theatre”. Sigue el obligado periodo de vagabundo, atravesando el país de costa a costa en trenes de carga. Trabaja como granjero, y puede ser visto como marino en Footlight parade (1933), ese musical memorable con James Cagney y Ruby Keeler.

De regreso en New York se incorpora al izquierdista Group Theatre, regido por los hermanos Estella y Luther Adler. El Group Theatre (que resultaría ser la crisálida del Actors Studio de Elia Kazan y Lee Strasberg) dominaba la escena, en ambos sentidos, del New York de los años treinta. Sus lacrimosas piezas sentimentales, sin embargo, no resistirían la prueba del tiempo (el único critico). Un pequeño papel en el drama social Golden boy, de Clifford Odets, capta la atención de Hollywood. En 1938, era firmado por Warner Brothers para estelarizar junto a Priscilla Lane four daughters.

Los títulos de sus películas parecen escogidos por él mismo: construyen una metáfora de su destino. Four daughters fue dirigida con sabiduría sensitiva por Michael Curtiz. Es un boxeador fugitivo en They made me a criminal (1939). Acompaña Ann Sheridan. Al ser dirigida por el genio loco Busby Berkeley esta cinta es una pieza de coleccionista. En Dust be my destiny (1939), otra vez con Priscila Lane, es el derrelicto tratando de olvidar sus orígenes. Castle on the Hudson (1940), “remake” de 20,000 years in Sing Sing: El mocetón en tandem, otra vez, con la versátil Ann Sheridan. Un amargo film proletario fue Saturday’s children (1940), extraído de una pieza de Maxwell Anderson.

East of the river (1940): historia de un ex convicto con ribetes melodramáticos. The sea wolf (1941): angustiosa versión (una de las (8) realizadas) de la novela de Jack London. MGM lo solicita para Tortilla flat (1942), basada en Steinbeck. Aparece en dos deliciosas reviews para tiempos de guerra: Thank you lucky stars (1943) y Hollywood canteen (44). Es un soldado que ha perdido la visión en The pride of the marines (1945). Con la chica del jersey de lana enloquecida por la “lana” del marido, la Lana Turner, incendia la pantalla en El cartero siempre llama dos veces (The postman always call twice; Tay Garnett), versión del endemoniado Thriller de James M. Cain. El chaquetero Joseph Breen ( de la pacata Hays office) intentó suprimir las escenas de alto octanaje entre Garfield y Turner, e incluso, quiso pasteurizar la expresión “ball bearings”, cojinete de bolas conocido en nuestro país como “suspensorio”: artilugio utilizado por atleta y renuentes e irreprochables caballeros en trance de pasa bajo y dintel de la tercera edad. El cronista se pregunta en qué arrebato demencial Jack Nicholson y Jessica Lange pretendieron emular a la pareja original en el explícito “remake” de Bob Rafelson”.

Encarna (1946) a un talentoso violinista sin tejado en De amor también se muere (Humoresque; Jean Negulesco). Frase memorable de Joan Crawford: Bad manners, the infalible sign of genius. Forma su propia productora y realiza Carne y espíritu (Body and soul, 47, Robert Rossen), quizás su mejor cinta: un corajudo exposé del mundo del boxeo. Aparece como un soldado judío en La barrera invisible (Gentle-man’s agreement; 47; Elia Kazan), honesto alegato antirracista. Luego otro gran trabajo: Force of evil (1948), film noir de Abraham Polonsky. Colabora con John Huston en We were strangers (49), tensa historia de revolucionarios cubanos donde Jennifer Jones lleva un nombre que no tiene desperdicio: China Valdés. Under my skin (1950), basada en My old man, relato hípico típico de Hemingway.

En (1944) la WB realizó Tener y no tener (To have and have not), dirigida por Howard Hawks, interpretada por Humphrey Bogart y Lauren Bacall, y con William Faulkner metiendo la mano en los diálogos, el resultado maestro tenía muy poco que ver con la novela de Hemingway. Garfield retorna a WB para refilmar Tener y no tener, apegándose esta vez al texto. Resultado: una rareza llamada El último recurso (The breaking point; 50; Michael Curtiz), decididamente el mejor film con soporte en cualquier texto de Hemingway. La actuación de JG no cobija una sola nota falsa (“A man alone ain’t got one chance”: un hombre solo no tendrá ningún chance).

Su “persona” cinematográfica era un trasunto de su más íntimo y resguardado “yo”: el joven arisco y peleón, tozudo rebelde que desesperadamente intenta abrirse su propio camino —su virilidad juvenil y la capacidad de proyectar un interior espiritual y torturado, oculto tras una fachada de agresividad y aspereza, resultó atrayente para los “moviegoers!— JG probó sobradamente ser un intérprete confiable y sensitivo. A comienzos de los (1950) su carrera se interrumpe abruptamente como resultado de la investigación conducida por la House Un-American Activities Committee (HUAC), martillo de comunistas. En realidad Garfield no estaba siendo acusado de nada en particular, pero resultaba sospechoso de sostener simpatías e inclinaciones izquierdistas. Rehusó “dar nombres” delatando a sus amigos de ser proclives al comunismo o ser “fellow travelers”, deviniendo así en un “unfriendly witness”, piadoso eufemismo para “enemigo”.

Garfield viene después del Henry Fonda de You only live once (1937; Fritz Lang), pero antecede al Brando de Nido de ratas (On the waterfront; 1954; Elia Kazan). No poseyó el nimbo romántico de Montgomery Clift, ni estuvo galvanizado por la neurosis adolescente de James Dean, ni fue un poeta de lo concreto como Brando: JG es, no obstante, uno de los ángeles caídos del firmamento de tafetán de Hollywood, junto con Monty, Jean Seberg, Louise Brooks y Bobby Driscoll, el Rimbaud del cine. Su ascenso desde los andurriales de New York puede interpretarse como un signo del “Sueño americano”. Aquel rostro de boxeador aturdido y aquella manera tan suya de verbalizar, se volvieron familiares en los años declinantes de la tendencia de rudos melodramas sociales de la WB, asociándolo el inconsciente colectivo con nombres tan solventes como Ann Sheridan y Pat O’Brien.

Se le hace cada vez más difícil conseguir trabajo. Las puertas que antes se abrieran obsequiosas y acogedoras, hoy se cierran apresuradas no dando los ojos. Su comportamiento, para alarma de sus amigos, se torna errático, explosivo, casi suicida. Él nunca dejó de ser un muchacho barriotero con el primitivo sentido del honor del muchacho barriotero.

Torpemente lo colocaron en la lista negra. Al final se quebró como un vaso de porcelana. Murió en (1952) de un ataque al corazón. No cumplía aún los cuarenta años.  
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Arte y canto


Escupiré sobre sus tumbas


Se puede morir varias veces